Jara Yáñez

Cuenta Christian Petzold que cuando escribe un guion parte siempre de una imagen como primera inspiración. Para Miroirs No. 3 fue la de un naufragio, con varios personajes en el agua tratando de subir a una balsa para salvarse. Y, efectivamente, todos los personajes (y casi todos los objetos) de este film han naufragado: están rotos. Laura (Paula Beer) es acogida por Betty (Barbara Auer) después de sufrir un accidente de coche muy cerca de su casa. Se ha salvado casi milagrosamente y su novio ha fallecido, pero el tono de los cuentos (la película fluye bajo la influencia, de nuevo según las palabras del propio cineasta, de algunas de las historias de los hermanos Grimm, sobre todo de aquellas sobre niños robados y las de padres que buscan a sus hijos) se sobrepone a la tragedia para hacer que el encuentro entre estas dos mujeres, de las que apenas sabemos más que sus nombres, permita a Laura escapar de una vida en la que no se encuentra y a Betty recomenzar la suya. Y entonces sí, Miroirs No. 3 puede ser una película sobre la irrupción de lo inesperado, pero también sobre las posibilidades que eso ofrece para rehacer la vida y atravesar por el camino múltiples identidades posibles.

Porque después del accidente Laura se viste con la ropa que Betty le presta y que resultará ser de Yelena, la hija que se quitó la vida. Un gesto que condensa, efectivamente, no solo la posibilidad de ocupar otros lugares, otros roles, sino también la de encontrar esos espacios gracias y a través del cuidado del otro. Laura se convierte así en la hija que no es, en el marco de una familia que no es la suya. Agradecida por la acogida, propondrá preparar una comida que resulta ser la favorita de Richard (Matthias Brandt) y Max (Enno Trebs), el marido y el hijo de Betty, que cuando aparecen en escena lo hacen para arreglar cosas (la capa cómica permanece en un poderoso segundo plano): no solo trabajan como mecánicos, sino que se proponen poner a punto una bicicleta para que pueda utilizarla Laura e intentarán reparar el lavavajillas roto. La comida, pero también los objetos y la música (la composición de Ravel que da título al film y que Laura toca en el piano, pero también el leitmotiv del film, el tema The Night de Frankie Valli & The Four Seasons) son los elementos a través de los cuales Petzold construye un fascinante y sintético juego de pistas a través del cual se van desvelando no solo las carencias y dificultades soterradas de los personajes, sino también sus emociones y el reflejo que estas tienen en los otros. Y aunque es cierto que seguramente sea esta una película más pequeña con respecto, por ejemplo, a la anterior, El cielo rojo, y también que no haya grandes novedades con respecto a los recursos más reconocibles de los que ya forman parte del estilo de Petzold, Miroirs No. 3 resulta una sugerente y nada estandarizada mirada hacia la familia como comunidad atrofiada, pero también refugio y estructura, desde la que buscar (y con suerte encontrar) una libertad individual.


Àngel Quintana

Tal como su título indica, Christian Petzold nos vuelve a hablar de un efecto espejo entre un personaje ausente y otro presente. El tema de la sustitución vuelve a estar en el centro de la película. Laura sufre un accidente con su prometido y es acogida por una mujer que la cuida, le presta la ropa de su hija ausente y le pide que toque el piano tal como había tocado anteriormente su hija. Toda en la película se articula sobre esa nueva presencia femenina y el juego de máscaras que se lleva a cabo para que deje de ser ella y pueda ser otra. Miroirs No. 3 es una variante más dentro de la filmografía de Petzold, un cine que se sitúa después del cine sustractivo y que busca su amparo en una abstracción del relato y de las reglas melodramáticas. Es interesante hacia dónde quiere llegar el cineasta, pero su punto de partida es absurdo e incongruente. Para llegar al melodrama necesita crear unas determinadas condiciones de causas y efectos que le permitan pasar por alto la premisa absurda de la que parte y jugar con las emociones de sus personajes, en este caso la paranoia de una familia ante la sustituta de su hija y la aceptación del refugio por parte de una mujer que ha perdido a su novio. Todo transcurre a partir de una lógica que puede resultar inquietante, pero que acaba siendo absurdamente subrayada cuando se descubre el misterio y se busca una posible reconciliación que supere las barreras.