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El desafío de entendernos

En Porter (Lisa Enes), la timidez extrema de una celadora en un hospital de Oslo la empuja a la invisibilidad. Sus compañeros apenas han reparado en ella, hablar le cuesta un mundo y la perspectiva de acudir juntos a un karaoke se convierte en un desafío. Cuando la escuchamos cantar ya sabemos cuánto le ha costado, cuánto ha ensayado, cuánto se ha preparado para sobrevivir a ese momento. Porter, ganadora de esta significativa décima edición del certamen, resume bien la esencia de lo que puede llegar a ser el cine, aquella utopía de hacer visible lo invisible, y por ese mismo motivo resume también el propio espíritu de Tenerife Shorts, que no es otro que redescubrir el cine, hacer visibles los dilemas que construyen el presente, reivindicar la importancia de la forma y, en fin, defender que a este lenguaje le quedan aún muchas cosas por decir.

Mai Linn, la sufrida protagonista de Porter, no era el único espíritu solitario sobre el que este festival ponía el foco: en Before Leaving (Yan Kunao) un joven visita a sus abuelos antes de abandonar China para estudiar fuera del país. Quizás sea su último encuentro. “No te olvides de escribirme”, insiste el anciano mientras ve marcharse a su nieto. En esa manera no impostada de descubrir el temor a la soledad, como si la cámara se topase con ese sentimiento de manera inesperada, hay una poesía a la que no dejar de aplaudir no ya por su carga emocional, sino sobre por ese gesto llano, despreocupado y espontáneo con la que sucede. Hacer visible la soledad.

Otro elemento que se hizo visible a través del humor fue el universo absurdo de las vacaciones programadas y las contradicciones irresolubles del turismo de masas en Las visitantes (Enrique Buleo), ejercicio humorístico que, a través de un grupo de señoras que deciden viajar juntas a Italia, pone el dedo en la llaga sobre los usos y costumbres de una generación que se siente definitivamente ajena a los modos en los que el sistema las fuerza a contemplar el mundo, ya sea comprando souvenirs disparatados, fotografiándolo todo sin detenerse a observar nada o planificando el siguiente viaje como única charla posible sobre la experiencia que están viviendo. El discurso generacional se mezcla con la crítica social y la ternura dialoga con lo grotesco. Enrique Buleo extrae de las señoras unas recreaciones cercanas al estilo ya propio del cineasta Chema García Ibarra y de su exquisito trabajo con actores no profesionales, una exploración que ha generado no pocos hallazgos en la improvisación y la espontaneidad de sus intérpretes.

Backflip (Nikita Diakur) no podía llegar en un mejor momento para dialogar con los profundos cambios que suceden a nuestro alrededor: un chico fabrica un avatar digital con su rostro para poder cumplir el deseo de dar un salto mortal hacia atrás, algo que no se atreve a enfrentar en el mundo real. Se inicia así un proceso de ensayo y error en el que la coordinación física ha dado paso a la necesidad de dominar al muñeco digital hasta conseguir la hazaña. El proceso es obsesivo, documentado al detalle, narrado con el rigor de una prueba científica. La imagen, sin embargo, muestra a un pelele cayendo al suelo de formas inimaginables y cierto tipo de público puede ahogarse en sus propias carcajadas si es capaz de conectar con esa hermosa contradicción entre discurso e imagen. Backflip puede entenderse, hoy, como una respuesta sosegada pero a la vez llena de inquietud sobre si la inteligencia artificial conseguirá resolver nuestros miedos más profundos.

At Sixteen (Carlos Lobo)

Preocupados siempre por la puesta en escena, en Tenerife Shorts se planteaba también la necesidad de un cine cuya forma esté en consonancia directa con el tema del que quiere hablar. No fueron pocas las propuestas que alcanzaban el sobresaliente en ese aspecto: parece que no haya una forma más elocuente, sensible y discreta que la de At Sixteen (Carlos Lobo)  para narrar el periodo de la adolescencia, donde todo es nuevo incluido el propio cuerpo, que se transforma sin control. La cámara se sitúa a la distancia exacta de su protagonista para acompañarla sin invadir su espacio, presa de un respeto reverencial. O las formas de An Avocado Pit (Ary Zara) que reivindican, a través del relato de amor entre un hombre y una mujer trans, que no puede haber diferencias estéticas a la hora de aproximarse a esos cuerpos si el objetivo es el mismo: redactar el romance y no la identidad de género. O con qué brillantez Yann Gonzalez, flamante autor de aquella sorprendente Knife+Heart (2018) se introduce en el bizarro universo musical de Oliver Sim y se confirma como exquisito heredero del cine ensoñador, caótico y artesanal de Bertrand Mandico. Una última pieza que trabajaba este dilema sobre la importancia de cómo filmar era la mongola Yellow Bus (Zoljargal Purevdash), hermoso cuento de amores imposibles que, en sus últimos instantes, debe situarse del lado de aquel personaje que no sabe expresar sus sentimientos sin convertirla por ello en la villana del relato.

Como ya es tradición, Tenerife Shorts introduce en su sección a competición el género de animación sin hacer diferenciación alguna con respecto al resto de las piezas. Un ejemplo fascinante de por qué esto tiene sentido fue The Scent of the Beetroot and the People Who Live Forever (Petra Stipetic, Maren Wiese), una retorcida fábula orwelliana en torno al encuentro de la inmortalidad gracias al aroma de la remolacha. Pero ser inmortal acaba por sacar a relucir otros problemas. La insatisfacción crónica también es un problema generalizado en este mundo imaginario. La ambientación recuerda al Planeta salvaje de René Laloux (1973) pero el espíritu (auténtica marca de la casa de este festival) se revela gamberro y subversivo, no teme arremeter de frente contra las odiosas contradicciones de la condición humana.

Con un ánimo similar y una energía igual de subversiva, otra pieza sorprendente: Invisibles (Matthiew Salmon) empieza como un injusto despido laboral, casi como si estuviéramos en un drama social de Ken Loach, y sin aviso previo la película estalla y se transforma en un thriller vampírico donde los invisibles, esos a los que el capitalismo ha ido anulando como personas, se rebelan y atacan a los dueños de las grandes corporaciones. El autor se ensaña con la venganza sangrienta, las escenas se dilatan, el despliegue de efectos especiales no deja de resultar sorprendente y su último tramo es una auténtica montaña rusa. Pero más allá del brillante manejo del género de este autor, lo interesante es ese juego que propone para hablar de una revolución obrera, de un día de furia actualizado a los tiempos presentes, de un profundo discurso político disfrazado de cuento de terror, igual que hicieron los grandes títulos de la historia del cine.

Circe (María Abenia)

Que en un contexto con piezas de tan alto nivel haya espacio también parar reivindicar el cine canario casi parece un milagro, pero hasta cinco piezas convivieron con la sección internacional (y resistieron el enfrentamiento en sesiones que combinaban ambas cosas). De allí obtuvo el premio a mejor cortometraje canario del festival la obra Circe (María Abenia), un ejercicio estético de primera línea que combinaba el relato mitológico con un paisaje que atravesaba el relato y que terminaba hablando por sí mismo. Las costumbres de la región se entremezclaban con la historia de la Odisea para dar lugar a una carta de amor al gesto de hacer cine y a las personas a las que filma.

Aún con las aristas propias de una opera prima, la pieza muestra la mirada particular de una nueva cineasta, de personalidad innegociable y llena de sensibilidad a la que habrá que seguir en el futuro, un futuro del que Tenerife Shorts debe formar parte más que nunca. El festival, en su decisivo décimo aniversario, volvió a demostrar que el cine sigue siendo la herramienta más cercana que tenemos para evaluar nuestro presente y tratar de comprender los desafíos a los que nos enfrentamos.

Jonay Armas