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Un cuento de fantasmas y el relato de un idilio entre dos hombres homosexuales, o quizá todo ello a la vez, Desconocidos es la última película de Andrew Haigh (Weekend, 45 años), basada en la novela de Taichi Yamada. Por una parte, Adam conoce a Harry en su bloque de apartamentos londinense, donde apenas hay aún vecinos, una noche en la que este último le pide compartir bebida y tiempo. Por otra, el primero de ellos establece una extraña conexión con sus padres muertos, en un accidente que ocurrió cuando él tenía doce años, no solo para intentar explicarles cómo se siente al respecto, sino también para darles noticia de su condición homosexual. Se mezclan y combinan así materiales realmente heterogéneos, a los que Haigh se intenta enfrentar con un estilo más bien pedestre y arbitrario, que no distingue entre filmar una escena de sexo y otra de supuesta emoción contenida, la realidad y su reverso. A su vez, todo ello parece destinado a hablar de duelos sin resolver, de existencias atormentadas por un pasado traumático que vuelve en forma de fantasmagoría, de la dificultad de aceptar la propia sexualidad y la soledad resultante, e incluso del ‘poder del amor’ para resolverlo todo, lo cual conduce atropelladamente a una confusa, atolondrada parte final. Haigh intenta hacer una película que cruce temas que podrían ser de Bergman, por caso, con un cine fantástico de inspiración melodramática, otra mezcla explosiva que fracasa al no distinguir entre ambigüedad y confusión, complejidad y descuido en la puesta en escena. Y su intento de adoptar un estilo literalmente febril –a través del personaje que somatiza su malestar– para dar cuenta de la borrachera de imágenes que se apodera en un momento dado del film, tampoco es capaz de explicar por qué la sensación que queda al terminar tiene más que ver con la literatura de autoayuda que con cualquier otra cosa. Carlos Losilla