Carlos F. Heredero
Protagonizada por un maduro y vulnerable personaje gay de 76 años, la nueva realización de los firmantes de Handia, La trinchera infinita o Marco trata de sacar a la luz la compleja coyuntura personal en la que puede llegar a encontrarse un homosexual de su edad cuando le llega de hora de recluirse en una residencia de ancianos si no quiere tener que volver a esconder su verdadera identidad. Un prólogo y un epílogo que transcurren en la luminosa Maspalomas del título (expresión de sensual alegría lúdica y de celebración gay) encierran entre medias el grueso de una historia en la que Vicente –de regreso en la más oscura Donosti– debe volver a enfrentarse con su hija (el protagonista abandonó a su familia para irse a vivir con un hombre), y con una sociedad que reprime la abierta expresión de los deseos y de las emociones de la comunidad LGTBI.
El problema del planteamiento es que la película entera no pasa de ser un ternurista y sentimental sermón lleno de buenas intenciones sociales y éticas. Todo acaba siendo casi una cáscara vacía: Vicente recorre un itinerario que le lleva de la liberación al ‘armario’ y de este a la liberación en un recorrido puntualmente pautado de forma muy previsible por el guion sin que las imágenes pasen una vez más de la mera y artesanal ilustración de sus páginas. Solo la feliz composición de José Ramón Soroiz y la contención de Nagore Aramburu consiguen mantener en pie al padre y a la hija en su difícil reencuentro (de ahí saltan en fugaces instantes alguna ráfagas de verdad), pero todo el resto de los componentes (el compañero de habitación, el cuidador gay, el barman de antaño, la nueva directora de la residencia) no son más que herramientas de una trasnochada y en realidad muy conservadora ‘carpintería’ dramatúrgica, meras piezas utilitarias de un mecano tan obvio como superficial y, en el fondo, tan simple como iluso. Nunca bastaron los más loables y sanos propósitos para hacer una gran película.











