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67 Festival de Locarno. Crónica.

29 agosto, 2014

La excepcionalidad suiza.
67 edición del Festival Internacional de Cine de Locarno.
Eulàlia Iglesias.

El mapa internacional de festivales de cine está mutando. Certámenes norteamericanos como Toronto, Nueva York o Telluride erosionan la primacía de los veteranos festivales de clase A europeos que hasta hace pocos años copaban las premieres mundiales de los filmes más esperados. Mientras Venecia pierde puntos como escaparate para los títulos de la temporada de otoño-invierno y Cannes se enroca en defender una visión del cine de autor monolítica y superada en ciertos aspectos, el Festival Internacional de Cine de Locarno ha conseguido afianzarse en los últimos años como el certamen de clase A que acoge buena parte del cine de autor más excepcional, repartido entre el Concurso Internacional, los Cineastas del Presente (sección también competitiva donde se encuentran largometrajes que como mucho son el segundo en la filmografía de su director), los Signos de Vida (apartado que se puso en marcha el año pasado bajo el paraguas más genérico del Fuera de Concurso y que esta edición ha cobrado entidad propia) y los Leopardos del Mañana (los cortometrajes). Sin olvidar los títulos destinados a un público de más amplio espectro de la Piazza.

La excepcionalidad de Locarno radica tanto en la calidad de buena parte de las propuestas como en un riesgo que no siempre es bienvenido en otros eventos de la misma categoría. Como muestra, el Palmarés de la Competición Internacional donde reinaron Lav Diaz y Pedro Costa. El filipino consiguió el Leopardo de Oro por From What is Before, otro de sus filmes-río situado en un rincón rural de su país donde, en este caso, empiezan a suceder acontecimientos misteriosos. Diaz describe la destrucción de una comunidad a partir de la Ley Marcial proclamada por Ferdinand Marcos en 1972. Durante la mayor parte del metraje, la dictadura se mantiene fuera de campo, como un mal en abstracto del que solo se aprecian las consecuencias: desaparecen las reses de un rancho, algunos habitantes huyen o son asesinados, otros actúan de manera extraña… Diaz urde las relaciones entre los principales protagonistas a la manera del más puro melodrama: pasiones soterradas, fidelidades fraternales, traiciones vecinales, amores paternales sin filiación sanguínea, sentimientos llevados al extremo… Solo hacia el final, el ejército y sus secuaces se hacen presentes en el pueblo y el subtexto político emerge en el plano. From What is Before no constituye la mejor obra de Diaz (explicitar el contenido político, por ejemplo, le resta fuerza metafórica a la obra) ni tampoco resultó la más poderosa del festival.

Este mérito le corresponde a Cavalo Dinheiro de Pedro Costa (Premio al Mejor Director), sin duda uno de los títulos más importantes de este 2014. A partir de lo trabajado en algunos cortos anteriores, el portugués lleva a cabo su gran película dedicada íntegramente a Ventura. Un film que abandona el anclaje realista de As Fontainhas para situarse en una interzona mítica, entre el presente y el pasado, entre la realidad y delirio, por donde vaga el caboverdiano junto a sus fantasmas. Algunos personales, otros ligados a la historia de Portugal, de la que el film ofrece el reverso subterráneo. Los recuerdos de Ventura de la Revolución de los Claveles, por ejemplo, poco tienen que ver con el imaginario habitual ligado al Abril del 74. Expresión máxima de la poética de Pedro Costa a través de su expresionismo tenebrista en color, Cavalo Dinheiro transmite una fuerza intransferiblemente cinematográfica del primero al último de sus fotogramas.

Locarno también ha dibujado una Europa en crisis a través de metáforas de lectura transparente sobre países fracturados que no avistan una solución en el horizonte. En A Blast de Syllas Tzoumerkas, la protagonista sufre las consecuencias de que su madre, inválida para más inri, haya hundido el negocio familiar a base de no pagar los impuestos y, en consecuencia, haya hipotecado su futuro. Tzoumerkas arma una película siempre la borde de la exasperación: cámara en mano, montaje picado, sexualidad desbordada y una protagonista (la Aggeliki Papoulia de Canino) que parece va a estallar en cualquier momento. Tzoumerkas aprovecha para integrar referencias a muchos de los acontecimientos de la Grecia contemporánea, del crecimiento de la ultraderecha a los incendios provocados. En Cure – The Life of Another, Andrea Štaka se sitúa en la Croacia de la posguerra a partir de una escisión de identidad. Aquí una muchacha mata accidentalmente a su mejor amiga y mitiga el trauma de la pérdida a partir de un proceso de sustitución de personalidad que le permite reconectar con un país devastado del que se había mantenido alejada. Štaka se aproxima a un panorama realista desde una perspectiva propia del fantástico como es la del doble, aunque la propuesta no acaba de cuajar. En Durak (The Fool) de Yury Bykov, un honesto lampista (Artem Bystrov, premio a la Mejor Interpretación Masculina), se obsesiona en arreglar un gran edificio construido hace más de tres décadas, lleno de grietas y habitado por borrachos y desocupados. La mole no parece tener solución porque sus responsables dilapidaron el dinero asignado para conservarla y no les importa su destino. Bykov construye un thriller dramático sobre un héroe solitario (un idiota que, a pesar de las reminiscencias, poco acaba teniendo que ver con el dostoievskiano, que nunca tuvo vocación de action hero) enfrentado a un sistema corrupto hasta los cimientos. El film está dedicado al malogrado Aleksei Balabanov, que sin duda habría exprimido mucha más locura a esta historia que Bykov enfoca de la manera más convencional posible. En L’abri, el nuevo documental de Fernand Melgar, el control de acceso en un refugio para personas sin hogar funciona también como una clara imagen de las restrictivas políticas migratorias de tantos países europeos que basan sus constituciones en una defensa de los derechos humanos universales. A la manera de obras anteriores suyas como Vol spécial, Melgar lleva a cabo una observación minuciosa del funcionamiento de una institución concreta ligada a estas políticas respecto a los migrantes para poner de manifiesto la arbitrariedad con que se establecen los cupos de entrada de personas. En la puerta de acceso a este refugio resuenan las consecuencias de las crisis en otros países: entre los sin techo de procedencia diversa que aspiran a dormir a cubierto mientras no encuentran trabajo se encuentran algunos ciudadanos procedentes de España. Perfidia, de Bonifacio Angius, podría ser una actualización de Los inútiles de Federico Fellini en clave de realismo tibio. El italiano también dibuja una juventud sin futuro en un pueblo de Cerdeña donde los mecanismos de poder siguen en manos de una sociedad patriarcal, envejecida y endogámica que funciona a base de favores. Angius perfila un retrato cada vez más desquiciante de un personaje que pasa de ser un simple treintañero soñador sin oficio ni beneficio a un deshecho humano. Y demuestra particular vista para captar a estos inútiles de pueblo que matan las horas de tedio en los bares donde van incubando su miseria moral.

La sapienza de Eugène Green, el film que más injustamente se quedó fuera del palmarés, arranca con una reflexión sobre la Europa contemporánea a partir de su arquitectura y urbanismo. El arquitecto protagonista (Green toma prestado de nuevo un actor a los Dardenne, en este caso Fabrizio Rongione) sufre una crisis personal y profesional que superará a partir de la coincidencia con un joven estudiante y el reencuentro con su artista idolatrado, el gran representante del barroco místico Francesco Borromini. Green vuelve a introducir en un tiempo contemporáneo personajes que parecen moverse con los códigos de otras épocas para seguir a su personaje en un viaje hacia la luz, identificada al mismo tiempo como fuente de conocimiento y de belleza. La luz en La sapienza resuelve la dialéctica entre misticismo y racionalidad, entre Barroco e Ilustración. Green se reserva un pequeño cameo como representante de una cultura en tránsito de desaparecer, la de los iraquíes caldeos. A partir de una cita de André Gide que asimismo reivindica la luz contra la oscuridad, Nuits blanches sur la jetée de Paul Vecchiali también tiende a situarse fuera del tiempo. Así lo propicia la base literaria del film, Cuatro noches de un soñador de Fedor Dostoievski, que este veterano cineasta depura para ambientar en un escenario casi único entre la ensoñación y cierto aire voluntariamente caduco.

Matías Piñeiro no solo convoca a William Shakespeare, en este caso sus Trabajos de amor perdidos, en su nueva comedia sobre la naturaleza transitoria del amor La princesa de Francia. El film arranca con una retransmisión radiofónica de la Primera Sinfonía de Schumann y se detiene en la vida y obra de William-Adolphe Bouguereau, pintor de erótico academicismo odiado por los impresionistas en torno al cual se desarrolla una apasionante diálogo y una de cuyas obras, Ninfas y sátiro, donde una serie de figuras femeninas se mueven en torno a una masculina, inspira la configuración del film. El director de Viola suma complejidad a sus constantes habituales (una estructura que se enreda y desenreda como las relaciones de los jóvenes protagonistas, la presencia de un objeto fetiche que pasa de mano en mano, el teatro como espejo que acaba fundiéndose con la vida de los personajes, un elenco eminentemente joven…) en su película que más se acerca a Hong Sangsoo (hay incluso una secuencia que subraya la conexión). Piñeiro también pone de manifiesto que puede llevar a cabo secuencias extraordinarias (todo ese inicio que sobrevuela una cancha de fútbol) alejado del juego teatral. La levedad de las relaciones en la sociedad líquida contemporánea también está presente en Dos disparos de Martín Rejtman, que encadena diferentes situaciones a partir del arbitrario acto de un muchacho que, tras encontrar un arma en su casa, se pega dos tiros sin provocarse la muerte. Frente a la viveza juvenil de las películas de Piñeiro, Rejtman se decanta por un tono más monocorde al que aplica cierto virado cómico que evita cualquier dramatismo.

Ventos de agosto posiblemente hubiera pasado desapercibida si no fuera por la mención especial que le otorgó el jurado. La película de Gabriel Mascaro se inicia sumergiéndose en la relajada y luminosa cotidianidad estival de la joven pareja Shirley y Jeison en un pueblo de la costa pernambucana. Hasta que la aparición de una calavera rompe esta armonía edénica, sobre todo para Jeison que se obsesiona con ella. El hallazgo no funciona tanto de detonador de una intriga sino como memento mori perturbador en medio de una espacio natural lleno de vida. Mascaro filma en su máxima expresión esta naturaleza que respira (literalmente, en una secuencia se muestra como exhala una roca) pero también engulle a los vivos para después escupir sus cuerpos sobre la arena.

The Iron Ministry parte de una experiencia íntegramente sensorial: el sonido del traqueteo de un tren sobre una pantalla en negro, en la que no tardan en aparecer imágenes cerradas y cuasi abstractas de engranajes y válvulas. Situados ya en la experiencia de viajar en ferrocarril, J. P. Sniadecki nos sumerge en su interior. The Iron Ministry es un viaje por la China contemporánea sin bajarse del tren, cuyos viajeros se convierten en la muestra representativa del país. La cámara avanza por los vagones llenos de gente para ir captando multitud de experiencias y conversaciones. En esta suerte de Snowpiercer en clave documental se suceden diálogos en torno a las minorías religiosas y culturales, la emigración del campo a la ciudad y fuera del país, el mundo laboral, el mercado inmobiliario (“la culpa del boom es de las suegras, que nos obligan a tener casa para casarnos con sus hijas”, comenta un joven medio en broma, medio en serio), los salarios en las fábricas, los sueños de futuro…

Historia de un coreano que vuelve a su ciudad de origen para iniciar una serie de reencuentros con antiguas y nuevas mujeres de su vida, Gyeongju de Zhang Lu podría haberse quedado en un remedo prosaico del cine de Hong Sang-soo. La película no exenta de encanto acaba moviéndose por otro camino, explorando esos deseos potenciales que casi nunca llegan a concretarse a través del itinerario del protagonista a lo largo de un día y su correspondiente noche por la localización emblemático de Corea del Sur que da título al film. La otra cinta coreana en Concurso Internacional, Alive de Park Jung-bum, es un drama rodado con la tensión dramática de un thriller sobre un hombre cuya aspiración de ganarse la vida en una fábrica de fermentación de soja va chocando con una serie de complicaciones tanto familiares como laborales que lo arrastran a una progresiva caída en picado.

Película vocacionalmente literaria en el tema y en la forma, Listen Up Philip de Alex Ross Perry ofrece un retrato del escritor como un ególatra con escasa capacidad para la empatía emocional sin caer en los clichés más evidentes y con una utilización muy ad hoc de la voz en off. El único film de la Competición Internacional de producción totalmente estadounidense, Listen Up Philip fue reconocida con el Premio del Jurado. Al contrario que el cine independiente más adocenado, el film de Ross Perry toma un riesgo importante: su protagonista principal es un personaje más bien antipático que difícilmente puede generar empatía entre el público. Algo similar sucede con Buzzard, uno de los dos filmes firmados por estadounidenses en Cineastas del Presente. La nueva película de Joel Potrykus sigue las artimañas de su protagonista para engañar al sistema a su conveniencia. Las estrategias de Marty (gran Joshua Burge) no responden a ninguna agenda política, tampoco a una situación desesperada. Solo a las ganas de sacar provecho de los resquicios del sistema para mantener un estado de subsistencia propiamente slacker. Si Listen Up Philip se beneficia de una elegante puesta en escena en súper 16 mm, Buzzard opta por un trabajo más en bruto en consonancia con su presupuesto ínfimo. Posiblemente el film más punk que salga del cine estadounidense este año, Buzzard contiene al menos cuatro secuencias memorables: la de arranque en la sucursal bancaria, el homenaje metalero al travelling de Mauvais Sang de Leos Carax, el banquete a base de espaguetis en un hotel de lujo y el delirante vídeo viral de los snacks y la cinta para correr. Con igual escasez de medios pero más modesta en todos los sentidos, Christmas, Again, primer largometraje de Charles Poekel, es un melancólico cuento de Navidad en torno a un vendedor de abetos a quien ha dejado su novia. La película apenas se mueve de la parada en un callejón de Nueva York donde se sitúa la historia y calibra muy bien su registro tonal para no resultar demasiado indulgente con su protagonista.

El jurado de Cineastas del Presente prefirió premiar un film aparentemente, solo aparentemente, más punk que Buzzard, Navajazo de Ricardo Silva. El cineasta mexicano integra en un forzadísimo relato apocalíptico una serie de personajes marginales que encuentra por Tijuana: un cantante satánico (El Muerto de Tijuana: búsquenlo en Youtube), politoxicómanos varios, un coleccionista diogénico de juguetes, un director de cine porno… Para llevar a cabo un fresco en bruto de la vertiente más marginal de la ciudad que cae en la provocación fácil y cierto gusto por el exploit mientras que apunta, sin profundizar en ello, la idea de la retroalimentación entre los imaginarios de las ficciones amateurs y la realidad. Al film le sientan bien su factura desaliñada y las canciones de Albert Pla, que se marca una versión de Qualsevol nit pot sortir el sol de Jaume Sisa.

El Premio al Mejor Director de Cineastas del Presente se otorgó a Simone Rapisarda Casanova por La Creazione di significato, que complementaría el discurso sobre Europa que trazó la Competición Internacional. A primera vista, una nueva entrega de documental observacional en torno a un personaje solitario que lleva a cabo una forma de vida en peligro de extinción, la película pone en relación al protagonista, Pacifico, con la memoria histórica del paisaje donde vive y trabaja, los Alpes Apuanos. Las montañas por donde se mueve fueron refugio de los partisanos que lucharon contra los nazis. Pero ahora también es un joven alemán quien está a punto de adquirir su casa. De manera que el film acaba articulando una mirada no exenta de ironía sobre las relaciones entre Italia y Alemania desde la Segunda Guerra Mundial.

El Premio Especial del Jurado recayó en Los hongos de Óscar Ruiz Navia, que no pude ver, mientras que Un jeune poète se llevó una mención especial. El film de Damien Manivel se inicia en la tumba de Paul Valéry, en ese luminoso cementerio marino de Sète al que también cantó Georges Brassens. El muchacho con vocación de poeta deambula por el pueblo provenzal en un dolce far niente típico de las vacaciones mediterráneas y a la espera de encontrar la inspiración gracias a una hermosa muchacha, junto a un joven pescador o ahogando las penas en los bares del lugar… en una película por momentos tan ingenua como su protagonista.

Siguiendo en Cineastas del Presente, Hold Your Breath like a Lover de Kohei Igarashi pretende crear una atmósfera flotante y fantástica en una planta de incineración de residuos donde coinciden diferentes personajes solitarios una noche de fin de año del 2017. Aunque interesante desde su planteamiento, este trabajo de fin de carrera no consigue estar a la altura de lo que su hermoso título promete. Men Who Save the World de Liew Seng Tat es una comedia rural de equívocos donde el traslado de una casa por parte de los habitantes de un pueblo malayo propicia que emerjan todo tipo de supersticiones y prejuicios entre ellos. En They Chased Me Through Arizona, Matthias Huser retrata la desaparición de la telefonía analógica y la llegada de la globalización en Polonia a través de los dos encargados de desmontar las últimas cabinas públicas. Road movie por paisajes desolados que se impregna explícitamente de cierto imaginario de western, el film adolece de una excesiva kaurismakitis. En Songs from the North (Mejor Ópera Prima) Yoo Soon-mi lleva a cabo un ensayo personal sobre Corea de Norte donde se entremezclan reflexiones en primera persona desde los intertítulos, imágenes (muchas de ellas ‘robadas’) tomadas por ella misma en diferentes viajes al país, escenas de las ficciones (películas y unas muy delirantes funciones teatrales), y entrevistas con su padre surcoreano para llevar a cabo una aproximación a este país-enigma sutil, y alejada de los tópicos y las parodias fáciles.

Signos de vida

En la sección no competitiva del Festival de Locarno se dan cita las películas más heterodoxas del certamen. En Favula, Raúl Perrone reincide en la aproximación a un universo juvenil víctima de la hostilidad adulta que ya había llevado a cabo en P3ND3JO5. Con una banda sonora que vuelve a prescindir de los diálogos, pero combina cumbia electrónica, Puccini y alguna versión inesperada de Joy Division, Favula trabaja una poética más próxima al onirismo propio de los cuentos infantiles y se acerca así a los imaginarios de Guy Maddin y Ladislas Starevich.

Fort Buchanan se sitúa en un espacio propenso al melodrama: el de las parejas de miembros del ejército destacados en otra parte del mundo que esperan durante meses el regreso de sus cónyuges. A partir de un corto previo, Benjamin Crotty explora este terreno desde un lugar intermedio entre el desenfado de la tradición contacultural queer del cine norteamericano y cierto estilo glamouroso típico del cine francés.

En Antígona despierta, Lupe Pérez García no se conforma con adaptar la tragedia clásica de Sófocles en un espacio de resonancias míticas como es el del entorno del castillo de Loarre. La película se abre a recoger los múltiples reflejos donde se espeja el mito, desde las puestas en escena de guerras llevadas a cabo con extrema minuciosidad por aficionados hasta la reivindicación de los buitres como nobles animales que lleva a cabo un experto en estas aves, en una obra de estructura libre y mágica. Una muestra más de este cine impulsado sin ayudas públicas por la pasión creadora de sus responsables, Antígona despierta fue el único largometraje español de estreno en el Festival de Locarno que también entregó un Leopardo a la carrera a Víctor Erice, quien aprovechó para denunciar, en una charla abierta con Miguel Marías, la falta de espacios de circulación para este cine “interesantísimo” que no encuentra lugar en las salas. Un problema igualmente para los cortometrajes, que en Locarno se agrupan en la sección Leopardos del Mañana. En este caso sí hubo presencia de tres títulos españoles. Sertres de Ainara Vera adopta la forma de un palíndromo para moverse de lo colectivo a lo familiar y lo íntimo y viceversa. A través de una entrevista con su madre, la cineasta convierte el cine en un espejo de sus propias inquietudes ante un profundo cambio en su vida. Los invencibles de Javier Barbero y Martin Guerra se aproxima al género sin caer en la restricción de sus códigos. A partir de lo que parece una idílica excursión a la montaña de una familia, la película crea una progresiva y abstracta sensación de peligro e inquietud en medio de un paisaje natural entre legendario y amenazante. Ser e voltar de Xacio Baño parte de la voluntad de llevar a cabo un retrato de los propios abuelos para devenir una pieza autoreflexiva, con ciertas notas de humor y melancolía, sobre el propio oficio de cineasta. “Has escogido una carrera que no vale para nada. ¿de qué vas a vivir?”, le espeta la abuela al director. El film se cierra con otro interrogante planteado por el propio cineasta: “¿Entendisteis lo que vamos a hacer?”

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