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Si había una película en esta Berlinale de la que se venía hablando desde hace tiempo era la dominicana Pepe, la película del hipopótamo (ya saben, el hype del hippo). Pese a su protagonista indiscutible, lo que sorprende de Pepe en primer lugar es su inclusión en la Competición de este festival. Simplemente porque uno hubiera esperado que durante estos últimos años este tipo de películas menos convencionales hubiesen tenido mayor presencia en la sección principal de Berlín. A priori, este es la típica película de Encounter(s) o incluso del Forum, pero el hipopótamo la ha elevado a otro lugar. Y bienvenido sea, más este año en el que la competición no levanta cabeza y en el que la película de De los Santos Arias supone un soplo de aire fresco… la típica película llena de ideas, un tanto deslavazada en su estructura, que, pese a la acumulación de foros y talleres en los que ha participado, aparece ante nuestros ojos como escasamente formateada. La historia en sí es fascinante, la de un hipopótamo que nació en Colombia luego de que Pablo Escobar hubiera importado una camada desde Namibia para su zoo personal y que, cual Moby Dick, acabó enfrentándose a un pescador, Candelario, que, al denunciar su (falsa) peligrosidad, alentó una cacería que puso fin a su vida. Y Pepe es eso, la combinación de estos dos personajes, sus historias personales. La de Candelario narrada en tercera persona, con muchas notas costumbristas de la comunidad donde vivía y no sin cierta ironía. Y la de Pepe, el hipopótamo, narrada en primera persona con una voces en español, afrikaans y mbukushu que, en su gravedad y cierta distorsión, a veces sobre una pantalla en blanco, me recordaron las de la figura número 26 de Dahomey, la película de Mati Diop. El contraste entre estas dos películas radica sobre todo en la claridad expositiva. Si Diop parte de una propuesta muy convencional a la que le va sumando capas que convierten su película en algo mucho más complejo e imprevisible, la de De los Santos Arias alterna lo sorprendente con lo más tradicional y esta combinación acaba resultando más confusa que fructífera.

Jaime Pena