Àngel Quintana

En el mejor cine de James Gray, la familia nunca es un espacio estable ni conciliador. Es una estructura marcada por la culpa, la deuda afectiva y la imposibilidad de escapar del pasado. La familia aparece, al mismo tiempo, como refugio y condena; es un territorio íntimo donde el mal irrumpe no tanto como un acontecimiento externo, sino como una fuerza que altera los vínculos y exige sacrificios para perpetuar una determinada idea del legado hereditario. En Gray, el mal no conduce únicamente hacia la criminalidad, actúa también en el plano espiritual y emocional, erosionando lentamente la estructura familiar a través del silencio, el resentimiento y la frustración acumulada.

Paper Tiger, el último trabajo de Gray, surge así como un retorno a sus orígenes y puede entenderse como el cierre de una trilogía iniciada con Cuestión de sangre (Little Odessa, 1994) y La otra cara del crimen (The Yards, 2000). En aquellas películas ya estaban presentes los grandes temas de su cine: la familia como espacio trágico, la corrupción moral del entorno y la imposibilidad de redención plena dentro del sueño americano. En Cuestión de sangre, Joshua –un asesino a sueldo– regresa al núcleo familiar con la intención de reintegrarse en él, mientras que en La otra cara del crimen otro miembro de la familia vuelve tras salir de prisión y descubre que el mundo laboral y afectivo que le rodea está completamente contaminado por la corrupción. En ambas obras, una aparente estructura de thriller deriva progresivamente hacia la tragedia moral, donde lo esencial no es la intriga criminal, sino el derrumbe –y la posible reconstrucción– de los lazos familiares. Al comienzo de Paper Tiger, Gary (Adam Driver), policía y hermano mayor de la familia, regresa a casa con una opulenta cena encargada para todos. Su visita tiene un propósito concreto, quiere proponer a su hermano Irving (Miles Teller), ingeniero de profesión, un negocio relacionado con la descontaminación de un canal del barrio de Queens, un territorio donde el tráfico de residuos está controlado por la mafia rusa. Una noche, Irving se desplaza junto a sus dos hijos hasta la zona del canal para inspeccionar el estado de las aguas y termina viendo aquello que nunca debería haber visto. A partir de ese instante, emerge la amenaza de la muerte y la corrosión que el mal ejerce sobre el interior de la familia.

Irving y sus hijos –uno de ellos a punto de cumplir dieciocho años– comienzan a sentirse vigilados y perseguidos por una presencia amenazante que parece infiltrarse en todos los rincones de su vida cotidiana. Paralelamente, la madre (Scarlett Johansson) sobrevive a un accidente en el que casi mata involuntariamente a sus hijos y descubre que padece un cáncer cerebral en fase avanzada. Gray juega entonces con los mecanismos del thriller más tenso y sombrío. Muestra los pactos imposibles con la mafia rusa, la corrupción policial y la sensación constante de peligro. Sin embargo, poco a poco, la película muta hacia otra cosa. El thriller se transforma en tragedia íntima. Dos de los personajes principales deberán sacrificarse para intentar salvar a la familia, y esa idea del sacrificio, tan profundamente ligada al universo moral de Gray, termina convirtiéndose en el verdadero núcleo de la película. Lo que interesa al director no es únicamente la violencia física, sino la transmisión del dolor de una generación a otra, la manera en que el miedo, la culpa y la frustración contaminan el legado familiar. Frente a ello, Gray busca una salida posible, busca una pequeña apertura hacia el futuro que permita romper, aunque sea parcialmente, el círculo hereditario del sufrimiento. Rodada con absoluta libertad creativa, Paper Tiger confirma a James Gray como uno de los grandes cronistas trágicos del cine estadounidense contemporáneo. La película transita por todos los elementos esenciales de su universo –la familia, el sacrificio, la corrupción moral y la imposibilidad del sueño americano– y los lleva hacia una dimensión crepuscular. Sus imágenes densas terminan hablando de la perversión de un ideal americano inalcanzable, pero también de la necesidad desesperada de encontrar, incluso en medio de la oscuridad, una posibilidad de redención.


Carlos F. Heredero

Regreso casi programático al universo fílmico y temático de sus anteriores Cuestión de sangre (Little Odessa, 1994), La otra cara del crimen (The Yards, 2000) y La noche es nuestra (We Own the Night, 2007), el discurso que James Gray vuelve a proponer en Paper Tiger se pliega dócilmente sobre sí mismo: fuera de la familia no hay salvación, el mal siempre está fuera o lo traen al núcleo familiar aquellos que se han separado de él o se han sentido tentados por la fantasía del ‘sueño americano’. Para Gray, la tentación puede anidar dentro del hogar o entre sus integrantes, pero quien se sale lo paga o se arrepiente y, además, lo hace a modo de redención cristiana. Es un discurso que no solo proviene de estos tres títulos, porque también es el de Two Lovers (2008), por mucho que en esta no comparezca el componente criminal de las otras. El retorno al útero protector de la familia es siempre la solución.

Incapaz de concebir otras opciones vitales dignas de valoración, también nos sermonea al final de Paper Tiger por si no había quedado claro todo lo anterior, pues la vocación moralista y aleccionadora del cine de Gray nunca deja de aparecer. De ahí que Irving, el padre interpretado aquí por Miles Teller, se encargue de aconsejar a sus dos hijos que cuiden siempre un fuerte vínculo moral entre ellos, en meridiana antítesis de la dicotomía que suponen las vidas opuestas que han llevado él y su hermano Gary (Adam Driver), un policía tentado por los negocios sucios y por los tratos con la mafia rusa. Y aquí comparece otro componente (este, mucho más matizado y complejo) que une también a todas las película de Gray: el ‘melting pot’ estadounidense, contemplado siempre desde la perspectiva de los emigrantes, o hijos de emigrantes, que han tomado diferentes y opuestas alternativas morales frente las promesas siempre ilusorias del American Way of Life.

Entre medias, la puesta en escena de James Gray, casi siempre meramente ilustrativa, consigue de vez en cuando generar momentos de intensidad dramática más que notable, como sucede con el enfrentamiento final entre los dos hermanos, filmado con una fuerza y una densidad visual que nace de una utilización sabia –y nada convencional– de la alternancia entre plano y contraplano con la cámara en incesante movimiento. La película consigue dar forma también a una verosímil reconstrucción de época (estamos en el Queens neoyorkino de 1986) y retrata con convicción los ambientes mafiosos y la camaradería vidriosa en el ámbito policial (en el terreno del cine de género, Gray se mueve siempre con soltura), pero su verdadera ambición se dirige a otro territorio, que no es otro sino el de la gran tragedia norteamericana (la ambición, la culpa y la redención frente al señuelo del éxito y del bienestar). Sin embargo es ahí, precisamente, donde Paper Tiger no alcanza el espesor dramático y visual necesario como para terminar de insertarse en esas coordenadas. Tampoco ayuda la trama que se abre cuando la madre (una Scarlett Johansson no demasiado convincente) es diagnosticada de un tumor cerebral, lo que genera una dimensión melodramática que encaja con dificultad. No estamos por tanto ante la mejor película de su autor, pero sí ante una obra que se integra con plena coherencia en el universo moral de un cineasta claramente conservador cuyo discurso –prisionero de su propio laberinto imaginario– acaba desvelándose casi siempre muy reaccionario.