Carlos F. Heredero
Adentrarnos en el viaje fílmico que Oliver Laxe (Mimosas, O que arde) propone con Sirât exige situarnos algo más allá de su mero bastidor argumental para dejarnos sumergir en una experiencia inmersiva que tiene tanto de descenso a los infiernos como de búsqueda del paraíso, lo que de alguna manera ya viene anunciado en el propio exergo que abre el relato sobre la significación de su título. El pretexto narrativo (la búsqueda que un padre y su hijo pequeño llevan a cabo de la hermana mayor de este último, acompañados por un grupo de raveros que viajan por el desierto hacia una fiesta lejana donde podría aparecer la muchacha) se descubre enseguida como un mero andamio –ciertamente endeble, si se quiere– que debe sostener la inmersión que conduce fatalmente a los abismos de lo telúrico y de lo simbólico. Y se trata de un andamio que puede resultar harto conflictivo cuando la crueldad hace acto de presencia por primera vez (imposible hacer aquí un spoiler), pero que –arropado por una puesta en escena de gran fuerza visual y de notable potencial metafórico– consigue llegar a difuminarse cuando la experiencia sensorial y dramática se abre a múltiples lecturas y consigue conquistar su propia organicidad.
Para entonces, la película nos tiene ya agarrados por el pescuezo y empezamos a comprender que ese primer incidente no es otra cosa que la antesala del infierno que vendrá después (una vez varados los protagonistas en un llano desolado y calcinado por el sol), de una catástrofe que no puede desvincularse –en términos simbólicos– de la que vive hoy en día el continente africano y que conduce a un desenlace bajo el que reverberan, simultáneamente, la búsqueda irrenunciable del paraíso (¿el viaje a La Meca, en términos de confuso ideario musulmán…?), la huida del infierno (¿la emigración masiva hacia un destino mejor…?) y el viaje hacia ninguna parte, hacia la nada, en un itinerario sin destino (esas vías del tren, de la manera en que son filmadas), que por lo demás se vale a sí mismo en términos de prosa narrativa sin necesidad de las apoyaturas simbólicas que a la vez genera por su propia fuerza expresiva y por su potencia formal.
Todo empieza con unas manos casi pasolinianas (los vínculos de Sirât con el autor de La Orestiada africana son más que notables), llenas de fuerza física y de arrugas dejadas por la vida, que colocan los grandes altavoces para la celebración de una rave en el desierto. Y lo que viene después es la integración entre dos modelos de familia, la búsqueda ilusoria de una persona desaparecida y un viaje al interior del desierto que, poco a poco, va diluyendo sus contornos para dejarnos a solas con lo más insondable en medio de un callejón sin salida aparente, aunque Oliver Laxe se niega a cerrar definitivamente el futuro de algunos de sus personajes porque cree sin duda en la necesidad de seguir mirándonos a nosotros mismos y de seguir buscando sin cesar. Película quizás inevitablemente controvertida que va a generar aquí en Cannes, en un festival cada vez más puritano y más ‘políticamente correcto’, un debate y posiblemente una polémica que esperemos no la perjudique.
Àngel Quintana
Al inicio de Sirât de Oliver Laxe vemos cómo en un indeterminado espacio del desierto, un grupo de personas procedentes de regiones diversas practican una particular forma de trance. Unos grandes altavoces instalados en medio de una planicie retruenan al ritmo de una música electrónica –excelente trabajo de Kangding Ray– mientras los participantes dejan que su cuerpo se eleve y consiga llegar al trance. Oliver Laxe forma parte de una rave clandestina, que es interceptada por la policía del lugar, para ver cómo los auténticos amos locos del éxtasis son una nueva tribu que substituye a los protagonistas del mundo de Jean Rouch. Ellos no forman parte de ninguna tribu primitiva, sino de una tribu urbana que se encuentra en perpetuo estadio de huida. Una tribu que sobrevive a sí misma cuando, a partir del ritmo y la droga, encuentra un camino para abrir las puertas de la percepción y expandirse hacia otras formas sensoriales. Rouch era antropólogo, inventó el cinéma-vérité, pero quedó fascinado por la fuerza de lo misterioso, por la irracionalidad que surgía en el interior del trance. Oliver Laxe siente también una fascinación por lo invisible, pero la rave no es más que el punto de partida de un relato que esconde muchos otros relatos, de una película que esconde otras películas. El resultado es una obra en algunos momentos fascinante y en otros muy dispersa que se sitúa entre la épica y lo místico, entre lo verosímil y lo alegórico.
La palabra sirât remite al Islam. El sirât es el puente que han de atravesar todos los humanos para llegar a las puertas del paraíso. Bajo este puente se encuentra el infierno. Algunos seres humanos atraviesan el puente cómodamente, otros caen en la oscuridad. Oliver Laxe propone un viaje alegórico en el que se parte del éxtasis para ir hacia la angustia. Quiere hablarnos de los rodeos que los humanos debemos dar para alcanzar la salvación. Durante el trayecto, los relatos se bifurcan, las referencias a viejas películas se acumulan. Los seres amputados que han desertado la civilización viajan hasta otra hipotética fiesta en otro lugar del desierto. Por el camino atraviesan zonas pedregosas, buscan gasolina, suben por montañas escarpadas y tragan mucho polvo. Podríamos estar ante una versión calmada de Mad Max: Furia en la carretera (2015), de George Miller, pero las pruebas y los obstáculos que deben afrontar los camiones y la tensión vivida entre las escenas nos recuerdan también El salario del miedo (1953), de Henri-Georges Clouzot. Todo parece moverse según una cierta lógica interna de la aventura y de un discurso sobre la integración en la alteridad, hasta que estalla un golpe de efecto. El éxtasis puede dar paso al arrebato que se impone y satura la pantalla. El movimiento se diluye y los centauros del desierto se convierten en la patrulla perdida. El mal está allá, es invisible. Como en la vieja película de John Ford, está oculto, pero erosiona la comunidad. Sirât demuestra la gran habilidad que el cineasta de origen gallego posee para explorar aquello que ningún otro director explora. Sin embargo, también hay la dudosa necesidad de construir un significativo golpe de efecto para descolocar y cambiar de registro, para reafirmar la fuerza simbólica de un discurso místico que a veces cae en la obviedad.








