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Lo más sorprendente del cortometraje con el que Almodóvar ha desembarcado en Cannes ­–en medio de un caos organizativo que ha dejado fuera de la sala a numerosos periodistas y críticos que tenían entrada confirmada­– es que el desarrollo de una historia situada en el territorio propio del western acabe por ofrecer exclusivamente eso: un western más, y no precisamente distinguido. Salvado sea el arranque, en el que un vaquero canta con la voz de Caetano Veloso el fado de Amália Rodrigues del que la película toma su título, todo lo que viene después es un argumento tópico cuya única y supuesta singularidad es que gire en torno a una historia de amor gay (dieciocho años después de Brokeback Mountain), entreverada con un pretexto argumental de amor paternofilial que proyecta una inquietante doblez ética y emocional sobre el personaje encargado por el guion de verbalizar, al final, un mensaje sobre el valor de los cuidados en las relaciones amorosas. Un discurso propio del siglo XXI se cuela así, de manera impostada y casi sonrojante, en un relato que se supone transcurre a finales del XIX. Entre medias queda una secuencia donde se nos explica todo el pasado de los protagonistas, un par de cabalgadas filmadas de manera aséptica y un duelo rodado sin ninguna tensión. Almodóvar nada aquí en aguas que le son muy ajenas y en las que no acaba de encontrarse a sí mismo. Y se nota demasiado. Carlos F. Heredero