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En Tomasso, el anterior largo de ficción de Abel Ferrara, el actor Willem Dafoe interpretaba a un director de cine americano exiliado en Italia, inmerso en la escritura de un nuevo guión precisamente titulado Siberia. No se trata de una casualidad, sino del primero de una fascinante serie de efectos especulares que surgen de la confrontación de ambos films. Dafoe es a la vez autor y protagonista, como delata la voz en off con que se inicia Siberia, que podría emerger del final de Tomasso. Y es también, por supuesto, el alter ego de Ferrara, sometido aquí a un implacable enfrentamiento con sus demonios más íntimos, en lo que parece una road movie psicoanalítica que tiene lugar, sorprendentemente, a través de interminables paisajes nevados. Dicho así, el resultado podría haber sido catastrófico, un trip egocéntrico a la mayor gloria del Ferrara más narcisista. Visto en pantalla, sin embargo, acaba siendo su película más arriesgada por lo menos desde Pasolini (2014), con la que tiene mucho que ver.

Siberia debe más a Nietzsche que al Freud más divulgado, parece un retorno a los orígenes dionisíacos del relato que rehúye no solo cualquier tipo de efectismo psicológico, sino también todo convencionalismo narrativo. Pues la película se estructura según tableaux filmados con brutal sentido de la elipsis, como cortados a hachazos, en los que el misterioso propietario de un bar en medio de la estepa se enfrenta a sí mismo y a su pasado, a sus padres y a su ex mujer, a brujos y chamanes, en un viaje en trineo (¡esos perros terroríficos!) que en realidad es un descenso a los infiernos y que incluye precipicios escarpados y noches sin fin, flashbacks que no son tales y fantasías delirantes, religión y antropología. No es, como pueden ver, un plato para todos los gustos, pero puedo asegurarles que quien decida entrar en el juego quizá no quiera salir de él: en contra de lo que pueda parecer, estamos ante una de las experiencias más extremas y personales del cine de ahora.