Carlos Losilla
Mientras terminaba de escribir mi comentario sobre Urchin, la película que vi inmediatamente antes que esta, me preguntaba si las últimas líneas, dedicadas a la tenue división clásico-moderno, o contemporáneo, exigían o no un mayor detenimiento. Pues bien, se podría decir que Lurker es la mejor respuesta posible a este interrogante. Y que contesta también a muchas cuestiones que pueden surgir si alguien está siguiendo, en este festival, la sección Zabaltegi, en principio lo más abierto y atrevido del festival. ¿Cómo es que se proyecta, entonces, un film como Lurker, una producción estadounidense, por independiente que sea, distribuida por Universal? Porque la sección se abre a otras cosas, más allá de formatos y experimentos. Se abre a los nuevos lenguajes del cine narrativo, que tienen más que ver con las series y las imágenes bastardas del móvil o las redes sociales que con la puesta en escena tal como la conocíamos. Y Lurker es también, precisamente, un film que habla de eso: de un músico, de un tipo que se obsesiona con él y se convierte en su mano derecha, de las imágenes que graban juntos y de cómo son el reflejo de muchas cosas: la fama en la era de internet, la soledad resultante y cómo superarla, etc. Lurker habla de mundos en principio separados que coinciden, chocan, parecen superponerse y luego estallan: el gran tema del cine hollywoodiense de siempre. Aquí están el mundo del estrellato (colectivo, social) y el del anonimato (individual, encerrado en sí mismo). El mundo de la música y el mundo de la imagen. El mundo de los ricos y el de los pobres. Hay melodrama, hay buddy movie, hay musical, hay intriga, casi hay psychothriller.
Pero también están el mundo de la película y su propio reflejo, de la misma manera en que el fotógrafo aficionado es un reflejo del músico para el que trabaja y viceversa. ¿Puede una película hablar de su propio discurrir? Por supuesto, no es la primera vez, pero en este primer largo de Alex Russell, uno de los productores de la serie The Bear, este tipo de actitud autorreferencial adquiere una nueva dimensión en el contexto del cine narrativo. Pues Lurker se está preguntando constantemente si está siendo la película que quiere ser, y también qué tipo de película quiere ser. Qué imágenes quiere utilizar, qué imagen de sí misma quiere dar, en qué género encuadrarse, qué camino tomar casi en cada secuencia… Y no se lo pregunta junto con sus protagonistas, sino más allá de ellos, incluso por encima de ellos. Ante todo, la imagen. Y ahí está donde le duele, pues Lurker es un film que termina adoptando las malas prácticas que cree denunciar. Cree ser una película sobre el mundo contemporáneo, un mundo de reflejos e ilusiones, superficial y banal como las frases hechas que repiten sus protagonistas –cumple tu sueño, sé tú mismo: en Urchin, por cierto, el personaje escucha grabaciones de autoayuda del mismo cariz–. Y termina siendo una película que se pregunta tanto por cómo luce que se olvida de cómo encontrarse a sí misma. Si no lo hiciera pero viéramos la búsqueda no pasaría nada. Pero es que aquí la búsqueda no existe como tal, sino solo como declaración de principios. Y el cine no se hace son eso. No se puede construir una duda si ya se está convencido de algo, por mucho que se finja lo contrario.











