Àngel Quintana
“Si Dios existe, no tiene perdón”, afirma de forma contundente Jasmine, una mujer que vive en un estado de angustia permanente de sentirse artista, judía y residente en Tel Aviv, desde donde actúa el régimen que está aniquilando Gaza. La frase resume perfectamente el tono blasfemo de la última película de Lapid, Yes. Después de haber realizado acto de apostasía frente al Estado de Israel en Sinónimos (2019) y haber gritado hasta ahogarse contra el sinsentido político en La rodilla de Ahed (2021), Lapid vomita. En Yes saca la bilis bajo la forma de una gran performance, cargada de salidas de tono, jugando con una clara tendencia al desequilibrio para llevarlo todo hasta el límite. La presencia de Yes en la Quincena de cineastas es todo un acontecimiento en un momento en que Israel está cortando las ayudas financieras para el cine de autor y cada vez es más frecuente no poder ver la obra de los grandes directores críticos con el régimen, desde Amos Gitai hasta Avi Mograbi.
Yes tiene un punto de inspiración insólito: una canción clásica del repertorio israelí que celebra la fraternidad entre los hombres durante la Guerra de Independencia. El día después de la masacre del 7 de octubre la canción fue transformada y manipulada hasta convertirse en un himno a la rabia. Lapid utiliza este hecho como pretexto argumental para contarnos una versión del mito de Fausto, cuando el régimen pide a un músico –Y., músico de jazz– que componga una nueva letra de la canción y dé forma a un himno que ensalce la destrucción. Lapid articula desde el extremo lo que él mismo define como una tragedia musical. El músico Y., junto con su mujer Jasmine –una bailarina reconocida– deciden llevar a cabo un acto de sumisión al derivar su arte hacia el régimen. La cuestión esencial reside en qué significa para un artista decir ‘sí’ en el interior de un país en el que se está sembrando el odio y en el que hay un claro sentimiento de derrota. Lapid divide la película en tres partes. En la primera vemos una especie de happening en el que los dos personajes tienen un hijo nacido el 8 de octubre y empiezan a cuestionar qué significa vivir en su país y en qué consiste el exilio interior de quienes viven en Tel Aviv y aborrecen la política, pero han de sobrevivir sabiendo que ellos también están señalados por haber consentido. La segunda parte describe un viaje desde el Mar Muerto hasta la frontera con Gaza en la que Y. se reencuentra con una antigua amante. Desde un mirador lejano ven el polvo que levanta las bombas, ante una guerra calcinada. La última parte habla de la idea de aceptación como muerte moral. Al aceptar el pacto mefistofélico, los artistas lamen las botas de los poderosos, mientras que el exilio vuelve a convertir al judío en un eterno errante sin destino. Los tres movimientos que componen esta tragedia musical están atravesados por la rabia, por la necesidad de combatir contra todo, de dejar claro el contrasentido que implica aceptar su propia identidad judía.








