Carlos Losilla

¿Puede una película imitar a su protagonista? ¿O acaso todo protagonista de un film no es otra cosa que su reflejo? En El sendero azul, por ahora la película más sugerente de Gabriel Mascaro, el personaje principal es una septuagenaria conminada a jubilarse y recluirse en una ‘colonia’ para gente mayor de la que, según se dice, nadie vuelve. Estamos en Brasil, en un futuro no muy lejano, en una distopía que ya se parece bastante a nuestro presente. Tereza, sin embargo, no se resigna a ese destino y huye, del sistema que la amenaza y de su hija, que no está por la labor, en un viaje que empieza como una travesía marítima y acaba mucho más allá. Con estos materiales, Mascaro podría haber realizado uno de esos filmes sobre la vejez que tanto abundan: sentimentales, bienintencionados, demasiado (de)pendientes de su audiencia. Por el contrario, El sendero azul es otra cosa, no se sabe muy bien qué, un artefacto libre que avanza dando tumbos y, en fin, acaba filmando la mente de su protagonista, embarcada en ese trayecto que empieza como una fuga del mundo y termina con su reinterpretación. Ahí está lo mejor (y también lo peor) de El sendero azul.

Mascaro no tiene estructura alguna en mente, como la propia película, y la ‘historia’ avanza dando giros e incluso tumbos, en forma de road movie pero arrastrada por un flujo acuático que se convierte en su única brújula. Ya hemos visto eso en diferentes filmes, algunos de los mejores de la actual temporada, de Extraño río (Jaume Claret Muxart) a Blue Heron (Sophy Romvari) pasando por El amor que permanece y Joan of Arc (ambas de Hlynur Pálmason). Pero aquí, en El sendero azul, el agua se convierte no solo en protagonista, sino también en la razón de ser de la construcción del film, incluso de su puesta en escena. Y se trata de un agua que se transforma: en más agua, por supuesto, pero igualmente en barcos, caracoles de baba azul, peces nunca vistos y motivos oníricos que puede que procedan del folclore brasileño, pero que sobre todo se erigen en la materia misma de la que está hecho el pensamiento de Tereza –y del propio film– a medida que evoluciona. Como su protagonista, El sendero azul reacciona ante cada una de sus imágenes creando otras, transformándolas en otras, y eso resulta peligroso, pues lo convierte en un film atrabiliario, caprichoso, inconsistente en su pereza expositiva y discursiva, pero también convencido de que no puede hacer otra cosa, a modo de atrevido envite: al terminar, se tiene la sensación de haber vivido en el interior de un sueño, de haber perdido el tiempo, pero también de haber acompañado a Tereza en un viaje de liberación capaz de refutar no solo cualquier distopía, sino también todo realismo.