Àngel Quintana
En las últimas imágenes de Alpha de Julia Ducournau hay una tormenta de arena que todo lo diluye. El viento sopla en el patio de una casa y todo queda diluido, los cuerpos se disuelven y van a parar a la nada. Julia Ducournau nos mostró en Titane cómo la carne se transformaba en otra cosa metálica, cómo lo humano estaba en vías de desaparición y de mutación en el mundo actual. En Alpha, la cineasta va a otro tiempo, quizás a un tiempo originario que sitúa en los años noventa, en la época del sida. La madre de una niña llamada Alpha sufre porque a su hija alguien le ha tatuado con una aguja hipodérmica, posiblemente contaminada, la letra A. La madre es enfermera y es una de las hermanas de una familia árabe. La niña empieza a sangrar y todo parece indicar que en un tiempo en que un virus todo lo destruye, la letra Alpha puede ser el principio de un fin. En el entorno familiar aparece Amín, el hermano que ha estado escondido y al que la heroína ha ido consumiendo. El virus también se ha apoderado de su cuerpo y cuando el hermano reaparece, se convierte en un ser demoníaco que captura a la chica. Alpha tiene trece años y vive todos los miedos propios de la adolescencia, ha empezado a despertar su sexualidad, su cuerpo se ha transformado, pero la angustia la lleva por un extraño laberinto visual. La cineasta nos habla de un tiempo concreto en el que la heroína conducía a la muerte y en el que el sida creaba un pánico generalizado hacia la contaminación y la propagación de la enfermedad. La cineasta recrea ese pasado, pero lo hace desde un tiempo post-Covid en el que el virus volvió a poner la biopolítica en el centro de todo. La cineasta habla de un miedo social y del ostracismo de las víctimas, pero lo hace transitando hacia el fantástico como forma para crear metáforas de un miedo que no es el pavor del espectador ante la pantalla, sino el miedo compartido hacia la presencia de la enfermedad en el cuerpo.
Julia Ducournau vuelve a hablarnos de la crisis de lo humano, de sus mutaciones. Mientras en Titane aún había una creencia en la idea de la nueva carne heredada de David Cronenberg, en esta nueva película Julia Ducournau habla de cómo el cuerpo atrapado por el virus se convierte en otra cosa. Una de las imágenes más bellas de la película nos muestra como los cuerpos enfermos se han ido transformando en cuerpos de mármol que descansan en las unidades de curas intensivas del hospital. La cineasta finaliza dando forma a una cierta idea de petrificación de la carne, transformándola en mármol. Algo acaba devorando a la carne, la transforma para devolverla a la tierra. Lo único que queda no es más que polvo. Alpha no es ningún delirio, sino una película importante de una cineasta que no cesa de buscar nuevas formas para pensar y representar el cuerpo.
Carlos F. Heredero
De la carne-metal a la carne-mármol, de Titane a Alpha, Julia Ducournau insiste en la recomposición de los lazos familiares para transformar ahora lo que en su película anterior eran los vínculos paterno-filiales en lo que aquí son fraternales y materno-filiales a la vez. La sanación de las heridas y de los destrozos físicos es en su cine una transparente metáfora de los procesos de redención emocional en el interior del núcleo familiar (obsesión temática fundamental de la cineasta), lo que en su personal concepción estilística aparece asociado al despliegue de un aparataje formalista que siempre termina por imponerse a machamartillo sobre aquello que supuestamente las imágenes tendrían que decirnos. Y su nueva realización no hace más que venir a confirmar esa sumisión de lo dramático al envoltorio, ya sea en versión de celofán publicitario (Titane), ya en versión de tremendismo e incluso de vergonzantes videoclips (Alpha; véase el que protagonizan la adolescente y su tío cuando bailan de forma exaltada en un campo de deportes y en una discoteca), con el pretexto de dar forma, en este caso, a las angustias que la amenaza de la enfermedad viral genera en una adolescente enfrentada al mismo tiempo a su personal proceso de autodescubrimiento.
Por su alambicada estructura narratológica y por la deliberada imprecisión sobre la naturaleza de las vivencias que experimentan sus protagonistas, el film se abre al disfrute de la interpretación o, mejor –como diría Susan Sontag– de la sobreinterpretación: todo tipo de metáforas sobre el cuerpo y la carne, sobre la paranoia social, sobre las pandemias y sobre los miedos de nuestra época se pueden ‘colgar’ –a modo de prendas en una percha– sobre unas imágenes que en el fondo (más allá de sus excesos estridentes, de la música impositiva, de su estética pompier) están tan huecas como la cáscara vacía de una nuez, llena de rugosidades. Clamorosos caprichos de guion que frecuentemente se traicionan a sí mismos, más el afán por recrearse en la filmación del dolor y de la crueldad, hacen de Alpha una nueva película-engaño, otra pomposa y ruidosa ceremonia de autoría narcisista.








