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Locarno en corto

Elena López Riera, Natalia Marín, Óscar Vincentelli, Laida Lertxundi, Manuel Raga (versión ampliada de Caimán CdC nº 74). 
Eulàlia Iglesias

La 71 edición del Festival de Locarno acogió cinco películas de corto metraje de realizadores españoles en sus diferentes secciones. Elena López Riera, que trabajó algunos años en la Universidad de Ginebra, consiguió el Pardino de Oro al mejor corto suizo por Los que desean, producido por Alina Film, con sede en esa ciudad. “Por ahora sí ha sido más fácil encontrar financiación en Suiza que en España, pero bueno, espero que las cosas puedan ir cambiando…” La directora de Las vísceras se adentra aquí en la práctica de la colombicultura, habitual en la zona de Orihuela donde creció y que protagoniza su obra. La competición entre las aves que plasma en la película no se basa en la velocidad sino en la seducción por parte de los machos de la paloma hembra. “Los hombres se reúnen alrededor de algo que para mí es tremendamente poético, pero que al mismo tiempo es muy terrenal, muy concreto. ¿Cómo no sentirse fascinado por algo basado en la puesta en escena del deseo?”. En la línea de otras directoras que observan universos de masculinidad exclusiva, López Riera se adentra en una subcultura habitada por hombres de todas las edades en la que se lleva a cabo una “transposición del deseo, del hombre al animal, como si proyectaran en los palomos aquello que no formulan claramente con sus palabras”. La cineasta decide mirar a sus protagonistas “frente a frente y no escondida o por encima” sin ocultarse “tras una falsa objetividad. Creo que el cine nunca es objetivo, por eso para mí es esencial intentar hacer siempre presente que eso que vemos es sólo lo que yo decido mostrar”.

En Signs of Life, la sección competitiva del festival que alberga las obras más heterodoxas, se estrenó La casa de Julio Iglesias de Natalia Marín, un ensayo sobre cómo se habita el mundo actual a partir del proyecto del Ayuntamiento de Shanghai de tomar la residencia en Miami del cantante como base de una réplica urbanística de la arquitectura española. Como en su anterior pieza New Madrid, Marín sigue explorando la relación entre arquitectura y urbanismo en una sociedad global a partir del concepto de repetición. “Me interesa formalmente la idea de la copia porque me resulta fascinante cómo a base de repetir algo muchas veces, ese algo acaba mutando o saliendo mal. Como tema, me atrae la idea de repetir España y el fracaso inherente que supone”. El film prescinde de imágenes reales de los referentes arquitectónicos diversos a partir de los que trabaja, por una mera razón de falta de presupuesto para trasladarse a China. Pero sobre todo “porque cada vez me interesa menos la práctica documental como registro de imágenes y no me parecía ningún reto contarlo desde ahí”. Así, el corto se inspira en el pensamiento de Vilém Flusser de “ya no entenderemos el mundo a través de líneas escritas, sino de superficies imaginadas” para proyectar cada uno de los edificios citados como estructuras enmarañadas cuasi volumétricas, unas superficies atractivas pero pensadas para que no tuvieran más protagonismo que la propia voz de la directora, que lleva a cabo un ejercicio “disruptivo entre lo que ves y lo que oyes” en esta aproximación artística a la problemática de la vivienda.

En Pardi di domani se pudieron ver tres películas más con participación española. En Violeta + Guillermo Óscar Vincentelli encapsula una historia de amor expresada a través del baile y experimentada desde dos estratos temporales, el presente y un futuro nostálgico. “Tengo una obsesión por grabar a mis amigos en la noche. Es esa obsesión la que me moviliza a generar las imágenes del corto. Cuando volví a ver los vídeos (de Violeta y Guillermo) en el móvil, eran como una cápsula del tiempo de dopamina, me evocaban un estado de ánimo muy potente. En ese momento me di cuenta que tenía que trabajar sobre ese material, con ese regalo que me permitieron rodar Violeta y Guillermo”. La película deviene pues una celebración del baile como experiencia emocional al ritmo, en las dos primeras partes, de La fábrica de baile de Joe Crepúsculo. Frente a una imagen de baja definición, la música cobra una centralidad preeminente. “La experiencia sonora apunta a un lugar donde la imagen no puede llegar. El maestro Oleg en la gran película de Andrés Duque lo comentaba ‘la música hace vibrar a nuestra mucosa’, se comunica directamente con nuestro cuerpo”. Violeta + Guillermo abraza la estética visual de las cámaras de los dispositivos móviles como la propia de nuestra experiencia presente. “Creo que la estética de la imagen pobre, como llama Hito Steyerl a esa imagen digital comprimida, ripiada, que abunda en nuestro imaginario es la nueva materialidad de nuestras imágenes. Hay algo que me chifla de los móviles actuales y es esa vuelta a inicio del cine, cuando las mismas cámaras que filmaban eran a su vez dispositivos para proyectarlas.”

Words, Planets, la nueva obra de Laida Lertxundi también se pudo ver como film en la selección de Pardi de Domani tras haberse exhibido en Gran Bretaña. “Mis películas están entre el cine y el arte. En espacios expositivos Words, Planets se presenta como una instalación en tres canales. Se presentó así en la galería de LUX en Londres y en el centro de arte Tramway en Glasgow”. La pieza parte de los seis procedimientos que toma prestados Raúl Ruiz del pintor chino del siglo XVIII Shitao, que según él constituyen una póetica del cine chamánico que aborda el mundo visible. “Llevo un tiempo trabajando con la ideas de Raúl Ruiz. Me interesan porque ofrecen maneras experimentales de tratar la ficción”. La película también integra textos del psiquiatra R.D.Laing y del libro Yo veo/Tú significas de la crítica Lucy R. Lippard. Rodada en localizaciones de diferentes países, Words, Planets crea una conexión entre imágenes a priori desconectadas a través de vínculos de generación y resonancia. “Es un collage de textos e imágenes que tratan sobre el proceso creativo. Vemos a mujeres (mis alumnas) trabajando sobre la superficie del film y después vemos el resultado de ese trabajo como animación hecha a mano. Es un espacio políglota que habla del cine, de hacer cine, y de la creatividad, que incluye también la maternidad como gran obra.” El film se podrá ver en el próximo Festival de Gijón.

También en Pardi di Domani concursó Grbavica de Manel Raga, que en 2013 presentó en el Festival de Venecia La gallina. Su nueva película, adaptación muy libre de El fratricida de Franz Kafka, es fruto de su estancia en Sarajevo en la Film Factory, la escuela de cine que dirigía Béla Tarr, “una utopía educativa” tan excepcional que estaba condenada a desaparecer. El director de Ulldecona firma una obra de imágenes poderosas donde los movimientos de cámara rompen con la linealidad del espaciotiempo para hacer resonar el eco del pasado entre las ruinas del presente. Raga consideró un reto filmar en una ciudad con este peso histórico “sin sentirse un intruso” y ha trabajado para “introducir esta evocación de la memoria en la realidad que te da ese espacio”. El corto, que lleva el nombre del barrio donde se sitúa, uno de los más afectados por la ocupación serbia durante el sitio que sufrió la ciudad, arranca con un acto de violencia inspirado en el cuento de Kafka, “porque eso fue justo lo que me sucedió a mí, conocí Sarajevo después de la guerra”. Grbavica cuenta con coproducción portuguesa porque además allí existen ayudas a la postproducción de cortos, algo por ahora inédito en España. Para Raga, la experiencia de estudiar en Bosnia también le ha permitido darse cuenta de que “la mayoría de gente proveniente de otros países tenían más facilidades que yo para financiarse los estudios y sacar adelante sus proyectos”.

71º Festival de Cine de Locarno

(versión ampliada de Caimán CdC nº 74). 
Eulàlia Iglesias

La 71 edición del Festival de Locarno ha sido también la última de Carlo Chatrian como director artístico. El italiano tomó el relevo de Olivier Père en esta tarea en 2012 y bajo su mandato se ha consolidado el papel del certamen suizo como plataforma de referencia para esas películas que escapan al restrictivo modelo de cine autor que promueven Cannes, Berlín y Venecia. El fichaje de Chatrian por parte de la Berlinale es una buena noticia para el festival alemán, pero por el momento nos queda la incógnita de cómo afectará al de Locarno.

Este Locarno 2018 no ha sido de los más memorables en lo que a la Competición Internacional se refiere, a pesar de la inclusión de La flor de Mariano Llinás, un film que se presenta como extraordinario ya desde su duración y su forma de programarse (no había pases de prensa, con las complicaciones que eso supone para quien cubre el festival y no puede dedicarse en exclusiva a ver esta película). La película argentina aterrizaba con el premio mayor del BAFICI a cuestas y quizá eso contribuyó a que quedara fuera del palmarés final. Pero, a falta de poder valorarla en su integridad, algunos de sus actos de dos horas resultan por sí mismos propuestas cinematográficas muchísimo más estimulantes que tantos otros filmes aspirantes al Leopardo de Oro.

El gran premio del festival recayó en A Land Imagined, un solvente thriller de tintes oníricos en torno a la explotación laboral de los trabajadores extranjeros en Singapur. La película de Yeo Siew Hua reúne una serie de virtudes que la convierten en un perfecto film de consenso ante un jurado como el que este año presidía Jia Zhangke. Ofrece una convincente denuncia sobre las condiciones de trabajo en un país representativo del capitalismo ultraliberal como Singapur distanciándose del realismo social al uso y poniendo en práctica un atractivo ejercicio de cine de género. Y apela a toda una serie de tendencias propias en el cine de autor del cambio de siglo (el imaginario asiático como un ensueño filtrado por luces de neón, la confusión de itinerarios entre detective y desaparecido, el mundo digital como un espacio donde perder la identidad…) que sin embargo Yeo no conduce más allá. Hotel by the River, la nueva película de Hong Sangsoo, Leopardo de Oro en 2015 por Ahora sí, antes no, consiguió el Premio a la Mejor Interpretación Masculina por el trabajo de Ki Joobong, en el papel de un poeta veterano que convoca a sus dos hijos en el hotel donde se ha instalado porque intuye próxima su muerte. Hotel by the River pone de manifiesto la voluntad del coreano por explorar nuevas combinatorias emocionales que se escapen de la propiciada por el encuentro fortuito entre un hombre y una mujer, habitual en su cine. Aquí la sombra de la muerte y la necesaria reconciliación familiar marcan buena parte de la película, al tiempo que el director también trabaja la amistad femenina entre otras dos huéspedes del hotel. El film resulta en apariencia más lineal que la mayoría de títulos de Hong, aunque también propicia lecturas más profundas sobre la naturaleza de los vínculos entre los dos grupos de personajes, sobre todo en lo que las dos mujeres representan para el viejo poeta. RAY & LIZ, primer largometraje de Richard Billingham que consiguió una Mención Especial, da continuidad pero también una identidad estética propia al trabajo fotográfico del artista en torno a sus padres, en otra vuelta de tuerca al retrato realista de la clase obrera británica que aquí combina con fuerza la crudeza del cine de Mike Leigh con la evocación poética del de Terence Davies.

Fuera del palmarés quedó la crítica al gobierno chino que lleva a cabo Ying Liang en la correcta A Family Tour, un film basado en la propia experiencia del director que vive en el exilio después de otros títulos críticos con la situación de su país como When Night Falls, que también se vio en Locarno en 2012. Aquí Ying se reencarna en una directora de cine china que también se ha instalado en Hong Kong huyendo de las represalias por sus películas políticas. Para poder encontrarse con su madre, la familia organiza una quedada en Taipei donde todos siguen un tour organizado para no despertar sospechas. En un tono cercano al del cine de Edward Yang, Ying ofrece una visión de las diversas formas de adaptarse a la realidad en China, centrándose sobre todo en las dos posturas de madre e hija, la capacidad adaptativa y al mismo tiempo resistente de la progenitora frente al rechazo frontal que se puede permitir la hija por el hecho de encontrarse fuera del país.

En M, Premio Especial del Jurado, Yolande Zauberman nos conduce por un asfixiante viaje al fondo de la noche de los abusos sexuales sistematizados en la comunidad ortodoxa de Israel de la mano del actor Menachem Lang. La directora acompaña a M en lo que a priori va a ser un acto de confrontación con uno de sus violadores. Pero el film va sumando a Lang los testimonios de otras víctimas, y esta incursión de una directora en un ámbito de masculinidad exclusiva deviene una especie de #MeToo de hombres en el seno de un colectivo religioso radical, endogámico y machista como el jasídico. Con Tarde para morir joven, Premio a la Mejor Dirección, la chilena Dominga Sotomayor se confirma como uno de los principales valores del cine iberoamericano contemporáneo. Con su sutileza habitual, aquí traza las contradicciones internas de una comunidad utópica que en el Chile de principios de los noventa, justo acabada la dictadura de Pinochet, intenta un modo de convivencia en armonía con la naturaleza. Todo ello poniendo especial atención en las tribulaciones emocionales de una de las jóvenes habitantes.

Porque las adolescentes han sido las principales protagonistas de la Competición Internacional de Locarno 2018. Radu Muntean siempre se ha distanciado de uno de los rasgos característicos del Nuevo Cine Rumano, la mirada retrospectiva a la historia reciente del país, para ofrecer retratos ligados a la actualidad. Así Alice T supone su respuesta en tiempos de Google a 4 semanas, 3 meses, 2 días de Cristian Mungiu. La protagonista del título es una joven adolescente, a quien da vida la llameante y premiada Andra Guți, que se ha quedado embarazada y decide espabilarse para abortar, mientras mantiene otro relato frente a su madre, que ve con ilusión la idea de tener un nieto. Más que un film sobre el embarazo no deseado, Alice T es un retrato de la adolescencia como esa etapa donde la vulnerabilidad y el desparpajo tienden a confundirse. Los mejores momentos como siempre en el cine de Muntean son aquellos en que el director consigue generar tensión a base de sostener la incomodidad surgida entre los personajes. Glaubenberg del suizo Thomas Imbach también se centra en una adolescente, en este caso una muchacha enamorada de su hermano. Lo que podría haber sido un hermoso y perturbador film sobre una pasión heterodoxa en un entorno convencional deviene una propuesta confusa (por momentos se acerca a Atracción fatal, otros a una variante del personaje hamletiano de la Ofelia enamorada) y misógina que identifica el deseo de la menor con la obsesión y la demencia. Tras la monumental Homeland: Iraq Year Zero, Abbas Fahdel presenta con Yara un film voluntariamente más modesto que manifiesta las ganas del director por filmar una historia también en torno a una adolescente en este caso en un escenario inigualable, una de las últimas casas habitadas en medio de las montañas al norte del Líbano. Fahdel inserta una historia de ficción con una joven actriz en un entorno real con otra protagonista, la abuela de la muchacha, que es intérprete no profesional. Así resigue los pequeños cambios de una joven que despierta al amor y la sensualidad en una rutina plácida y sencilla. El canadiense Philippe Lesage traza en Genèse las historias paralelas de dos hermanos, el joven adolescente que descubre su homosexualidad y la universitaria perdida entre el deseo y la estabilidad sentimental. Como ya sucedía en su ópera prima Los demonios, donde sobraba el personaje del pederasta, aquí también Lesage boicotea por momentos su propio talento para el trazo sutil al subrayar las consecuencias dramáticas de la confusión emocional de cada uno de los personajes. El film concluye con un epílogo de aires truffaunianos donde se apunta a la posibilidad sin embargo de un primer amor inocente. La protagonista de Sibel de Çağla Zencirci y Guillaume Giovanetti resulta una fuerza de la naturaleza. Pero una no puede evitar la sensación de situarse ante la enésima película centrada en una joven que expresa su desencaje en el mundo a través de un movimiento continuo. Aquí una chica muda que se expresa ¡en silbo! e intenta sobrevivir a los prejuicios y supersticiones patriarcales que todavía dominan en la región de Turquía donde vive. La energía de la protagonista, apabullante Damla Sönmez, se merecía algo más que un personaje pensado para encajar en el rol predeterminado y de moda de mujer empoderada.

Frente al culto a la juventud propio de tanto cine de autor e independiente, se agradece una película como Diane, el extraordinario primer largometraje de ficción de Kent Jones. El crítico también imagina a su protagonista, una viuda jubilada a quien encarna Mary Kay Place, siempre en tránsito entre sus diferentes quehaceres diarios, desde hacer compañía a una prima en el hospital hasta echar una mano en un comedor social pasando por el intento frustrado de ayudar a su hijo drogodependiente. Jones firma una película que, bajo su apariencia de correcto drama indie, propone una revolucionaria inversión de la jerarquía de valores tradicionales no solo por otorgar todo el protagonismo a una mujer mayor sino también por el peso dramático específico que cobran los cuidados y la interdependencia. El film también destaca de una forma muy bergmaniana por la profundidad de un retrato femenino que no quiere ser complaciente y por otorgar esa dimensión vital a una película sobre el tránsito hacia la muerte.

La italiana Menocchio de Alberto Fasulo es una película que se quiere importante en su recreación del proceso histórico a este molinero del siglo XVI que desafió a las autoridades eclesiásticas al ejercer su libre pensamiento en materia religiosa y acabó condenado por la Inquisición. Fasulo convoca a Dreyer, Pasolini y Olmi, entre otros, pero la película no consigue transmitir ni espiritualidad, ni naturalismo ni una buena refriega de dialéctica teológica y acaba víctima del academicismo más plúmbeo. Con Wintermärchen el alemán Jan Bonny proporcionó una dosis gratuita de cine-shock a la competición. El film se sumerge en la intimidad de tres miembros de una célula terrorista de ultraderecha en Alemania para establecer así algún tipo de lectura sobre los personajes a partir de sus prácticas sexuales poco ortodoxas. Bonny no se interesa ni por el contexto social, ni por las formas de funcionar de los terroristas ni por el impacto de sus acciones. Pero su forma de humanizar a los asesinos pasa de una estigmatización puritana a una idealización romántica todavía más peligrosa.

Cineastas del presente

La segunda sección competitiva del Festival de Locarno aloja sobre todo primeras y segundas películas y, como sucede también en otros certámenes, a veces acaba presentando títulos más estimulantes que los de la Competición Internacional. Las temáticas y estéticas coinciden en muchos casos con las del resto de apartados de la programación, lo que permite esbozar unos apuntes sobre las inquietudes comunes de este cine que se mueve al margen de los circuitos comerciales que incide sobre todo en cuestiones como la identidad, la relación con el entorno natural y el exilio en un mundo global postcapitalista a través de películas que se niegan ellas mismas a adoptar una identidad homogénea.

El Premio a la Mejor Película de Cineastas del Presente recayó en Caos de Sara Fattahi, una poderosa aproximación a las consecuencias de la guerra en Siria a través del exilio interior y exterior de tres mujeres residentes en tres ciudades diferentes, Damasco, Viena y Estocolmo. Fattahi otorga una experiencia específica al desapego emocional y físico de cada una de las protagonistas: la mujer que ha permanecido en Siria vive inmersa en la oscuridad de quien no quiere salir del pozo de odio y dolor que le ha provocado el asesinato de su hijo; la artista residente en Suecia canaliza a través del arte sus traumas; la tercera mujer deambula por la capital austriaca como una muerte viviente, mientras encuentra en los textos de otra exiliada, Ingeborg Bachmann, la forma de expresarse.

Como la ganadora del Leopardo de Oro, el film que obtuvo el Premio Especial del Jurado Cine+ de Cineastas del Presente, Closing Time de la suiza Nicole Vögele también recoge parte del legado del cine asiático del cambio de siglo. Ambientada en el Taipei actual, la película despliega un dispositivo observacional para fijarse en las rutinas de un rincón concreto de una metrópolis marcada por los ritmos acelerados del capitalismo tardío. Como en una película de Tsai Ming-liang, la ciudad también vive amenazada por la presencia de la lluvia torrencial proveniente de un tifón. Vögele subraya los aspectos más humanos de los personajes a los que observa en esta franja horaria ya fuera del horario laboral típico.Y la película, como su protagonista principal, también sabe escapar de las dinámicas más rutinarias del documental observacional. Sin premio se quedó el film más próximo al cine de Jia Zhangke del certamen. Como en la obra del director de The World, en Suburban Birds de Qiu Sheng las transformaciones urbanísticas masivas también son el centro del relato. El director interrelaciona dos historias, la de un grupo de ingenieros que inspeccionan una posible filtración en un barrio de extrarradio y la de la cuadrilla de amigos de la escuela del lugar, en un film que convoca también cierto misterio en las conexiones imprevistas entre los dos grupos de personajes.

Con Sophia Antipolis, el director de Mercuriales sigue cartografiando los espacios urbanos surgidos en las últimas décadas en Francia, aquí una supuesta respuesta gala a Silicon Valley erigida en la Costa Azul. A partir del misterioso asesinato de una muchacha en el lugar, Virgil Vernier resigue diferentes personajes que buscan sus propias maneras de encajar en un entorno que no genera formas tradicionales de tejido social y propicia el surgimiento de grupos pseudoespirituales y colectivos neofascistas. La también francesa L’époque de Matthieu Bareyre, mención especial del jurado a uno de sus personajes, Rose, muestra la voluntad inequívoca de plasmar cierto aire de su generación en su panorámica nocturna y de talante musical por una juventud parisina diversa en sus aspiraciones y experiencias. Una las protagonistas, la Rose premiada, acaba erigiéndose en la voz dominante en su encarnación de una juventud francesa combativa y alienada por cuestiones de origen de la Francia hegemónica.

Fausto de Andrea Bussmann, mención del jurado, entronca con otra de las tendencias percibidas en Locarno 2018, ese gusto por encadenar historias que también está presente en La flor y en Sophia Antipolis. En este caso la directora canadiense rueda en la costa de Oaxaca, México, su primer largometraje en solitario (codirigió con Nicolás Pereda Historias de dos que soñaron), una suerte de retrato antropológico de ribetes fantásticos, donde los relatos orales que recogen leyendas, supersticiones y fábulas (otro film donde los animales cobran un inusitado protagonismo) se erigen como una suerte de resistencia desde el terreno de lo mítico y ancestral frente a las diferentes formas de colonización y ocupación de la zona, desde la invasión española a la urbanización con fines comerciales del lugar.

Alles is Gut de Eva Trobisch, Premio a la Mejor Ópera Prima, plantea de forma muy convincente una de esas situaciones en que una violación muchas veces no se interpreta como tal. Janne, la protagonista y víctima de la agresión, reacciona a priori negándose a dramatizar y denunciar el hecho. A partir de aquí la directora concentra demasiadas casualidades en el entorno cotidiano de la protagonista en un film mucho mejor planteado y concluido que desarrollado donde destaca la interpretación de Aenne Schwarz.

Como Diane, Familia sumergida también centra la atención en una mujer de mediana edad, aquí una Mercedes Morán que reina a lo largo de todo el metraje. La actriz interpreta a Marcela, una madre de familia cuya vida cotidiana se ve alterada por la muerte súbita de su hermana. Marcela mantiene ante sus hijos y maridos el rol de mujer que no se ve afectada por nada ya que se debe a los suyos, mientras internamente vive un proceso de replanteamiento emocional que la lleva, entre otras escapadas mentales, a conversar con los fantasmas familiares. María Alché (la joven protagonista de La niña santa reconvertida en directora) nos sumerge en esta doble vida entre la realidad y el ensueño de una protagonista que se había acomodado sin cuestionarla a su claustrofóbica cotidianidad.

Likemeback resulta la más cuestionable de las muchas películas centradas en jóvenes que programó el Festival de Locarno. El italiano Leonardo Guerra Seràgnoli embarca a tres muchachas en un viaje por el Mediterráneo para celebrar sus dieciocho años. Retrato de la generación selfie, el director encuadra a las tres protagonistas en planos cerrados que dejan fuera un entorno que a ellas no les interesa excepto como telón de fondo de las continuas imágenes que cuelgan en sus redes sociales. Seràgnoli lleva a cabo uno de esos films reaccionarios que practican un exploit del físico y la intimidad de las tres protagonistas como excusa para alertar sobre los supuestos peligros de la adicción a las nuevas tecnologías a la juventud actual.

Locarno 2016

La reserva suiza. (Versión ampliada de Caimán CdC nº52)
Eulàlia Iglesias.

¿Hasta qué punto un premio como el Leopardo de Oro es positivo para una primera película como Godless? Ralitza Petrova debuta con un drama desolado sobre una Bulgaria en que la corrupción lacra hasta al último de sus habitantes. Un diagnóstico que comparte con la otra película de esta nacionalidad a concurso, Glory, segundo largometraje Kristina Grozeva y Petar Valchanov tras La lección (2014), y que gira en torno a un pobre hombre que se ve involucrado a su pesar en un montaje institucional. No hay espacio para la inocencia en Bulgaria, apuntan ambos títulos. El de Grozeva y Valchanov desde un guion ultracalculado que permite leer con claridad sus metáforas. Mientras que Godless apela desde el título a una tierra dejada de la mano de Dios en una visión nihilista que tiene algo de tic de cine de autor. La más potente de las óperas primas de la Competición Internacional, el Leopardo de Oro pone de manifiesto sin embargo las carencias de Godless, que no puede presumir de la ambición formal, la madurez cinematográfica o la frescura de ideas de tantas otras películas a concurso.

El palmarés del jurado que presidía Arturo Ripstein también se mostró conservador en la selección del Premio del Jurado. Con Scarred Hearts, Radu Jude se distancia de las constantes del nuevo cine rumano como ya hizo en la anterior Aferim! Aquí adapta la obra homónima del escritor rumano Max Blecher en torno a su estancia en un sanatorio antituberculoso poco antes de morir a los veintinueve años. La película intenta encontrar su tono entre cierto clasicismo y el rechazo al academicismo, entre cierta ironía y la inevitable melancolía que lo acaba empapando todo. Resulta sobre todo interesante como retrato de una generación de jóvenes que ve capada sus ansias vitales y culturales a causa de la enfermedad que los obliga a recluirse. Si el Premio a la Mejor Actriz recayó en la protagonista de Godless Irena Ivanova, el del Mejor Actor fue para el veterano intérprete polaco Andrzej Seweryn por The Last Family de Jan P. Matuszyński, un curioso biopic en clave hogareña de dos figuras tan populares en Polonia como el pintor gótico-surrealista Zdzisław Beksiński y su hijo Tomasz, introductor de la cultura pop anglosajona a través de sus programas de radio. La película no se centra tanto en la vertiente pública de ambos como en su relación familiar en la que juega un papel clave la madre, la Felicidad Blanc de la historia. El Premio al Mejor Director reconoció el trabajo de João Pedro Rodrigues en O Ornitólogo, en este caso sí uno de los títulos más potentes del festival. Derek Jarman firmó el título pionero de cine queer, Sebastiane (1976), a partir de la apropiación del imaginario de un mártir cristiano. Rodrigues va más allá de le lectura gay de la figura de San Antonio de Padua para reformular su trayectoria en un proceso de transfiguración íntima, sensual y trágica en que la naturaleza deviene el espacio de lo fantástico. En el palmarés también hubo hueco para una mención a Mister Universo, donde Tizza Covi y Rainer Frimmel vuelven a adentrarse, como en La Pivellina (2009), en la forma de vida de la gente del circo aquí a través de la road movie que emprende un joven domador de leones en buscar del forzudo que años ha le entregó su amuleto de la suerte. La pareja de directores entronca desde un respetuoso realismo con la fascinación por este universo de otros directores como Federico Fellini.

Se quedó sin premio Correspondências, otra obra magna de Rita Azevedo Gomes en que la palabra cobra un protagonismo propio de otras épocas a través de la relación epistolar que mantuvieron durante décadas los poetas Sophia de Mello Breyner Andresen y Jorge de Sena. Un vínculo a través del cual Gomes aborda cuestiones como el exilio y la forma de entender la cultura en Europa y América. By the Time it Gets Dark de Anocha Suwichakornpong, quien se dio a conocer internacionalmente con Mundane History (2010), arranca como una metapelícula en que una joven cineasta prepara un film sobre una veterana activista que participó en los movimientos estudiantiles de oposición a la dictadura en los años setenta para convertirse, a mitad del metraje, en otro relato más complejo de determinar en que se acumulan los motivos propios de cierto cine asiático, desde la reencarnación y el budismo a la oposición campo/ciudad. Aunque de apariencia formal más simple, Bangkok Nites acaba resultando mucho más apasionante como incursión en las complejidades de la Tailandia contemporánea, sobre todo en relación a otros países asiáticos, desde el vecino Laos al más lejano Japón. Katsuya Tomita evita el dramatismo y el exploit hasta el punto que no aparece ni una sola escena de sexo en tres horas de película ambientada en su mayor parte en burdeles. En cambio el también japonés Akihiko Shiota nos brindó la ración erótico-festiva del certamen con Wet Woman in the Wind, una refrescante y vital actualización de las pinku eiga con una protagonista-tigresa que toma las riendas en lo que a iniciativa sexual se refiere. Fue una de las varias comedias de la Competición Internacional junto a Brooks, Meadows and Lovely Faces de Yousry Nasrallah, el director que estuvo presente en el Festival de Cannes 2011 con su radiografía de la primavera árabe After the Battle. La diversidad en un festival también se puede medir por la inclusión de una muestra de cine popular como esta comedia de enredos con sus dosis de erotismo, melodrama, musical y lucha de clases protagonizada por una estrella del cine nacional, Laila Ahmed Elwi. Parte de la gracia de Brooks, Meadows and Lovely Faces es que se no se ajusta al modelo de cine árabe para festivales como sí lo hacía la película egipcia programada en Cineastas del Presente, Withered Green de Mohammed Hammad, una nueva denuncia del papel de la mujer en el mundo árabe aquí a través de una dependienta de una pastelería soltera y huérfana que tiene que espabilarse para encontrar a algún pariente masculino que se avenga, tal y como manda la tradición patriarcal, a estar presente en la petición de mano de su hermana pequeña. Hammad retrata una sociedad donde la mujer queda sujeta a la obligación de contar con algún hombre para ciertos rituales sociales, de manera que queda imposibilitada de una emancipación real. El director sin embargo remata el film con una especie de “castigo” biológico que desactiva parte del discurso feminista.

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En la deliciosa La prunelle de mes yeux, Axelle Roppert se decanta por adecuarse a los códigos de la screwball comedy clásica a la que añade esa capa de encantadora excentricidad marca de la casa, al tiempo que rinde un homenaje menos frívolo de lo que parece a Grecia a través de la reivindicación del rebético. Matías Piñeiro resuelve con nota su primera incursión norteamericana, Hermia & Helena, encomendándose esta vez a El sueño de una noche de verano de William Shakespeare. La comedia mantiene el gusto por las estructuras narrativas insólitas marcadas por la fugacidad del deseo de los protagonistas y consigue presumir de una original impronta neoyorquina sin dejar de ser un film típico de su director. La otra gran película argentina a concurso fue La idea de un lago de Milagros Mumenthaler, una obra más madura que su anterior Abrir puertas y ventanas en que se apela a la memoria de un padre desaparecido más desde el drama íntimo y evocador a la Víctor Erice que desde los supuestos del cine político.

Al contrario que otros miembros de la Escuela de Berlín como Maren Ade o Christian Petzold cuyos films tienden a audiencias cada más mayoritarias, Angela Schanelec radicaliza su estilo en Der Traumhaufte Weg, la película más incomprendida de la Competición Internacional por ser también la más insobornable. La alemana traza el camino de la desilusión de una pareja conformada por un británico y una alemana desde que se conocen en una Grecia ya en pie de guerra frente a la Europa de los mercados en los años noventa hasta el Berlín actual, en un film de férreo pero bellísimo estilo bressoniano.

Cineastas del presente y del futuro

El Palmarés de Cineastas del Presente mantuvo una mayor coherencia con el espíritu de un festival que ha convertido el riesgo en una de las razones de ser de su programación. El Leopardo de Oro en este caso reconoció la ambición formal de El auge del humano, primer largometraje del argentino Eduardo Williams, que lleva a cabo el seguimiento de tres grupos de jóvenes en tres zonas diferentes del planeta, Argentina, Mozambique y Filipinas, a través de un flujo continuo por las (im)posibilidades y las paradojas de la comunicación y la conexión en un mundo global. Los tres segmentos encajan no tanto gracias un relato unificador (la narrativa está reducida al mínimo) como por compartir motivos reiterados: la aparición de trabajos en precario o deshumanizadores, la vinculación con las pantallas y la paradoja de que los protagonistas formen parte de una generación digital en que el origen socioeconómico todavía condiciona profundamente. Sin que el film tenga nada que ver con los pastiches al uso del cine indie estadounidense, en sus imágenes resuenan los ecos de Gus Van Sant (vertiente Bela Tarr) o David Lynch (una de las secuencias clave es el plano subterráneo a través de un hormiguero que une el segmento mozambiqueño con el filipino), pero también de algunos de los representantes del nuevo cine asiático.

El Premio Especial del Jurado Cine+ recayó en The Challenge de Yuri Ancarani, una incursión documental en una suerte de rave halconera en medio del desierto de Qatar en que a través de la composición del plano se pone en evidencia el choque cultural entre tradiciones ancestrales y el exhibicionismo propio de los nuevos ultraricos. Entre las muchas escenas alucinantes del film destaca la del devoto musulmán que, en plena ruta hacia el encuentro halconero, se detiene a rezar junto a su Harley bañada en oro. El Premio a Mejor Director Emergente lo consiguió Tetsuya Mariko por Destruction Babies, mientras que la colombiana Viejo calavera conseguía una merecida mención especial. Kiro Russo se adentra en las profundidades de un pueblo minero a través de un trabajo fascinante con la imagen y el sonido en un dispositivo que, al contrario de lo que sucede a veces en este tipo de propuestas, no se sobrepone a las problemáticas, anhelos y vicisitudes de las personas que allí laboran y habitan.

El auge del humano también obtuvo una Mención especial del jurado encargado de seleccionar las mejores primeras películas, que en este caso se decantó por otro film argentino, la deliciosa El futuro perfecto, primer largo en solitario de Nele Wohlatz. La comunicación también es la clave de esta comedia en torno a la identidad, la inmigración y la juventud que poco tiene que ver con los films de realismo social al uso sobre estos temas. La película resigue cómo el aprendizaje y el conocimiento del español conforma la forma de relacionarse de la protagonista, una muchacha china recién llegada a Buenos Aires donde ya residían sus padres, con su entorno. De manera que, por ejemplo, el conocimiento del tiempo condicional le permite por primera vez plantearse diferentes opciones de vida. Dentro del mismo palmarés, el Premio Swatch Art Peace Hotel reconoció Gorge Coeur Ventre de Maud Alpi, una ficción que nos sitúa en la antesala de la muerte de un matadero de la mano de uno de sus trabajadores y de su perro. Sin que la cámara llegue a adentrarse en el lugar del sacrificio de las bestias, Gorge Coeur Ventre se acerca al miedo de los animales que intuyen el fin próximo a partir de enfocar sus ojos henchidos por el pánico ante los horribles chillidos que llegan de las cámaras contiguas. Alpi convierte al protagonista humano y su can en los depositarios de la conciencia ante este sufrimiento al tiempo que los enmarca igualmente en un espacio al margen de la civilización.

correspondencias

Las películas de directoras como Wohlatz o Alpi no fueron excepción en una edición del Festival de Locarno en la presencia de mujeres cineastas fue casi equivalente a la de hombres. Lo que permitió disponer de perspectivas femeninas a preocupaciones tradicionalmente masculinas como la del artista ante la página en blanco. Es lo que transmite L’indomptée, primer largometraje de Caroline Deruas, quien plasma su propia experiencia en la Villa Medicis, residencia italiana para creadores franceses donde pasó una temporada preparando precisamente esta película. El resultado es una autoficción con una vena fantástica de raíz surrealista en que los fantasmas de la protagonista cobran entidad real en ese espacio cerrado que es la Villa. Las vicisitudes de una mujer creadora comprenden desde zafarse de la sombra de la propia pareja (personaje a priori inspirado en la figura de su compañero Philippe Garrel), un hombre mayor y de prestigio ya consolidado en el mismo terreno donde quiere moverse la protagonista, hasta la necesidad de invocar los escasos referentes históricos femeninos. Deruas no ahorra cierta ironía a la hora de retratar este universo endogámico de creadores al tiempo que certifica el fin de una era en lo que a oasis culturales se refiere.

Confieso que la pantalla en negro de I Had Nowhere to Go de Douglas Gordon me pareció un recurso conceptual un tanto facilón aunque justificado y efectivo. Así el encuadre deviene una caja de resonancia del relato oral de Jonas Mekas en torno a su éxodo y exilio que se inicia precisamente con el recuerdo de cómo los soviéticos destruyeron las imágenes que él tomó con su primera cámara fotográfica. El texto escrito y narrado por el propio Mekas cobra todo el protagonismo y se sitúa sin problemas entre las obras imprescindibles sobre los supervivientes de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, además de complementar sus propias diarios audiovisuales en torno al tema.

La relación entre los hombres y las bestias se convirtió en uno de los ejes temáticos de Locarno 2016, como también demuestra Las vísceras, uno de los tres cortos españoles a concurso. Elena López Riera emprende un retorno a una tierra natal en que la brutalidad hacia (no solo) los animales es un ritual seco y cotidiano que se transmite de generación en generación y, en cierta manera, también permanece en ese inconsciente colectivo que se expresa a través de la literatura y las costumbres populares. En A liña política, Santos Díaz encadena una serie de situaciones en torno a la necesidad de expresarse o no frente a la muerte de un ser querido a partir de un joven profesor de música taciturno que no habla de sus sentimientos hasta la secuencia final en un film que afina con precisión el grado de melancolía que maneja. Y con Mi amiga la luna, Velasco Broca se confirma como uno de los mejores directores de nuestro país a partir de un corto que integra elementos propios del surrealismo, las fábulas orientales, la religiosidad ancestral, la música popular y la fantasía humorística más inesperada. La película no solo conecta con una tradición centenaria de ese cine español que se ha movido al margen de lo institucional. También pone en evidencia unas inquietudes estéticas compartidas con otros cineastas actuales como Chema García Ibarra o Miguel Llansó.

Rehabitar la utopía

Signs of Life, que acoge fuera de concurso películas más arriesgadas o heterodoxas del festival, la mayoría firmadas por cineastas provenientes de otras disciplinas artísticas, es también la sección que este año ha presentado el nivel medio más gratificante. Aquí pudimos ver óperas primas como People That Are not Me en que su directora y también protagonista Hadas Ben Aroya radiografía las formas de relacionarse de la juventud en el Tel Aviv actual a través de un personaje que se mueve en ese difícil equilibrio entre el rechazo a la implicación sentimental y la necesidad de sentirse apegada a alguien. El veterano Júlio Bressane, que se está convirtiendo en un habitual de Locarno, presentó con Beduino otra variante de sus duetos de amor y aprendizaje en que un hombre y una mujer encerrados la mayor parte del tiempo en una casa dan vueltas a reflexiones nietzscheanas y representaciones surreales cargadas de filosofía y deseo. Bressane aprovecha para recuperar las delirantes imágenes de uno de sus films de exilio, Memorias de un estrangulador de loiras (1971), con ese psychokiller que asesina con una compulsión cuasi cómica a las chicas rubias que se cruzan en su camino. En Pow Wow, Raymond Devor (ese cineasta que nos cautivó hace unos años con Zoo, su aproximación al hombre muerto mientras practicaba sexo con un caballo) parte de una leyenda india, la del joven Willie Boy en fuga con su novia por el Valle de Coachella en lo que parece la versión nativa de Malas tierras, para reseguir la relación con ese territorio de los indios que todavía residen allí, confrontada a la de los blancos que han convertido la zona en un resort para ricos. Desde el encuadre y la estructura del film, Devor lleva a cabo una comparación continua entre estas dos Américas tan opuestas a través de una misma óptica etnográfica que escruta las leyendas, costumbres y mitos de ambas comunidades. Ninguna otra película, por cierto, ha convertido el carrito de golf en un signo tan evidente de la decadencia de la civilización occidental… También una aguda observación de la América actual es la que ofrece el debutante Theo Anthony en la espléndida Rat Film. Mucho más que The Wire con ratas, Anthony lleva a cabo una genealogía de la desigualdad social en Baltimore a través de la presencia de estos roedores y la relación que la ciudad ha mantenido con ellos en clave cultural, científica o de ocio. El documental combina con tanta agudeza como profundidad el seguimiento de personajes singulares como los aficionados a pescar ratas en callejones con su caña y anzuelo, el profesional de la desratización que trabaja a lo largo de toda la ciudad, o aquellos que las tienen como mascota o como alimentación de sus mascotas, con análisis muy pormenorizados de hasta qué punto la forma de usar estos roedores en diferentes experimentos científicos transparenta una forma de entender la organización social. Desde una acepción del cine ensayo más próxima a la tradición que representan Chris Marker y Alain Resnais, Fiona Tan también convierte en Ascent un motivo central, en su caso el Monte Fuji, en el detonante polisémico de su incursión en la cultura japonesa y sus relaciones con Occidente. La directora arma un hipnótica variante ensayística del cine de montaña donde el emotivo relato a dos voces, la de la narradora y la de su pareja nipona, marca a la manera de Hiroshima mon amour dos distancias focales frente a la realidad japonesa que simboliza el Fuji. Como Tan, el tándem polaco formado por Anka y Wilhelm Sasnal también proviene de otras disciplinas artísticas. Pero llevan ya unos años en el mundo del cine elaborado obras que combinan el cuidado trabajo con la imagen con un discurso crítico sobre la xenofobia en Polonia. Con The Sun, the Sun Blinded Me, firman una oportuna actualización de El extranjero de Albert Camus en que Meursault, además de ser runner, encarna el desapego y la falta de empatía ante los refugiados a partir de un rechazo que atraviesa buena parte de la sociedad polaca. Frente a la desolación moral que presentan la mayoría de films provenientes de la Europa del Este, la bosnia All the Cities from the North de Dane Komljen ofrece una lectura alternativa. Ambientada en una serie de viviendas abandonadas junto al mar, el film se acerca a la historia de amor entre dos hombres que ocupan una de las casas, relación que se verá alterada ante la aparición de un tercero interpretado, en un guiño metalingüístico, por el propio director. All the Cities from the North plantea, a partir de una reflexión sobre los proyectos arquitectónicos que pretendieron organizar nuevos tipos de sociedad que se combina con la relación íntima de los personajes, la necesaria pregunta de si es posible rehabitar las utopías truncadas del siglo XX.

68º Festival de Locarno

Ahora está todo correcto.
68 edición del Festival Internacional de Cine de Locarno.
Eulàlia Iglesias.

Concurso Internacional
Cineastas del presente
Españoles en Suiza

Concurso Internacional

Guardaba cierta lógica poética que Hong Sangsoo no hubiera sido reconocido con ninguno de los premios gordos de los grandes festivales donde año sí año también presenta sus películas. Su cine se sitúa en las antípodas de esa grandilocuencia temática, dramática o estilística que suele encandilar a los jurados. Por ello también cobra sentido que haya sido finalmente Locarno el certamen que corone al surcoreano con su Leopardo de Oro por Right Now, Wrong Then, una película en que depura las constantes del último tramo de su filmografía y al mismo tiempo conecta con los primeros films que le otorgaron proyección internacional. Right Now, Wrong Then duplica una misma historia lineal con sus variaciones, complementos y dos finales de tono completamente opuesto. Y al mismo tiempo se concentra en la evolución, en una sola jornada, de una relación de pareja sin apenas intervención de terceros personajes. Su protagonista masculino, Jung Jae-young, también fue reconocido con el Premio al Mejor Actor por la que debe ser la encarnación más conseguida de un álter ego del propio director. El palmarés prefirió concentrar los galardones en pocos títulos, tres de ellos los más indiscutibles de la Competición Internacional. El Premio al Mejor Director reconoció a Andrzej Zulawski por Cosmos, adaptación de la narración homónima de Witold Gombrowicz rodada en francés en Portugal. Como tantas otras películas del polaco, Cosmos también cuenta con un protagonista (Jonathan Genet, gran descubrimiento) que entiende la vida, el amor y el arte como un estado febril que le aboca a la destrucción. Pero este hermoso y vivaz delirio cómico se enriquece con una poética del absurdo y un montaje sincopado siempre dispuesto a alterar la sensación de orden que lo hermanan con las últimas obras de Alain Resnais o con el Manoel de Oliveira más jovial.

Reconocida con una Mención al mejor guion y el Premio de interpretación femenina para sus cuatro actrices, Happy Hour era el tour de force en lo que a duración se refiere de la competición de este año. Más de cinco horas de drama en torno a cuatro amigas treintañeras que ven tambalearse el equilibrio que rige sus vidas y su amistad cuando una de ellas pide el divorcio a su marido. Con Happy Hour Ryusuke Hamaguchi consigue lo que otros cineastas que toman el nombre de Yasujirō Ozu en vano malogran. Desde una concepción límpida del melodrama que no fuerza en ningún momento el registro, lleva a cabo un minucioso retrato de cuatro personajes femeninos que deciden confrontar su propio estilo de vida en el Japón contemporáneo.

Tikkun de Avishai Sivan, ganadora del Premio Especial del Jurado y del Premio a la Fotografía, bascula entre el drama y la comicidad implosiva para retratar la crisis de un joven ultraortodoxo que, tras sobrevivir a un colapso, se mueve en una especie de interzona emocional entre sus antiguas creencias y esa realidad a la que había girado la espalda. Mientras el joven estudiante de Talmud se dedica a explorar emociones que hasta el momento había ignorado (su descubrimiento del sexo femenino se tradujo en una de las escenas más incómodas vistas en el festival), su padre vive con el tormento de haber actuado como una suerte de antítesis de Abraham. Este matarife kosher no solo no ha sacrificado su hijo a Dios, sino que ha conseguido retornarlo de la muerte…

Un buen festival de cine no debería valorarse solo por las grandes películas que presenta, sino también por el interés de los filmes menos redondos que programa. Lo que diferencia un certamen como Locarno de otro como Cannes es que los títulos que no acaban en el palmarés o pueden resultar más discutibles albergan siempre una mayor dosis de riesgo o inconformismo. Sucede por ejemplo con la No Home Movie de Chantal Akerman, en que la cineasta registra los últimos días de su madre enferma a través de sus charlas en directo o a través de Skype, y de la forma en que habita su casa. La película no casera de Akerman acaba siendo también un estudio sobre la relación de la directora con ese hogar de la madre a través de sus presencias y de sus ausencias, denotadas a través de las imágenes que intercala del paisaje árido y yermo de Israel grabadas en uno de sus muchos viajes.

nohomemovie3_peqNo Home Movie

The Sky Trembles and the Earth Is Afraid and the Two Eyes Are Not Brothers es un film díptico, con una primera parte a modo de heterodoxo making of del rodaje en Marruecos de Las mimosas de Oliver Laxe a la que responde una segunda parte fabulada donde este cineasta es secuestrado por unos bandidos locales, transformado en un monstruo de hojalata y vendido como bufón. La muy potente idea de llevar a cabo una suerte de revenge movie poscolonial y metacinematográfica queda empañada por el excesivo control con el que Ben Rivers ha rodado su film: el segundo tramo no consigue ese tono de salvajismo a lo Peckinpah o de locura alucinada a lo Jodorowski que necesitaría. En Chant d’hiver, Otar Iosseliani coreografía otra de sus comedias humanas corales articuladas a través del slapstick, en este caso una actualización de la lucha de clases que aborda temas candentes como la crisis y la represión policial de las protestas sociales. Con un pie en la realidad y otro en la fábula se mueve Bella e perduta de Pietro Marcello, que toma como una de sus perspectivas narrativas el punto de vista, visual y desde la voz en off, de un pequeño búfalo al que un polichinela salva temporalmente de su destino en el matadero. Marcello recorre el sur de esa Italia a la que considera tan hermosa como perdida y reivindica la figura de Tomasso, un pastor que se atrincheró en un antiguo palacio borbónico de la zona para protegerlo del abandono y de la especulación. Entre una poética un tanto forzada y la denuncia tangencial, Marcello entona un canto melancólico por un país pasto de los depredadores humanos.

Schneider vs. Bax es una nueva incursión del holandés Alex van Warmerdam en el humor negro. Aquí a través del duelo que enfrenta a dos asesinos a sueldo en un paraje digno de un western a la holandesa: unas marismas solitarias donde uno de los dos protagonistas habita en una casa flotante. Como es habitual en el cine del director de Borgman (2013), hay mucho más ruido que nueces en una película que nunca llega a ser tan oscura o desmadrada como apunta. Pero el hecho que no juegue a un trasnochado épater le bourgeois como en alguno de sus títulos anteriores facilita que Schneider vs. Bax caiga simpática. También ofreció uno de los mejores chistes del festival a partir de una discusión sobre el muesli entre un padre porretas que mantiene el espíritu subversivo de los setenta (el propio Van Warmerdam, cómo no) y su hija con una obsesión por lo sano muy siglo XXI. En el plano del humor negro más aséptico pretende moverse Chevalier de Athina Tsangari, una comedia sobre la masculinidad en tiempos del capitalismo ultraliberal. La directora de la muy remarcable Attenberg (2010) encierra a un grupo de amigos en un yate de lujo donde deciden llevar a cabo un juego para entretenerse. Se trata de competir en cada uno de los aspectos de la vida, desde la forma en que uno duerme hasta los índices de colesterol, para acabar decidiendo cuál de ellos es el más mejor. Chevalier podría haber sido la versión postmoderna de La gran comilona (Ferreri, 1973), con una serie de hombres que se aíslan para llevar al extremo una apuesta lúdica, pero aquí en lugar de entregarse a los placeres mundanos hasta explotar literalmente, se apuntan a una competición total. Pero Tsangari no le saca punta a esta historia sobre la competitividad como forma de vida y no sabe ir más allá del chiste literal de unos tipos que se pelean por ver quién la tiene más larga.

A principios de este siglo Vimukthi Jayasundara encarnaba a una de las grandes esperanzas blancas del nuevo cine de autor asiático gracias a títulos como The Forsaken Land (2005) y la más cuestionable Between two Worlds (2009). Dark in the White Light resulta una decepción para quienes confiaron en el potencial de este director de Sri Lanka. El film arranca con unas escenas típicas de su cine: imágenes contemplativas de la naturaleza aliñadas por un discurso entre estoico y pesimista sobre la naturaleza humana. El fundamento budista que reza que la paz espiritual se encuentra en la aceptación de la muerte justifica la retorcida decisión de un estudiante de medicina de abandonar una profesión que le permitiría salvar vidas para meterse a monje. Tras este prólogo, Jayasundara se traslada al paisaje urbano de Colombo para llevar a cabo un drama negro sobre la violencia hacia los cuerpos. Entrelaza un par de historias protagonizadas respectivamente por un traficante de órganos que lleva su negocio con la banalidad de un funcionario y un prestigioso médico que se dedica por la noche a violar mujeres. Aunque Jayasundara intente mantener siempre cierto distanciamiento respecto a lo que narra, en su retrato de la cara más sórdida de una metrópolis del sureste asiático, Dark in the White Light lleva a cabo ese exploit de la misera humana que tanto se reprocha a cineastas como Brillante Mendoza. Más interesante resulta Paradise, la ópera prima de Sina Ataeian Dena, que pone su foco en ese Irán donde la represión de la mujer forma parte estructural del sistema. El film se centra en una joven profesora de un colegio de extraradio que intenta lograr un traslado a una escuela del centro. Dena no convierte a su protagonista en una mera víctima arquetípica de una sociedad patriarcal sino que abraza las complejidades del país y también señala cómo ella misma acaba formando parte, sin demasiada conciencia, del engranaje de represión. Rodada en parte de forma clandestina, la película gana enteros en todas las secuencias donde aparecen las jóvenes alumnas del personaje principal y pierde fuerza cuando concreta demasiado su discurso sociopolítico. Algo parecido sucede con Te prometo anarquía de Julio Hernández Cordón, que dibuja una suerte de utopía skater en México DF, un espacio de convivencia armónica masculina formada por muchachos de diferentes clases sociales. La primera parte del film, donde Hernández Cordón se centra en plasmar de forma harto atractiva e hipnótica este universo cuasi aislado de su entorno, resulta muy superior a la segunda parte, donde el sueño romántico de los dos protagonistas queda desmantelado por la irrupción de la cruda realidad mexicana.

suiteSuite armoricaine

Suite armoricaine de Pascale Breton arranca con una cita de Heráclito que compara el tiempo con unos niños jugando a las canicas. Con esta idea en la cabeza la directora estructura su película de tintes autobiográficos sobre una parisina de mediana edad que retorna a su Bretaña natal para enseñar en la Universidad y de paso reencontrarse con sus raíces. La protagonista llega a Rennes sin un plan definitivo sobre su futuro y va avanzando de manera imprevisible a partir de los (re)encuentros que le proporciona el azar y su propia reconexión con el pasado. El personaje principal de Suite armoricaine recupera su tiempo perdido en el lugar donde nació y pasó su juventud no solo a partir de los recuerdos emocionales ligados a su propia biografía, también a través de la conexión con expresiones culturales como la música, las artes plásticas y la lengua que durante años había arrinconado. En pocas películas francesas hay un tratamiento tan desprovisto de prejuicios de una lengua ‘regional’ como en esta. Lejos de presentarse como una reliquia rural o un tipismo folklórico, el bretón en Suite armoricaine es un idioma empleado por jóvenes universitarios que además la presentan, estudian y analizan desde una perspectiva científica. Breton desarrolla un hermoso melodrama donde queda claro que la conexión con las propias raíces es un proceso evolutivo que necesita de sus tiempos y distancias. El principal problema del film radica en la propia protagonista, a la que la directora atribuye demasiadas virtudes e indulgencias, sobre todo en relación con el resto de personajes de su misma generación que se quedaron en Rennes.

James White es el debut como director de Josh Mond, ligado a Borderline, un sello de cine independiente estadounidense desde donde ha producido títulos como Martha Marcy May Marlene de Sean Durkin o Afterschool y Simon Killer de Antonio Campos. Como éstos, James White es también un drama centrado en un protagonista que alberga cierta conflicto violento interior. Aquí un joven que debe hacerse cargo de su madre enferma de cáncer a falta de poder disponer de una asistencia sanitaria adecuada. Sólida e intensa, sin embargo la película también denota cierto agotamiento de la fórmula de la cámara pegada a un personaje para transmitir sus terremotos interiores. Y Entertainment confirma a Rick Alverson como el mejor director de dramas sobre el humor del cine actual. Aquí convierte en protagonista de una road movie existencial al actor cómico Gregg Turkington, que se gana la vida en garitos de todo tipo con su personaje de stand-up Neil Hamburger. Como ya sucedía en la anterior The Comedy (2012), el humor sin gracia opera en dos dimensiones: es al mismo tiempo el registro cómico de la película y su temática. Pero en este caso Alverson profundiza en la naturaleza y el papel del entretenimiento en la cultura popular estadounidense en uno de los filmes que más injustamente se quedó fuera del palmarés.

Cineastas del presente

La película india Thithi consiguió tanto el Leopardo de Oro de la sección Cineastas del presente como el premio a la Mejor Ópera Prima, concedidos por jurados diferentes. Cuando arranca el film de Raam Reddy una teme encontrarse ante la enésima muestra de cine costumbrista en un contexto exótico, con tres personajes de generaciones diferentes que reaccionan de forma muy variada a la muerte del patriarca de la familia. La película se mueve sin embargo entre la comedia picaresca, la pulsión neorealista que la entronca con la tradición de Satyajit Ray y cierto retrato etnográfico. Reddy muestra un meritorio control del pulso narrativo en un film que entrelaza diferentes arcos argumentales y no se permite ser condescendiente con sus personajes. Sin embargo, su doble reconocimiento resulta excesivo teniendo en cuenta que se trata del film con la forma más, digamos, clásica y accesible de toda la sección, al menos mucho más que la de títulos que debieron conformarse con premios secundarios como la española Dead Slow Ahead o Kaili Blues de Bi Gan. Esta última nos sitúa en un paisaje poco transitado en la cinematografía china, el de la provincia subtropical de Guizhou, residencia de minorías étnicas como la miao. En este territorio se adentra el protagonista, un médico que había pasado cierto tiempo en la cárcel e intenta reencontrar tanto a su sobrino como al viejo amor de su veterana colega en la clínica donde trabaja. Bi lleva a cabo uno un film elíptico que recorre la geografía a través de múltiples medios de locomoción construyendo un viaje emocional y poético que conecta en su tono con los grandes nombres del nuevo cine asiático, del primer Jia Zhang-ke a Apichatpong Weerasethakul. El momento culminante de Kaili Blues es un larguísimo plano secuencia que acompaña al protagonista por el pequeño pueblo desparramado en torno a un río que debe cruzar.

Las hibridaciones entre documental y ficción son ya moneda corriente en un festival como Locarno. Olmo & the Seagull de Petra Costa y Lea Glob parte de la situación real de la protagonista, su embarazo, para reseguir y profundizar desde cierta dramatización en las variables emocionales de una mujer a lo largo de esos nueve meses. Olmo & the Seagull quiere acercarse a algo tan universal como obviado por el cine, las complejas sensaciones que vive una mujer en estado, rehuyendo cualquier idealización del asunto. Y se nota le esfuerzo de los responsables de Siembra, Santiago Lozano Álvarez y Ángela Osorio Rojas, por alejarse de la estética del miserabilismo en su retrato de una comunidad de Cali compuesta por personas a las que desalojaron de sus tierras a causa del conflicto de las FARC y el gobierno colombiano. Más allá del hilo dramático que recorre el film, la voluntad del veterano protagonista de volver a su hogar y cómo el asesinato de su hijo complica sus deseos, resulta especialmente interesante el modo en que los directores reflejan los diferentes grados de (des)arraigo de sus protagonistas, sus diferencias culturales y sus emociones a través de un elemento tangencial como la música.

olmo_peqOlmo & the Seagull

Españoles en Suiza

En los últimos años, Locarno se ha consolidado como el certamen internacional que mejor identifica y promociona los signos de vida de ese cine español ninguneado por instituciones y festivales más mediáticos. En su 68º edición, el festival suizo ha incluido ocho títulos dirigidos y/o producidos en España, repartidos por sus diferentes secciones.

En la Competición Internacional optó al Leopardo de Oro O Futebol, el nuevo proyecto a cuatro manos de Sergio Oksman y Carlos Muguiro, responsables de Una historia para los Modlin (2012). Una vez más director y guionista parten de un material extraído de la realidad para construir una ficción en torno al reencuentro entre un padre y un hijo (encarnados por el propio Oksman y su progenitor), que llevan años sin verse, en el marco del Mundial del Brasil 2014. En un film donde tanto el cine como el deporte mediatizan las relaciones paternofiliales, Oksman y Muguiro rehuyen el imaginario habitual que asocia familia y fútbol, y en ningún momento utilizan los partidos como elemento catártico para que los dos protagonistas expresen sus emociones. La película cobra un giro con la muerte inesperada del padre de Sergio. Con una delicadeza extraordinaria, el fallecimiento entra a formar parte de la diégesis sin alterar su tono general. Y al mismo tiempo otorgando una nueva lectura en perspectiva a las imágenes que habíamos visto hasta el momento.

Mauro Herce, director de fotografía entre otras de Arraianos de Eloy Enciso y Slimane de José Ángel Ayalón, consiguió el Premio Especial del Jurado de Cineastas del Presente por su ópera prima como director, Dead Slow Ahead. El título del film corresponde a uno de los grados de velocidad de un barco, la ‘avante muy poca’, la mínima para mantenerlo en marcha. Herce nos adentra en el viaje de un carguero filipino, una inmensa máquina que avanza a este ritmo hipnótico por paisajes no siempre reconocibles. Resulta fascinante el poderío visual de esta película que filma el navío como si fuera un espacio más propio del cine fantástico. Herce fija algunas imágenes tan alucinantes como irreales al tiempo que convierte a los marineros en seres que van perdiendo su identidad para fusionarse con esta criatura metálica marina.

Y en la no competitiva Signs of Life, José Luis Guerin dio a conocer su último largometraje L’Accademia delle Muse, una nueva docuficción donde la palabra cobra una centralidad hasta ahora insólita en su obra. La primera parte de la película podría ser el contraplano dialéctico a En la ciudad de Sylvia (2007). Las clases de Rafaelle Pinto, gran experto en Dante y profesor en la Universidad de Barcelona que se prestó a este juego dramático, se convierten en un espacio de debate sobre el papel de la mujer en el arte. En el film, Pinto reivindica la figura de la musa, no como un elemento pasivo, sino como un agente activo en la creación artística, y propone crear esta academia a partir de mujeres que se adecuen a este papel. En el aula se orquesta una polifonía de voces femeninas, de alumnas que no se conforman con ser miradas pasivamente, que cuestionan, matizan o complementan la propuesta del docente. En su casa, la esposa de Pinto (interpretada por su mujer en la vida real, la también filóloga Rosa Delor) ejerce igualmente de contrapunto vital y filosófico a las ideas de su marido. A partir de aquí la película va moviéndose hacia un terreno también poco habitual en el cine del catalán como es el del melodrama adúltero, con los diferentes personajes femeninos convertidos en satélites que gravitan en torno al masculino. L’Accademia delle Muse brilla sobre todo como un trabajo ensayístico sobre el papel de la palabra en la seducción amorosa que opera a diferentes niveles, desde el análisis de su rol en la literatura hasta la constatación de la naturaleza seductora de la enseñanza. En la misma sesión se recuperó el corto Le saphir de Saint-Louis, una pieza auspiciada por el Festival de Cine de La Rochelle que no debería ser menospreciada por su condición de encargo. Por el contrario, Guerin parte de la historia de la catedral de esta ciudad y de uno de los exvotos allí colgados para llevar a cabo un evocador ejercicio narrativo donde una de las facetas más oscuras de la Historia de Europa toma cuerpo como un fantasma entre los muros del edificio. La voz en off del kaurismakiano André Wilms despliega una narración propia de un relato clásico de aventuras marinas que ejerce de contrapunto a las imágenes interiores de la catedral.

musas3L’Accademia delle Muse

Xacio Baño repetía por segundo año competitivo en el concurso Pardi di domani dedicado a los cortometrajes. Como en la anterior Ser e voltar, Eco también utiliza el cine para espejar la relación entre familiares de dos generaciones en el hogar de uno de ellos. En este caso, se trata de un hijo que, junto a su novia, vacía la antigua casa de sus padres para descubrir de repente los diarios personales de su madre. La pareja lee en voz alta algunas de sus páginas, de manera que la casa cada vez más vacía de muebles se empieza a llenar de las palabras de la mujer que vivió en ella buena parte de su vida. No solo son los recuerdos de la madre del protagonista los que resuenan entre las paredes de ese piso. En esas vivencias íntimas que no encontraron más caja de resonancia que la privacidad de un diario se reflejan en cierta manera las vidas de millares de mujeres en nuestro país obligadas a mantener en secreto el conflicto entre sus experiencias personales y el rol que les asignaba la sociedad.

Lois Patiño acudió al festival que le había reconocido en 2013 como mejor director de Cineastas del Presente por Costa da morte con dos cortos fuera de concurso, Estratos de la imagen y Noite sêm distancia, que introducen el color como un nuevo elemento protagónico en su constante investigación de las relaciones entre la figura humana y el paisaje. En la primera, una silueta negra estática se recorta sobre un fondo siempre cambiante de variedad cromática, en una pieza de videoarte en torno al movimiento y el color. En la segunda, el vínculo entre el ser humano y su entorno toma forma a través de una historia de contrabando entre Galicia y Portugal. La manipulación del color y la estaticidad de las figuras confiere un ambiente casi espectral al film, que enriquece con una capa de narrativa, entre la historia y la leyenda, los paisajes de la Serra do Gêres.

67 Festival de Locarno

La excepcionalidad suiza.
67 edición del Festival Internacional de Cine de Locarno.
Eulàlia Iglesias.

El mapa internacional de festivales de cine está mutando. Certámenes norteamericanos como Toronto, Nueva York o Telluride erosionan la primacía de los veteranos festivales de clase A europeos que hasta hace pocos años copaban las premieres mundiales de los filmes más esperados. Mientras Venecia pierde puntos como escaparate para los títulos de la temporada de otoño-invierno y Cannes se enroca en defender una visión del cine de autor monolítica y superada en ciertos aspectos, el Festival Internacional de Cine de Locarno ha conseguido afianzarse en los últimos años como el certamen de clase A que acoge buena parte del cine de autor más excepcional, repartido entre el Concurso Internacional, los Cineastas del Presente (sección también competitiva donde se encuentran largometrajes que como mucho son el segundo en la filmografía de su director), los Signos de Vida (apartado que se puso en marcha el año pasado bajo el paraguas más genérico del Fuera de Concurso y que esta edición ha cobrado entidad propia) y los Leopardos del Mañana (los cortometrajes). Sin olvidar los títulos destinados a un público de más amplio espectro de la Piazza.

La excepcionalidad de Locarno radica tanto en la calidad de buena parte de las propuestas como en un riesgo que no siempre es bienvenido en otros eventos de la misma categoría. Como muestra, el Palmarés de la Competición Internacional donde reinaron Lav Diaz y Pedro Costa. El filipino consiguió el Leopardo de Oro por From What is Before, otro de sus filmes-río situado en un rincón rural de su país donde, en este caso, empiezan a suceder acontecimientos misteriosos. Diaz describe la destrucción de una comunidad a partir de la Ley Marcial proclamada por Ferdinand Marcos en 1972. Durante la mayor parte del metraje, la dictadura se mantiene fuera de campo, como un mal en abstracto del que solo se aprecian las consecuencias: desaparecen las reses de un rancho, algunos habitantes huyen o son asesinados, otros actúan de manera extraña… Diaz urde las relaciones entre los principales protagonistas a la manera del más puro melodrama: pasiones soterradas, fidelidades fraternales, traiciones vecinales, amores paternales sin filiación sanguínea, sentimientos llevados al extremo… Solo hacia el final, el ejército y sus secuaces se hacen presentes en el pueblo y el subtexto político emerge en el plano. From What is Before no constituye la mejor obra de Diaz (explicitar el contenido político, por ejemplo, le resta fuerza metafórica a la obra) ni tampoco resultó la más poderosa del festival.

Este mérito le corresponde a Cavalo Dinheiro de Pedro Costa (Premio al Mejor Director), sin duda uno de los títulos más importantes de este 2014. A partir de lo trabajado en algunos cortos anteriores, el portugués lleva a cabo su gran película dedicada íntegramente a Ventura. Un film que abandona el anclaje realista de As Fontainhas para situarse en una interzona mítica, entre el presente y el pasado, entre la realidad y delirio, por donde vaga el caboverdiano junto a sus fantasmas. Algunos personales, otros ligados a la historia de Portugal, de la que el film ofrece el reverso subterráneo. Los recuerdos de Ventura de la Revolución de los Claveles, por ejemplo, poco tienen que ver con el imaginario habitual ligado al Abril del 74. Expresión máxima de la poética de Pedro Costa a través de su expresionismo tenebrista en color, Cavalo Dinheiro transmite una fuerza intransferiblemente cinematográfica del primero al último de sus fotogramas.

Locarno también ha dibujado una Europa en crisis a través de metáforas de lectura transparente sobre países fracturados que no avistan una solución en el horizonte. En A Blast de Syllas Tzoumerkas, la protagonista sufre las consecuencias de que su madre, inválida para más inri, haya hundido el negocio familiar a base de no pagar los impuestos y, en consecuencia, haya hipotecado su futuro. Tzoumerkas arma una película siempre la borde de la exasperación: cámara en mano, montaje picado, sexualidad desbordada y una protagonista (la Aggeliki Papoulia de Canino) que parece va a estallar en cualquier momento. Tzoumerkas aprovecha para integrar referencias a muchos de los acontecimientos de la Grecia contemporánea, del crecimiento de la ultraderecha a los incendios provocados. En Cure – The Life of Another, Andrea Štaka se sitúa en la Croacia de la posguerra a partir de una escisión de identidad. Aquí una muchacha mata accidentalmente a su mejor amiga y mitiga el trauma de la pérdida a partir de un proceso de sustitución de personalidad que le permite reconectar con un país devastado del que se había mantenido alejada. Štaka se aproxima a un panorama realista desde una perspectiva propia del fantástico como es la del doble, aunque la propuesta no acaba de cuajar. En Durak (The Fool) de Yury Bykov, un honesto lampista (Artem Bystrov, premio a la Mejor Interpretación Masculina), se obsesiona en arreglar un gran edificio construido hace más de tres décadas, lleno de grietas y habitado por borrachos y desocupados. La mole no parece tener solución porque sus responsables dilapidaron el dinero asignado para conservarla y no les importa su destino. Bykov construye un thriller dramático sobre un héroe solitario (un idiota que, a pesar de las reminiscencias, poco acaba teniendo que ver con el dostoievskiano, que nunca tuvo vocación de action hero) enfrentado a un sistema corrupto hasta los cimientos. El film está dedicado al malogrado Aleksei Balabanov, que sin duda habría exprimido mucha más locura a esta historia que Bykov enfoca de la manera más convencional posible. En L’abri, el nuevo documental de Fernand Melgar, el control de acceso en un refugio para personas sin hogar funciona también como una clara imagen de las restrictivas políticas migratorias de tantos países europeos que basan sus constituciones en una defensa de los derechos humanos universales. A la manera de obras anteriores suyas como Vol spécial, Melgar lleva a cabo una observación minuciosa del funcionamiento de una institución concreta ligada a estas políticas respecto a los migrantes para poner de manifiesto la arbitrariedad con que se establecen los cupos de entrada de personas. En la puerta de acceso a este refugio resuenan las consecuencias de las crisis en otros países: entre los sin techo de procedencia diversa que aspiran a dormir a cubierto mientras no encuentran trabajo se encuentran algunos ciudadanos procedentes de España. Perfidia, de Bonifacio Angius, podría ser una actualización de Los inútiles de Federico Fellini en clave de realismo tibio. El italiano también dibuja una juventud sin futuro en un pueblo de Cerdeña donde los mecanismos de poder siguen en manos de una sociedad patriarcal, envejecida y endogámica que funciona a base de favores. Angius perfila un retrato cada vez más desquiciante de un personaje que pasa de ser un simple treintañero soñador sin oficio ni beneficio a un deshecho humano. Y demuestra particular vista para captar a estos inútiles de pueblo que matan las horas de tedio en los bares donde van incubando su miseria moral.

La sapienza de Eugène Green, el film que más injustamente se quedó fuera del palmarés, arranca con una reflexión sobre la Europa contemporánea a partir de su arquitectura y urbanismo. El arquitecto protagonista (Green toma prestado de nuevo un actor a los Dardenne, en este caso Fabrizio Rongione) sufre una crisis personal y profesional que superará a partir de la coincidencia con un joven estudiante y el reencuentro con su artista idolatrado, el gran representante del barroco místico Francesco Borromini. Green vuelve a introducir en un tiempo contemporáneo personajes que parecen moverse con los códigos de otras épocas para seguir a su personaje en un viaje hacia la luz, identificada al mismo tiempo como fuente de conocimiento y de belleza. La luz en La sapienza resuelve la dialéctica entre misticismo y racionalidad, entre Barroco e Ilustración. Green se reserva un pequeño cameo como representante de una cultura en tránsito de desaparecer, la de los iraquíes caldeos. A partir de una cita de André Gide que asimismo reivindica la luz contra la oscuridad, Nuits blanches sur la jetée de Paul Vecchiali también tiende a situarse fuera del tiempo. Así lo propicia la base literaria del film, Cuatro noches de un soñador de Fedor Dostoievski, que este veterano cineasta depura para ambientar en un escenario casi único entre la ensoñación y cierto aire voluntariamente caduco.

Matías Piñeiro no solo convoca a William Shakespeare, en este caso sus Trabajos de amor perdidos, en su nueva comedia sobre la naturaleza transitoria del amor La princesa de Francia. El film arranca con una retransmisión radiofónica de la Primera Sinfonía de Schumann y se detiene en la vida y obra de William-Adolphe Bouguereau, pintor de erótico academicismo odiado por los impresionistas en torno al cual se desarrolla una apasionante diálogo y una de cuyas obras, Ninfas y sátiro, donde una serie de figuras femeninas se mueven en torno a una masculina, inspira la configuración del film. El director de Viola suma complejidad a sus constantes habituales (una estructura que se enreda y desenreda como las relaciones de los jóvenes protagonistas, la presencia de un objeto fetiche que pasa de mano en mano, el teatro como espejo que acaba fundiéndose con la vida de los personajes, un elenco eminentemente joven…) en su película que más se acerca a Hong Sangsoo (hay incluso una secuencia que subraya la conexión). Piñeiro también pone de manifiesto que puede llevar a cabo secuencias extraordinarias (todo ese inicio que sobrevuela una cancha de fútbol) alejado del juego teatral. La levedad de las relaciones en la sociedad líquida contemporánea también está presente en Dos disparos de Martín Rejtman, que encadena diferentes situaciones a partir del arbitrario acto de un muchacho que, tras encontrar un arma en su casa, se pega dos tiros sin provocarse la muerte. Frente a la viveza juvenil de las películas de Piñeiro, Rejtman se decanta por un tono más monocorde al que aplica cierto virado cómico que evita cualquier dramatismo.

Ventos de agosto posiblemente hubiera pasado desapercibida si no fuera por la mención especial que le otorgó el jurado. La película de Gabriel Mascaro se inicia sumergiéndose en la relajada y luminosa cotidianidad estival de la joven pareja Shirley y Jeison en un pueblo de la costa pernambucana. Hasta que la aparición de una calavera rompe esta armonía edénica, sobre todo para Jeison que se obsesiona con ella. El hallazgo no funciona tanto de detonador de una intriga sino como memento mori perturbador en medio de una espacio natural lleno de vida. Mascaro filma en su máxima expresión esta naturaleza que respira (literalmente, en una secuencia se muestra como exhala una roca) pero también engulle a los vivos para después escupir sus cuerpos sobre la arena.

The Iron Ministry parte de una experiencia íntegramente sensorial: el sonido del traqueteo de un tren sobre una pantalla en negro, en la que no tardan en aparecer imágenes cerradas y cuasi abstractas de engranajes y válvulas. Situados ya en la experiencia de viajar en ferrocarril, J. P. Sniadecki nos sumerge en su interior. The Iron Ministry es un viaje por la China contemporánea sin bajarse del tren, cuyos viajeros se convierten en la muestra representativa del país. La cámara avanza por los vagones llenos de gente para ir captando multitud de experiencias y conversaciones. En esta suerte de Snowpiercer en clave documental se suceden diálogos en torno a las minorías religiosas y culturales, la emigración del campo a la ciudad y fuera del país, el mundo laboral, el mercado inmobiliario (“la culpa del boom es de las suegras, que nos obligan a tener casa para casarnos con sus hijas”, comenta un joven medio en broma, medio en serio), los salarios en las fábricas, los sueños de futuro…

Historia de un coreano que vuelve a su ciudad de origen para iniciar una serie de reencuentros con antiguas y nuevas mujeres de su vida, Gyeongju de Zhang Lu podría haberse quedado en un remedo prosaico del cine de Hong Sang-soo. La película no exenta de encanto acaba moviéndose por otro camino, explorando esos deseos potenciales que casi nunca llegan a concretarse a través del itinerario del protagonista a lo largo de un día y su correspondiente noche por la localización emblemático de Corea del Sur que da título al film. La otra cinta coreana en Concurso Internacional, Alive de Park Jung-bum, es un drama rodado con la tensión dramática de un thriller sobre un hombre cuya aspiración de ganarse la vida en una fábrica de fermentación de soja va chocando con una serie de complicaciones tanto familiares como laborales que lo arrastran a una progresiva caída en picado.

Película vocacionalmente literaria en el tema y en la forma, Listen Up Philip de Alex Ross Perry ofrece un retrato del escritor como un ególatra con escasa capacidad para la empatía emocional sin caer en los clichés más evidentes y con una utilización muy ad hoc de la voz en off. El único film de la Competición Internacional de producción totalmente estadounidense, Listen Up Philip fue reconocida con el Premio del Jurado. Al contrario que el cine independiente más adocenado, el film de Ross Perry toma un riesgo importante: su protagonista principal es un personaje más bien antipático que difícilmente puede generar empatía entre el público. Algo similar sucede con Buzzard, uno de los dos filmes firmados por estadounidenses en Cineastas del Presente. La nueva película de Joel Potrykus sigue las artimañas de su protagonista para engañar al sistema a su conveniencia. Las estrategias de Marty (gran Joshua Burge) no responden a ninguna agenda política, tampoco a una situación desesperada. Solo a las ganas de sacar provecho de los resquicios del sistema para mantener un estado de subsistencia propiamente slacker. Si Listen Up Philip se beneficia de una elegante puesta en escena en súper 16 mm, Buzzard opta por un trabajo más en bruto en consonancia con su presupuesto ínfimo. Posiblemente el film más punk que salga del cine estadounidense este año, Buzzard contiene al menos cuatro secuencias memorables: la de arranque en la sucursal bancaria, el homenaje metalero al travelling de Mauvais Sang de Leos Carax, el banquete a base de espaguetis en un hotel de lujo y el delirante vídeo viral de los snacks y la cinta para correr. Con igual escasez de medios pero más modesta en todos los sentidos, Christmas, Again, primer largometraje de Charles Poekel, es un melancólico cuento de Navidad en torno a un vendedor de abetos a quien ha dejado su novia. La película apenas se mueve de la parada en un callejón de Nueva York donde se sitúa la historia y calibra muy bien su registro tonal para no resultar demasiado indulgente con su protagonista.

El jurado de Cineastas del Presente prefirió premiar un film aparentemente, solo aparentemente, más punk que Buzzard, Navajazo de Ricardo Silva. El cineasta mexicano integra en un forzadísimo relato apocalíptico una serie de personajes marginales que encuentra por Tijuana: un cantante satánico (El Muerto de Tijuana: búsquenlo en Youtube), politoxicómanos varios, un coleccionista diogénico de juguetes, un director de cine porno… Para llevar a cabo un fresco en bruto de la vertiente más marginal de la ciudad que cae en la provocación fácil y cierto gusto por el exploit mientras que apunta, sin profundizar en ello, la idea de la retroalimentación entre los imaginarios de las ficciones amateurs y la realidad. Al film le sientan bien su factura desaliñada y las canciones de Albert Pla, que se marca una versión de Qualsevol nit pot sortir el sol de Jaume Sisa.

El Premio al Mejor Director de Cineastas del Presente se otorgó a Simone Rapisarda Casanova por La Creazione di significato, que complementaría el discurso sobre Europa que trazó la Competición Internacional. A primera vista, una nueva entrega de documental observacional en torno a un personaje solitario que lleva a cabo una forma de vida en peligro de extinción, la película pone en relación al protagonista, Pacifico, con la memoria histórica del paisaje donde vive y trabaja, los Alpes Apuanos. Las montañas por donde se mueve fueron refugio de los partisanos que lucharon contra los nazis. Pero ahora también es un joven alemán quien está a punto de adquirir su casa. De manera que el film acaba articulando una mirada no exenta de ironía sobre las relaciones entre Italia y Alemania desde la Segunda Guerra Mundial.

El Premio Especial del Jurado recayó en Los hongos de Óscar Ruiz Navia, que no pude ver, mientras que Un jeune poète se llevó una mención especial. El film de Damien Manivel se inicia en la tumba de Paul Valéry, en ese luminoso cementerio marino de Sète al que también cantó Georges Brassens. El muchacho con vocación de poeta deambula por el pueblo provenzal en un dolce far niente típico de las vacaciones mediterráneas y a la espera de encontrar la inspiración gracias a una hermosa muchacha, junto a un joven pescador o ahogando las penas en los bares del lugar… en una película por momentos tan ingenua como su protagonista.

Siguiendo en Cineastas del Presente, Hold Your Breath like a Lover de Kohei Igarashi pretende crear una atmósfera flotante y fantástica en una planta de incineración de residuos donde coinciden diferentes personajes solitarios una noche de fin de año del 2017. Aunque interesante desde su planteamiento, este trabajo de fin de carrera no consigue estar a la altura de lo que su hermoso título promete. Men Who Save the World de Liew Seng Tat es una comedia rural de equívocos donde el traslado de una casa por parte de los habitantes de un pueblo malayo propicia que emerjan todo tipo de supersticiones y prejuicios entre ellos. En They Chased Me Through Arizona, Matthias Huser retrata la desaparición de la telefonía analógica y la llegada de la globalización en Polonia a través de los dos encargados de desmontar las últimas cabinas públicas. Road movie por paisajes desolados que se impregna explícitamente de cierto imaginario de western, el film adolece de una excesiva kaurismakitis. En Songs from the North (Mejor Ópera Prima) Yoo Soon-mi lleva a cabo un ensayo personal sobre Corea de Norte donde se entremezclan reflexiones en primera persona desde los intertítulos, imágenes (muchas de ellas ‘robadas’) tomadas por ella misma en diferentes viajes al país, escenas de las ficciones (películas y unas muy delirantes funciones teatrales), y entrevistas con su padre surcoreano para llevar a cabo una aproximación a este país-enigma sutil, y alejada de los tópicos y las parodias fáciles.

Signos de vida

En la sección no competitiva del Festival de Locarno se dan cita las películas más heterodoxas del certamen. En Favula, Raúl Perrone reincide en la aproximación a un universo juvenil víctima de la hostilidad adulta que ya había llevado a cabo en P3ND3JO5. Con una banda sonora que vuelve a prescindir de los diálogos, pero combina cumbia electrónica, Puccini y alguna versión inesperada de Joy Division, Favula trabaja una poética más próxima al onirismo propio de los cuentos infantiles y se acerca así a los imaginarios de Guy Maddin y Ladislas Starevich.

Fort Buchanan se sitúa en un espacio propenso al melodrama: el de las parejas de miembros del ejército destacados en otra parte del mundo que esperan durante meses el regreso de sus cónyuges. A partir de un corto previo, Benjamin Crotty explora este terreno desde un lugar intermedio entre el desenfado de la tradición contacultural queer del cine norteamericano y cierto estilo glamouroso típico del cine francés.

En Antígona despierta, Lupe Pérez García no se conforma con adaptar la tragedia clásica de Sófocles en un espacio de resonancias míticas como es el del entorno del castillo de Loarre. La película se abre a recoger los múltiples reflejos donde se espeja el mito, desde las puestas en escena de guerras llevadas a cabo con extrema minuciosidad por aficionados hasta la reivindicación de los buitres como nobles animales que lleva a cabo un experto en estas aves, en una obra de estructura libre y mágica. Una muestra más de este cine impulsado sin ayudas públicas por la pasión creadora de sus responsables, Antígona despierta fue el único largometraje español de estreno en el Festival de Locarno que también entregó un Leopardo a la carrera a Víctor Erice, quien aprovechó para denunciar, en una charla abierta con Miguel Marías, la falta de espacios de circulación para este cine “interesantísimo” que no encuentra lugar en las salas. Un problema igualmente para los cortometrajes, que en Locarno se agrupan en la sección Leopardos del Mañana. En este caso sí hubo presencia de tres títulos españoles. Sertres de Ainara Vera adopta la forma de un palíndromo para moverse de lo colectivo a lo familiar y lo íntimo y viceversa. A través de una entrevista con su madre, la cineasta convierte el cine en un espejo de sus propias inquietudes ante un profundo cambio en su vida. Los invencibles de Javier Barbero y Martin Guerra se aproxima al género sin caer en la restricción de sus códigos. A partir de lo que parece una idílica excursión a la montaña de una familia, la película crea una progresiva y abstracta sensación de peligro e inquietud en medio de un paisaje natural entre legendario y amenazante. Ser e voltar de Xacio Baño parte de la voluntad de llevar a cabo un retrato de los propios abuelos para devenir una pieza autoreflexiva, con ciertas notas de humor y melancolía, sobre el propio oficio de cineasta. “Has escogido una carrera que no vale para nada. ¿de qué vas a vivir?”, le espeta la abuela al director. El film se cierra con otro interrogante planteado por el propio cineasta: “¿Entendisteis lo que vamos a hacer?”