Carlos Losilla

Al salir de la sala de Tabakalera donde hemos visto esta película, algunos compañeros expresan abiertamente sus objeciones. Deduzco que no les ha gustado. Acto seguido, nuestros caminos se separan y me quedo sin decirles que a mí no me ha parecido tan mal. E igualmente me quedo pensando en que eso tampoco hubiera sido del todo cierto. La ópera prima como director del actor Harris Dickinson me ha gustado y no me ha gustado, por lo que puedo entender su postura. No estoy haciendo una defensa a ultranza del subjetivismo, no se trata de eso. No es que sea ‘cuestión de gustos’ u ‘opiniones’. Es que yo mismo puedo tener a la vez distintas opiniones respecto a un film como este. Y si la vuelvo a vez, quizá todo cambie. Ciertas películas contienen en sí muchas otras películas que nos afectan de manera distinta, ya no solo según la veamos en un momento o en otro, sino también en el momento de verla por primera vez. No todas: Six jours, ce printemps-là, de Joachim Lafosse, proyectada poco antes, no tiene vuelta de hoja, es de una sola capa, y finísima. En este sentido, Urchin no. Urchin me ha parecido un fracaso como retrato de un marginado, pero la he apreciado de otra manera. Por ejemplo, podría decir que la he visto como una mezcla de La naranja mecánica –por su tono exaltado– y 2001, una odisea del espacio –por sus fugas, digamos, cósmicas–. ¿Se trata, entonces, de un pastiche del cine de Kubrick? Tampoco es eso.

Urchin mezcla la peripecia de un joven drogodependiente y sintecho, que sobrevive a base de pequeños hurtos, pero no lo hace desde el realismo sucio propio de este tipo de filmes. Un punto a su favor. Es una película británica, heredera del Free Cinema, y en eso cae en todos los tópicos del subgénero. Un punto en contra. Sin embargo, hay algo más. Como en La naranja mecánica, se trata de un itinerario, aunque sea la negación del film de aprendizaje, pues el héroe termina donde empezó. Y todo eso ilustrado con secuencias, no se sabe muy bien si oníricas o alucinógenas, o todo ello a la vez, que irritan e intrigan: se puede decir que son prescindibles, pero también la clave del film. No se trata de un film que transcurra en la mente de su protagonista y, sin embargo, algo de eso hay. Quizá transcurra en la mente del director y no haya sido capaz de procesarlo como debiera. ¿Lo vamos a culpar por eso? Porque me da la impresión de que el personaje, en el fondo, es Harris Dickinson, o lo que querría ser. Un homeless del cine. Es imposible, por supuesto, pues se trata de una estrella en alza. Pero esta historia de un muchacho que vagabundea por Londres, que pasa por la cárcel, que disfruta como un niño en un karaoke, que luego quiere sentar cabeza, etc., ya la hemos visto mil veces y a la vez ninguna. Se puede imaginar a Dickinson plenamente identificado con su personaje, para bien y para mal. Y por eso esta es también una película sin hogar, que quiere ser muy contemporánea y termina siendo muy clásica y viceversa, todo muy a su pesar. ¿Cómo hacer una reseña de festival a partir de eso?