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El acto de enterrar y desenterrar, sea lo que sea, conlleva irremisiblemente una alteración en los estados de ánimo del ser humano. Muy ligados a estos dos actos están siempre el recuerdo, el trauma, la culpa, la huida, la superación o el paso del tiempo. Sobre todo ello reflexiona I Am Here! la cinta austríaca de Ludwig Wüst. En 16 mm, como acostumbra, sitúa a sus dos únicos personajes en un bosque que sirve de espacio atemporal que hace de seno de las confidencias que aquí se revelan.

Entre árboles con savia sangrante, troncos y hojas caídas, los verdes de la vegetación y los pardos de la tierra, dos amigos de la infancia vuelven a encontrarse. En este enclave, dotado del aroma de la marginalidad del solitario, se retorcerán los recuerdos como ramas, hasta tocar al trauma. El trabajo de la cámara busca sacar el máximo jugo de las materialidades, consiguiendo aquí, junto con la calma de los larguísimos planos fijos, extraer un naturalismo que aploma la veracidad las conversaciones. La rugosidad de los fustes naturales o del suelo térreo riman en textura y tonalidad con los hirsutos rostros de sus dos protagonistas. En las transiciones entre escenas, las enumeraciones de planos cortos del bosque revelan finalmente que es algo muy vivo, que ha superado sus propias mutilaciones, muertes y enterramientos, y que crece sobre él mismo. En algunos suaves movimientos de cámara la fusión entre naturaleza y personajes termina por compactar formalmente la propuesta.

Bajo esta sugerente (que no manipuladora o subyugante) ambientación brotan los diálogos entre ambos personajes que se ponen al día en lo que será un proceso de confesión, revisión, afirmación, en definitiva, de deconstrucción y de reconstrucción, todo ello supeditado al trauma que se pone en cuestión, que son las relaciones con sus progenitores. Pero este proceso no se da linealmente, no hay un arco patente ni obvio de los personajes. Wüst desecha este artificio para darnos algo más real: el desarrollo es dubitativo, unas veces hacia adelante y otras hacia atrás. El vaivén y el grito de lo espontáneo surge aquí como prueba de que el conflicto no es algo que solo se despliega en el ámbito del diálogo o el monólogo ‘suturador’, sino que la cinta consigue poner a la luz el dolor sin tener que verbalizarlo, pues este generalmente se dispone y amplifica en el interior.

Con un juego que ya abrió en su prólogo, la cinta en su epílogo transporta al espectador a Egipto con planos filmados en videocámara. El cineasta austríaco conecta la vastedad temporal que irradia el bosque en el que se entierran objetos y se desentierran traumas con el entorno de Saqqara, en el que la pobreza se sepulta sobre sí misma. En el que el dolor se cubre con más dolor. En el que es símbolo la madre de todas las pirámides, que estuvo en una ruina casi fatal durante muchos años, pero que ha vuelto a reconstruirse en la medida de lo posible. Mario C. Gentil


“Nunca antes en la historia de la humanidad ha habido una migración de pueblos tan grande como en nuestro presente”, declara Ludwig Wüst al respecto de su último trabajo, I Am Here! Se entiende por migración el cambio de residencia de una población, y sostiene Wüst que este traslado suele estar motivado por una experiencia traumática que les obliga a desplazarse con la esperanza de un lugar mejor. Los protagonistas de I Am Here!, Monica y Martin, son nómadas que avanzan en constante migración, huyendo de sus traumas del pasado y encontrándose en un bosque en el que sus vidas volverán a cruzarse.

Ellos son los dos únicos personajes de un largometraje con apenas dos localizaciones y sin más música que las canciones que de vez en cuando entona Monica. I Am Here! es una película desnuda, sencilla –que no simple–, como toda la filmografía del cineasta vienés, que abarca ya catorce proyectos. Lo que sí es nuevo en su cine es el rodaje en 16 mm, que consiguen una imagen en 4:3 que aprisiona a los personajes, los encierra, y encajona los paisajes por los que vagan durante los setenta minutos de metraje. A esos 16 mm les debemos también una estética imperfecta, con grano y manchas; anticuada e incluso vieja, si nos atrevemos a decirlo; pero idónea para una película que, a pesar de desarrollarse en el presente –al menos, el diegético–, tiene en todo momento la mirada puesta en el pasado de los personajes. Tal es así que apenas importan sus acciones en el presente. La primera mitad del film se desarrolla en un bosque, y la segunda pasa a convertirse en una road movie que no arranca. No puede ni quiere hacerlo, porque constantemente está atrancada en ese pasado que únicamente llega al espectador a través de las historias narradas oralmente por sus protagonistas. Mediante sus anécdotas, es capaz de hallar destellos de humor y orquestar una tragicomedia, algo que no es de extrañar teniendo en cuenta que Wüst es, además de cineasta, director teatral. El relato fílmico se construye en base a un personaje que habla y otro personaje que escucha. En ocasiones la habladora es Monica, y el escuchador es Martin; y viceversa; pero la fuerza de las imágenes se encuentra en las interpretaciones de ambos personajes, aunque en ocasiones el que escucha esté casi totalmente fuera de plano.

La vida es una continua migración, no solo en el espacio, sino también en el tiempo, y al igual que los personajes de I Am Here!, estamos obligados a seguir migrando, sin posibilidad alguna de quedarnos, sedentarios, en el pasado. Como Martin y Monica, solo podemos acercarnos de nuevo a ese pasado a través de nuestros recuerdos. También podemos compartir el viaje y hacer que otros nos acompañen, relatándoles nuestras vivencias oralmente –o bien a través de las grabaciones de una cámara–, haciéndolos partícipes, invitando a ver o atender la historia, como si de una película se tratase. Pero aun así hemos de continuar nuestro viaje en la carretera, no podemos permanecer en el bosque, ese que tampoco queda intacto al paso del tiempo, ese en el que continuamente somos testigos de sus hojas secas y sus troncos caídos. La migración a la que se refería Ludwig Wüst, no solo es inmensa, sino también, inevitable. Francisco José Pacheco Jiménez