Carlos F. Heredero

El danés Joachim Trier vuelve a trabajar aquí con Renate Reinsve –protagonista también de La peor persona del mundo (2021)–, pero esta vez para convertirla en una joven y famosa actriz que debe enfrentarse, junto a su hermana, y tras la muerte de su madre, a la pretensión del padre (director de cine al que se dedica una retrospectiva en Deauville) de que protagonice su próxima película, con guion autobiográfico, que pretende rodar en la casa familiar. La situación es el centro de un drama con inequívocas raíces bergmanianas (incluida una cita expresa a Persona (1966), cuando se produce la fusión de los rostros entre el padre y la hija), pero desarrollado sobre un prolijo armazón narrativo en cuyo núcleo dramático se esconde, en realidad, un conflicto cuyo peso (en la película) resulta mucho más débil de lo que aparenta. El cineasta interpretado por Stellan Skarsgård, cuyo guion trata de reconstruir en términos ficcionales la relación con su hija y el intento de suicidio de esta, bien podría ser a su vez un émulo de Bergman (su relación con las mujeres, su cine como exorcismo de sus demonios interiores), pero todo en la composición y en la arquitectura narrativa del film funciona más sobre las determinaciones del guion que sobre el poder expresivo de su puesta en escena, casi siempre meramente utilitaria. Pero sucede que incluso en términos de guion la película abandona pronto su inicial premisa narrativa (los recuerdos de la propia casa en torno a la que gira toda la historia) para pasar, de forma intermitente y más bien caprichosa, de un punto de vista a otro (el del padre y el de cada una de las hermanas), con lo que nunca termina por arraigar la supuesta intensidad del drama. Mucho más pretenciosa que el trabajo anterior de su director, esta nueva realización suya fracasa en su intento de plantear una reflexión sobre las relaciones entre la vida y el cine, un territorio siempre tan atractivo como arriesgado.


Àngel Quintana

Nora (Renate Reinsve) es una actriz que tiene que interpretar La gaviota de Chéjov. Está a punto de salir a escena y se rompe. Siente una terrible angustia, un auténtico pánico escénico. Sus compañeros de la producción la animan, finalmente decide actuar para salvar la obra. Todo el mundo está tranquilo, la representación se ha salvado, pero nadie pregunta si Nora se ha salvado interiormente. Este momento situado al inicio de la película describe el camino que adopta el cineasta Joachim Trier en un juego de espejos en el que no habla de cómo el arte imita la vida, ni de cómo el arte salva la vida, sino de los caminos inconciliables entre la creación y la propia existencia. A pesar de los lazos internos, a veces el arte provoca que se olvide la vida. Esta situación es la que vive Gustav (Stellan Skarsgård) que ha convertido en películas sus reflexiones personales, que ha sido un cineasta sensible pero un mal padre. Ha sido alguien ausente que no se ha preocupado de la vida de sus hijas, que nunca ha sabido preguntarles cómo estaban. Después de unos años de ausencia, Gustav decide rodar una película. Su intención es filmarla en la vieja casa familiar que acoge todos los fantasmas de las diferentes generaciones y proponer a su hija Nora que interprete a la protagonista. La actriz que triunfa en el teatro rechaza trabajar para su padre, quien debe preparar el proyecto con otra actriz (Elle Fanning).

Después de su renacimiento como director con La peor persona del mundo, Joachim Trier decide rodar una película más bergmaniana en la que fluyen muchas cosas de La gaviota de Chéjov, en la que la familia y los secretos de unas relaciones frustradas están en el centro de la película. En algunos momentos Sentimental Value provoca la sensación de producto prefabricado para encontrar una cierta relevancia cultural, en otras puede parecer como si la mirada de Trier fuera demasiado tímida, como si le faltara un cierto atrevimiento para llevar las circunstancias hasta el fin. De todos modos, es de agradecer que en el juego de espejos constantes entre el arte y la vida, en este relato de incomprensiones y abandonos, todo fluya con cierta facilidad, que la película no desemboque en previsibles territorios oscuros. En 1961, cuando Ingmar Bergman rodó A través del espejo, había acabado de montar La gaviota de Chéjov en el Teatro Dramaten de Estocolmo. En su biografía se cuenta que, entre la pieza de teatro, la película y su vida personal alguna cosa intensa acabó ocurriendo. ¿Es Sentimental Value un homenaje a ese momento creativo y a las contradicciones internas que genera la creación?