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Carlos F. Heredero.

Casi todos los veranos sucede lo mismo, pero los síntomas se agravan año tras año. La planificación de los estrenos (si es que alguien sigue pensando en tal concepto) empieza a generar efectos indeseados para todos sin que nadie se preocupe, al menos en apariencia, por poner remedio al caos generalizado en el que la exhibición parece estar sumergida.

El paisaje está más o menos como sigue: 1) Las majors han optado por no mostrar a la prensa sus grandes lanzamientos del estío (el Prometheus de Ridley Scott; El caballero oscuro de Christopher Nolan) con la intención, quizás, de potenciar así el ‘efecto sorpresa’ de estrenos internacionales simultáneos y de amortiguar, en lo posible, la hipotética opinión adversa de la crítica en el caso de que sus opiniones no sean lo suficientemente entusiastas para ellos. Con el agravante, en ciertos casos (Prometheus, por ejemplo), de que la película se ha estrenado ya en algunos países vecinos, con lo que la estrategia deviene estrictamente inoperante –si no ridícula– en los tiempos que corren. 2) Los títulos más relevantes de la producción española siguen optando por reservarse para septiembre, a la espera de que el Festival de San Sebastián siga funcionando como caja de resonancia y plataforma de promoción. 3) La totalidad de las películas importantes surgidas de Cannes, o compradas allí, todavía no están listas para su estreno, pues o bien no se han terminado de pagar, o bien no están aún subtituladas, o bien no han llegado todavía las copias. 4) El ‘efecto fútbol’ ha terminado por vaciar los cines durante casi todo el mes de junio, lo que ha llevado a postergar también otros muchos estrenos para no quemarlos en la peor época que la taquilla ha vivido este año, y 5) Una cierta rutina y un creciente pesimismo se ha instalado –con honrosas excepciones– en muchas de las salas y de las programaciones estivales, que parecen haber renunciado a dar la batalla y que siguen postergando, mes tras mes, algunos de los estrenos más interesantes que continúan a la espera de un hueco.

Así las cosas, resulta francamente muy difícil confiar en una recuperación de los estímulos, en una hipotética remontada de la crisis galopante por la que parece despeñarse el consumo de cine en las salas comerciales, y esto con independencia de otros factores no menos decisivos (oferta creciente de ‘cine a la carta’ on line, piratería, etc.) a los que, hoy por hoy, la programación de las salas sigue sin ofrecer respuestas suficientemente inventivas o alternativas eficaces. A ojos vista, se trata de una pescadilla que se muerde la cola o, desde otra perspectiva, de una nueva versión de la ‘profecía autocumplida’. Si las salas no ofrecen buen cine, los aficionados seguirán abandonándolas. Se dirá entonces que los cines tendrán que cerrar porque no tienen suficientes espectadores. Y vuelta a empezar. Estamos metidos, de hecho, en un bucle idéntico al que denuncia el Premio Nobel Joseph Stiglitz a propósito de las políticas económicas del gobierno español: “Si el gobierno rescata a los bancos y la banca rescata al gobierno, el sistema se convierte en una economía vudú. No está funcionando y no funcionará”.

Lo podemos decir casi con las mismas palabras: si no se estrena buen cine no habrá espectadores y si no hay espectadores no habrá salas para estrenar buen cine. ¿Hasta cuándo podrá resistir este absurdo bucle sin desmoronarse del todo….?