Jara Yáñez
Con respecto a hace veinticinco años, la palabra libertad hoy ha adquirido un significado mucho más complejo. Más en Argentina, donde el grito de Milei la ha connotado de manera violenta y terrible. Hace veinticinco años Lisandro Alonso firmaba La libertad (título esencial en el surgimiento de lo que se llamaría después el Nuevo Cine Argentino) y titular hoy su película como La libertad doble puede ser leído (nos gusta leerlo así) como una forma de resignificación y reapropiación del término. De revisión y reivindicación desde del presente de un concepto por el que hoy, de nuevo, sigue siendo imprescindible y urgente seguir luchando.
Alonso nos devuelve al contexto de su film de 2001 porque vuelve a Misael. Y lo vemos, en el primer plano del film, comiendo de noche, al calor y la luz de la lumbre, un armadillo. Cuando amanece lo vemos también, tal y como lo hacíamos en el inicio de aquel primer film, cortando troncos con una pericia hipnótica. Como si de una especie de remake se tratara, las secuencias reproducen casi milimétricamente el arranque de aquel film (también cuando cava un agujero antes de talar uno de los árboles mientras vemos colgando la botella de agua cubierta para protegerla del calor), pero Misael está más mayor y se sirve también de una motosierra (la asociación alegórica es casi directa). Los troncos, además, serán usados para vallar el terreno dentro del que se encuentra el lugar donde vive él, lo que vuelve a poner en primer término la resignificación de la libertad. El propio Alonso describió el film en la rueda de prensa de la Quincena como una metáfora. Y la capacidad alegórica del film proviene de la relación directa con lo real, de la observación sencilla y sin ornamento que recupera la mejor tradición del slow cinema…
Pero la doble libertad de la que el título habla puede referirse también a la inclusión de un segundo personaje esencial en el film: Micaela, la hermana de Misael (interpretada por Catalina Saavedra) de la que lo primero que sabemos es que se ha escapado del hospicio donde permanece encerrada desde hace quince años (siempre la libertad como telón de fondo). Pero los nuevos recortes presupuestarios (el contexto político entra de lleno) hacen inviable la permanencia de los internos en el centro y están pidiendo a los familiares que los recojan para ‘externalizar’ el servicio. La salud mental y la implicación política en el mantenimiento de una red de atención aparece como asunto esencial. Misael acude a recogerla y, de vuelta a casa, atravesarán las vayas que separan el pueblo del lugar donde vive.
La película se cierra con una secuencia de Misael hace veinticinco años, riendo a cámara. Es la misma que debía haber cerrado La libertad pero que fue finalmente eliminada del montaje para su estreno en el Festival de Cannes. Su recuperación ahora, como parte de esta ‘doble libertad’ multiplica la lectura que sobre el concepto propone el film. Ahora sí, podemos reírnos junto a Misael.








