La pérdida

La pérdida ha servido como punto de partida para muchos de los trabajos presentados en la Sección Oficial del festival, quedando en un decisivo fuera de campo en la mayoría de ellos –La tierra negra (Alberto Morais), Los tortuga (Belén Funes), Lo que queda de ti (Gala Gracia)–. En cambio, en Una quinta portuguesa Avelina Prat elige mostrar la huida inicial de Milena, su decisión de romper la nota que deja en la mesa y sus dudas en el autobús camino a Serbia. Cuando Fernando, profesor de geografía se enfrenta a la ausencia de su mujer, también decide huir, en este caso a Portugal, donde suplanta la identidad de Manuel para trabajar como jardinero en La Quinta de los Almendros Blancos, lugar en el que conocerá a la dueña de la casa, Amalia. A partir de ese gesto inicial, Prat acercará a los cuatro personajes de la historia por medio de su experiencia de búsqueda personal y la necesidad de fuga que todos comparten, en un cuento de fantasmas que pueblan el pasado y el presente de cada uno. Ya en su primer largometraje, Vasil (2022), se interesó por la relación de amistad entre dos hombres solitarios y alejados de sí mismos, a los que unía a través del ajedrez, dotando de una importancia capital a la posición de los actores y al uso preciso de los movimientos de cámara.

La cineasta suprime la distancia física y emocional que separa a los protagonistas de su hogar original –Serbia, Barcelona y Angola– conectándolos entre sí por medio de paneos que viajan de un cuerpo a otro siguiendo sus miradas, eludiendo el corte en montaje y haciendo visible así el espacio sobre el que estos se mueven.  En un juego constante de planos subjetivos destaca la poderosa mirada dirigida al balcón de la casa de Fernando/Manuel, que puede evocar la escena final de La edad de la inocencia (Martin Scorsese, 1993) –otra gran historia de fantasmas– y que en este caso se torna recíproca, como la mayor parte de las miradas de la película, que se reflejan en el otro para reverberar sobre uno mismo. Los viajes, los escarceos de Amalia, las fotografías, los mapas de Manuel/Fernando y el trabajo en el jardín actúan como las verdaderas catálisis de Una quinta portuguesa, que reserva la escasa información que se revela en los diálogos para matizar el acercamiento mutuo entre sus personajes. “A los fantasmas hay que atenderlos”, le dice Amalia a Manuel, animándolo a emprender su vuelta a Barcelona y entregando la película a una estructura circular que comprende la sanación mutua como un proceso que debe pasar por volver al inicio.

Nacho Álvarez