El año pasado, también en la sección Zabaltegi de San Sebastián, el cineasta japonés Kohei Igarashi presentó el corto Two of Us (2023), una preciosa miniatura, coproducida por Damien Manivel –con quien ya había codirigido El viaje a Takara (2017)–, de la que hablamos igualmente en esta misma web. Allí comparecían dos personajes masculinos, dos amigos que llegaban a un hotel costero en clara decadencia, vacío y fantasmagórico, e iniciaban una trama imprecisa que podía interpretarse de muchas maneras, incluso derivar en historias diferentes, en tiempos distintos. Pues bien, Super Happy Forever –el primer largo de Igarashi de nuevo auspiciado por Manivel, con cuyos temas y estilo también se identifica– parte de aquella premisa para tomar uno de los caminos posibles que se presentaban en ella: los mismos protagonistas, el mismo hotel, sirven como punto de partida para una vuelta atrás en el tiempo, cuatro años antes, que cuenta la historia de amor de uno de ellos con una muchacha a la que conoció en aquellas primeras vacaciones, un asunto que no tuvo precisamente un final feliz.
Sin recurrir al flashback ni renunciar a una encomiable simplicidad narrativa, Igarashi despliega una serie de variaciones, construye una especie de relato inmóvil, en los que prima la emoción contenida, la ingenuidad sentimental y la pureza enunciativa, lo cual hace que Super Happy Forever rime con la otra representante japonesa en esta edición de Zabaltegi, la sorprendente My Sunshine. Y ello consigue trazar un itinerario en el que los saltos temporales no importan, pues todo forma parte de un único continuum en el que los jóvenes protagonistas parecen flotar en un estado de suspensión entre la existencia y la inexistencia, como si fueran conscientes de su condición de héroes de ficción, de una estructura a lo boy meets girl que, sin embargo, tampoco deja de dibujar, simultáneamente, su lado oscuro, la posibilidad de la catástrofe que augura sin estridencias el extravío de una misteriosa gorra roja. Es cierto que el largo sale perdiendo respecto al corto, por lo menos para este crítico, pues parece que se dedique a glosar muchos de los elementos que allí quedaban simplemente sugeridos, empezando por el misterio de las superposiciones temporales y acabando por la función simbólica del mar, aquí sobreexplicada por la inclusión de Beyond the Sea, versión anglosajona de La Mer de Charles Trenet a cargo de una de las actrices y finalmente de Bobby Darin. Pero, de la misma manera, no hay duda de que el film de Igarashi se confirma igualmente como otro notable ejemplo de eso que parece estar ilustrando muchas de las películas de Zabaltegi este año: lo que los amantes de las etiquetas quizá llamarían ‘nueva melancolía’.
Carlos Losilla











