Carlos F. Heredero

El ‘simple accidente’ del título es meramente el atropello accidental de un perro por parte del coche que conduce, en la oscuridad de la noche, un antiguo torturador del régimen iraní que viaja con su mujer y con su hijo. Este hecho fortuito precipita una serie de encuentros en cadena que conducen al secuestro de dicho personaje por parte de quienes habían sido anteriormente algunas de sus víctimas, inicialmente dispuestas a matarlo como venganza por haberles destrozado la vida en su momento. Jafar Panahi regresa con este film a un cine de ficción más narrativo y más armado en términos industriales, si bien se trata de una producción ciertamente humilde y construida con muy pocos elementos, puesto que en realidad no necesita más este pequeño apólogo moral que emerge, con toda dignidad, como su película más política hasta la fecha. La narración, que adquiere en varios momentos perfiles de comedia con ribetes de humor absurdo muy bien calibrados, funciona casi como una potencial obra de teatro (no en vano, se evoca Esperando a Godot, de Samuel Beckett) en torno a una única situación dramática (las discusiones entre las víctimas sobre qué hacer con el torturador): un debate que el cineasta consigue desarrollar en varios escenarios a base de situaciones que bordean lo surreal, pero muy divertidas. El relato termina por proponer una original fábula que reflexiona sobre la venganza y el perdón, sobre la responsabilidad de los verdugos y la moral de las víctimas, hasta que, finalmente, el triunfo de la ética y de la humanidad no impide el recordatorio de que el terror y la tiranía siguen allí presentes y amenazantes, quizás sin rostro, pero dejando sentir su presencia sobre la vida cotidiana del país.

Un simple accident emerge así como un personalísimo ajuste de cuentas moral de Panahi con el régimen teocrático y dictatorial iraní que lo tuvo durante tantos años condenado a estar encerrado en su casa. Un film de pequeño tamaño, pero de incisiva y valiente propuesta narrativa.


Àngel Quintana

El título de la película remite a la idea del azar. Algo inesperado ocurre en una carretera de la periferia de Teherán cuando un matrimonio con su hija circula de noche. El accidente –como en Muerte de un ciclista, de Juan Antonio Bardem– sirve para que todo se encadene, pero también para que el proceso tenga una carga simbólica tomando como premisa una cierta idea del absurdo. Situados frente a un árbol, una joven fotógrafa evoca Esperando a Godot de Samuel Beckett. Hay en la película un hombre que da vueltas con una camioneta por las calles de Teherán que es propiedad de un mecánico. Junto a él vemos una pareja que quiere casarse, la fotógrafa y otro personaje que se ha añadido al grupo. Todos comparten un dolor común y todos odian al hombre que está escondido y maniatado en el interior del furgón. Todo parece muy extraño, pero la absurdidad viene determinada por la excepcionalidad política, por los mecanismos de la propia dictadura. Aquello que une a los diversos personajes es la tortura. El hombre que yace en la furgoneta es un presunto funcionario de la violencia del régimen dictatorial, alguien que ha creado el horror y del que nadie olvida su sadismo. El torturador encarna el mal, pero también sabe pedir perdón a quien le ataca. Sabe presentarse como un padre de familia cuya mujer embarazada ha dado luz a un hospital y que parece preocuparse por su esposa.

Frente al mal existe el debate entre la venganza y el perdón. Los personajes actúan por venganza, sacan la rabia de dentro para atacar a aquella persona que les ha marcado cicatrices incurables, pero al mismo tiempo sienten cómo el peso de la humanidad los lleva hacia la duda y el perdón. Panahi plantea un debate profundo sobre los límites de la compasión y sobre hasta qué punto el mal es tan banal como se ha dicho. ¿Los sicarios del poder son personas humanas o son simples artefactos de una maquinaria perversa que los anula? ¿Son estos personajes siniestros unas personas que hacen su oficio siguiendo unas órdenes perversas? ¿El mal está en sus funcionarios o en el propio sistema? Panahi construye la película como si todo fuera una gran metáfora política que cuestiona las dictaduras. Un relato simbólico situado en un Irán donde el mal es algo endémico y donde la tortura siempre ha estado presente en los diferentes regímenes.

La absurdidad también tiene que ver con la censura, con la vigilancia política, con la imposibilidad de crear en un régimen sin libertad. Panahi podría ser cualquiera de esos personajes que dan vueltas inciertas por las calles de Teherán, podría construir la película como un acto de venganza después de doce años de privación de libertad creativa, pero el cineasta prefiere actuar con elegancia y decirnos que el mal no es banal, sino que siempre está allí, acechando sin rostro humano.