Àngel Quintana

En la filmografía del cineasta Sergei Loznitsa existen tres recorridos paralelos. El primer recorrido, con el que alcanzó su notoriedad hace unos veinte años es el documental de archivos, el trabajo escrupuloso centrado en buscar en viejos archivos fílmicos imágenes reveladoras que la permitan escribir tanto la Historia de la antigua Unión Soviética –Babi Yar. Context (2021)– como la de otros países –Alemania en Sobre la historia natural de la destrucción (2022). La segunda vía reside en trabajar a fondo el documental observacional para capturar el aire del tiempo o ciertos acontecimientos políticos en presente –Maidan (2014) o La invasión (2024)–. Finalmente, la tercera vía es la de las películas de ficción como My Joy (2010) o La sumisa (2017) en las que la sobriedad con la que trabaja el documental se enrarece, las películas juegan con salidas de tono y con un cierto barroquismo formal con el que acaba mostrando un cierto desprecio hacia los personajes. Two Prosecutors, presentada en la sección oficial del Festival de Cannes, da un giro en su concepción de la ficción. Desde los primeros momentos en los que vemos a un abogado entrar en un centro de deportación de Stalin durante la época de las grandes purgas, situada en 1937, vemos que la dialéctica utilizada es otra y que el Loznitsa de la ficción acabará encontrándose con el del documental. Filmada con gran rigor, con la misma cámara observacional de sus documentales, Two Prosecutors cuenta la historia de un joven abogado que ha recibido una notificación sobre posibles torturas en un centro de detención y como buen comunista y amante de su país quiere buscar un equilibrio moral en el trato de los prisioneros, mientras denuncia las acciones de la policía secreta. La película parece una especie de pesadilla kafkiana en la que, como en El castillo, el agrimensor K intenta llegar a algún lugar que cada vez resulta más inexpugnable. Ha de esperar mucho tiempo, tiene conversaciones con diferentes subordinados, consigue entrevistarse con el reo y a medida que quiere llegar a otra instancia superior, tiene que volver a esperar y cuando es recibido su causa es siempre minimizada. La película está inspirada en el relato autobiográfico de Georgy Demidov y con ella el cineasta vuelve a repasar el lado más oscuro de la Historia. Si hace unos años, desde el documental, decidió llevar a cabo una lúcida reflexión en torno al estalinismo titulada State Funeral (2019), en este caso parte de la literatura concentracionaria para construir una fría disección de los laberintos estalinistas y de la burocracia que acompañaba a la implantación del gulag.


Carlos F. Heredero

De regreso al territorio de la ficción, siete años después de Donbass (2018), Sergei Loznitsa –ese gran documentalista capaz de ofrecer sus mejores logros cuando trabaja sobre materiales de archivo– toma esta vez como base el libro autobiográfico del activista soviético Georgy Demidov para trazar una radiografía demoledora del aparato del Estado bajo la dictadura estalinista, a la vez en los entresijos del gulag y en los despachos de la administración. Y son precisamente esos dos largos fragmentos de su película los que ofrecen lo más estimulante de la misma: la puesta en escena de los procedimientos, de la coreografía implacable de las cárceles (las puertas, las cerraduras que se multiplican, las infinitas rejas, las celdas, los pasillos ominosos…) donde se tortura a todos los disidentes en las purgas estalinistas (la acción se sitúa en 1937) y de los despachos, los pasillos, las escaleras y las audiencias del aparato administrativo a lo largo, en ambos casos, de una serie de secuencias de nítida inspiración kafkiana; todo ello al servicio del control de los ciudadanos y del terror ejercido desde el poder a despecho de toda su retórica ideológica. En esa puesta en escena, que Loznitsa filma casi siempre en plano fijo y con una fotografía de cromatismo sustractivo, se encuentra el destilado y, muy probablemente, la razón de ser de un film que a veces se pierde en meandros no demasiado provechosos (el discurso del vagabundo en el tren, el viaje de regreso a la prisión, también en ferrocarril…) mientras le sigue la pista al empeño de un joven procurador, miembro del partido pero empeñado en que se haga justicia y en denunciar, por las vías de la legislación estatal, la perversión del ideario comunista que suponen las atrocidades que se cometieron. Pesimista y lúcida en su diagnóstico y en su solución, la película nos sumerge en el corazón de la pesadilla y emerge, hoy en día, como eficaz recordatorio de los desmanes a los que se puede llegar cuando se instalan en el poder las autocracias personalistas de los líderes dictatoriales.