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Hay que felicitar a los responsables directos de la sección Zabaltegi Tabakalera por la programación conjunta de dos piezas como Piaffe, la ópera prima de Ann Oren, y Blank Narcissus, el último corto de Peter Strickland, a su vez autor de la aclamada Berberian Sound Studio, que aborda algunos temas muy parecidos a los que trata Piaffe. Y no solo por esa coincidencia argumental: ambos filmes exhiben estéticas muy similares, hasta el punto de que Oren podría considerarse heredera de Strickland, entre otras muchas influencias, en esa querencia por universos artificiosos que pretenden dar cuenta de una realidad que ya no es la que era, en la que verdad y ficción no solo se confunden, sino que se convierten en una única dimensión indiscernible.

Mi duda, por lo menos con respecto a Strickland, es hasta qué punto ese cineasta en el fondo preciosista, manierista de la atmósfera y el color, puede ser capaz de ir más allá de sus trabajadísimas texturas y proponer cuestiones en verdad ‘estéticas. Es un asunto peliagudo, y más para una reseña de estas características, pero creo que Blank Narcissus –título que evoca intencionadamente a Michael Powell, que se erigiría así en dudosa referencia para Strickland– transita unas cuantas sendas hasta ahora no exploradas por su autor y que pueden proporcionar alguna pista. El contraste entre el sonido y la imagen, entre la voz de un antiguo cineasta porno que comenta uno de sus viejos trabajos y algunas supuestas escenas de este, da lugar a una miniatura sobre la decadencia y la vejez, sobre el tiempo ido y nunca recuperado, cuya emoción se enfrenta a una filmación sin aristas, que recrea la película ficticia que se comenta sobre un tosco decorado envuelto en niebla. Podríamos decir, yendo por el camino fácil, que no existe dialéctica, que es la voz la que cuenta la historia prescindiendo de la imagen y dejando en evidencia la debilidad de la propuesta. Pero a mí me parece que no es tan sencillo: de la misma manera en que la imagen es monolítica y deficitaria, la voz se mueve alrededor de una sola idea que da vueltas sobre sí misma sin exhibir más matices que su aparente comicidad. Pues bien: he ahí, grabado como en piedra pómez, el supuesto estilo de un cineasta que quizá carezca de él, y no precisamente por convencimiento estético.

Carlos Losilla