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¿Y si Hambre, Enfermedad, Guerra y Muerte fueran cuatro monstruos debatiendo sobre el futuro de la humanidad alrededor de una mesa? La primera sesión de cortometrajes de la 51ª edición del Festival Internacional de Cine de Huesca arrancaba así, con los cuatro oscuros personajes de Amanece la noche más larga. Esta obra de animación de Lorena Ares y Carlos Fernández de Vigo, una cuidadísima ilustración macabra sobre la condenación del mundo, ha servido de punto de partida de un festival igualmente intenso, en cantidad y calidad, que ha sido reflejo de posmodernidad y eco de las preocupaciones del siglo XXI en torno a la actual sociedad globalizada. Como suele suceder siempre, la ingente cantidad de obras en competición puestas a dialogar en un festival de cortometrajes funciona a modo de foto fija, social y de tendencias estéticas de una época, mucho más clara e impactante (y a veces hasta más plural) de lo que supone la misma imagen congelada de su tiempo que pueda recoger también un festival de largometrajes. Más allá de la perogrullada que esto pueda parecer al ser esta una característica intrínseca a cualquier forma de expresión artística (reflejar el pulso de su época), lo cierto es que la duración de los cortos afecta a más cuestiones de las que parece a priori.

Democratizar para sobrevivir

Si atendemos a la clásica exhibición de un festival en salas de cine, la reducida duración de los cortos permite, y obliga, a visualizar las obras distribuidas en grupos de cuatro, cinco, seis filmes. Los mismos forman imaginativas, muchas veces, sesiones en las que los programadores muestran o no su ingenio para combinar títulos que pueden rimar entre sí, contradecirse o, casi siempre, equilibrar la sesión por tema de duración total y puede que simultáneamente hasta por cuestiones de discurso, género cinematográfico, presumibles preferencias del público o incluso posible carga emocional relativa. Se atienda más a él o no, no es algo banal la cuestión del orden de exhibición en sala (o no debería) ya que es inevitable y obvio que las imágenes se condicionan de alguna manera unas a otras en la cabeza del espectador. Dice mucho por tanto del ojo clínico, de la elegancia, del estilo y de la política de cada festival la forma en la que este programa las sesiones de cada edición (sobre todo siempre que estas vayan más allá de cuestiones meramente prácticas).

Si por el contrarío el festival de cortometrajes se convierte en un evento VOD on-line, con además todas las secciones en abierto, el alcance se multiplica. La duración de los cortos y el altavoz digital posibilita que obras, de escasa difusión en el circuito tradicional de exhibición, encuentren su sitio desde hace tiempo en unas pantallas para las que no han sido creados. Prima entonces aquí el hecho de llegar a más consumidores audiovisuales (por feo que suene el término) muy acostumbrados además a consumir en pantalla pequeña contenidos de corta duración. La cuestión a meditar es: si es que lo hace, ¿cómo y cuánto afecta la forma de distribución en el impacto artístico que produce una obra, especialmente, en el caso del corto?

Como viene haciendo desde 2015, el Festival Internacional de Cine de Huesca apuesta por la convivencia de las dos vías de difusión. Y hace esta elección con una inteligencia particular: el evento on-line se organiza en sesiones de visualización que intentan reproducir el orden y por tanto el espíritu de la experiencia en sala. Así, el espectador on-line ha podido, si este era su deseo, visualizar la gran mayoría de las setenta y nueve obras, de veintinueve nacionalidades distintas que participaban de la última edición, distribuidas en catorce sesiones VOD en abierto. Sesiones espejo de las gratuitas que se celebraban físicamente a la vez en el Teatro Olimpia de Huesca. Si bien la experiencia de asistir a las sesiones introducidas por los actores y directores obviamente se perdía adoptando la opción on-line, en cambio el alma y la figura del programador mantenían con esta elección de distribución alternativa (mucho mejor organizada que otras) de alguna manera su sentido original incluso en el universo digital.

Innegable es que esta democratización de acceso, que trajo consigo la neurótica hiperconexión capitalista en la que vivimos aún, también sirve para enriquecernos. Lo hace cuando, por ejemplo, nos posibilita llegar a nuevos y lejanos filmes que ponen de manifiesto, casi en vivo y en directo, los espacios comunes, las tendencias, hipérboles y, por qué no, hasta los puntos débiles del crear audiovisual artístico actual en un medio de expresión (el corto) que sigue siendo la primera cocina de los nuevos creadores.

Feminismo y punto de vista animal

Continuemos por los lugares comunes. La mujer como protagonista y medio para analizar frustraciones, abusos y temas de lo más diverso ha sido el centro de interés más destacado de un palmarés dividido entre el gusto por las formas y puede que la mayor obsesión por no dejar sin destacar mensajes de interés social (¿olvidamos a veces que forma y fondo son lo mismo?). Raticida, de João Niza Ribeiro, que aúna ambas y se queda en el terreno de esa ambigüedad evocadora con lagunas a completar por el espectador, se ha alzado con el primer premio del festival. Y es que, pegada al trabajador de un bingo que malvive en una pensión obsesionado por la presencia de una rata en su cuarto, esta obra portuguesa se mueve en un universo propio que deja libertad a los significados. Su agobiante retrato, con lejano eco a marginalidad y realidad migratoria europea, se acerca en cuanto a su genial e inteligente elección de un punto de vista inmutable al totalmente dispar Fox Tossing (Zenó Mira). También premiado en Huesca, como casi todos los mencionados a partir de aquí, este cortometraje de animación húngaro en blanco y negro nos coloca en la mirada subjetiva, y aterrada, de aquellos zorros que los aristócratas del siglo XVII mataban, muy sangrientamente, como pasatiempo complementario a algunos de sus eventos palaciegos de la alta sociedad.

Olores (Alba Esquinas)

Imposible pasar por Fox Tossing sin quedar marcado por el mismo rechazo por las tradiciones que produce la impactante combinación sonora más las imágenes estáticas de Olores, construcción que también incide en la crueldad animal. Pero en su caso desde los recuerdos de una infancia impregnada del rural olor a muerte de la matanza del cerdo. Ampliando el foco y continuando el rastreo de temáticas coincidentes, es cierto que incluso en este corto de la española Alba Esquinas también se deja entrever (aunque en un segundo plano) el recurrente tema de la soledad femenina y la maternidad, totalmente abordado sin embargo por Amarradas (Carmen Córdoba). Este último corto mencionado gira hacia una melodramática, pero muy original, animación cuyo trazo pretende disparar, sin complejos por lo pastel de su lenguaje, hacia el lado más emocional y empático.

Sobre la empatía que termina sintiendo la trabajadora de una fábrica textil que ve peligrar su empleo por la presencia de una compañera inmigrante a las que además tiene que formar, versa Le Point de reprise (Nicolas Panay). Siguiendo con el violeta como figurado color de fondo de esta selección de lo más destacado del Festival Internacional de Cine de Huesca, llama poderosamente la atención Yellow (Elham Ehsas). Especialmente en su escena clave en la que una mujer se pone a bailar frente al espejo mientras se prueba en una tienda su primer velo de cuerpo completo. La atenta mirada del vendedor, que viaja de la curiosidad a la sonrisa pasando posteriormente al rechazo, redondea una de las propuestas con mayor carga de la edición.

Pluralidad y un corto de mierda

Se podrían recoger muchos más ejemplos de potentes imágenes que disertan sobre feminismo (como la coreografía audiovisual, cámara en mano, de Victoria de Agustina Gatto), pero, de entre todos, es Il fault tout un village (Ophelia Harutyunyan) el que constituye uno de los retratos más intimistas de toda la sección oficial. Este acercamiento a las dolorosas ausencias masculinas, que sufren un grupo de mujeres armenias, ha sido uno de los puntos fuertes de una programación con cabida también para temas radicalmente opuestos. Ucrania y el tono documental de los materiales de guerra de Liturgy of Anti-tank Obstacles (Dmytro Sukholytkyy-Sobchuk), que acaban convertidos en algo sorprendentemente muy distinto, es uno de ellos. Otro tipo de frustración y contención, como el de la pequeña pianista que protagoniza de Lessons of Music (Kristina Zybenkova) sería otro. El racismo, los prejuicios, la hipocresía social y el “por qué me pasa esto a mí” han venido de la mano del interesante cortometraje belga Ma gueule (Grégory Carnoli, Thibaut Wohlfahrt). Como se puede ver, la lista de bondades de la edición es larga.

Merece la pena terminar el viaje temático con el contrapunto y cambio radical de registro que supone la divertida crítica del español Javier Polo. Una terapia de mierda cuenta, con una puesta en escena de parodia glam exagerada, publicitaria y televisiva, cómo en la realidad hizo falta muy poco para convencer al mundo de que el fecomagnetismo (una terapia inventada consistente en fabricar un medicamento compuesto de materia fecal humana) podría curar cualquier cosa.

Huesca en el calendario

Como hemos comentado, se ha agradecido la diversidad de miradas y géneros en una programación enriquecida por cortometrajistas de todo el mundo y complementada por exposiciones, homenajes, presentaciones de proyectos, secciones paralelas, talleres, encuentros con el público, actividades de networking, masterclass y con, finalmente, espacio también para algunos largometrajes. Todo ello con ánimo de llegar a todos los públicos, ya sean digitales o clásicos: los de la siempre oscura y amable sala de cine.

Un año más, la buena mano del Festival internacional de Cine de Huesca ha aparecido como nueva oportunidad para acercarse a producciones dispares y a intereses comunes. Obligado es seguir marcando esta cita anual en el calendario cinematográfico personal para contribuir a seguir al tanto de la creación audiovisual realmente independiente.

Raquel Loredo