Àngel Quintana
Guinea-Bissau consiguió su independencia de Portugal en 1974. Antiguamente formaba parte junto a Mali del Reino de Kaabu hasta que en el siglo XIX fue llamada la Guinea portuguesa por oposición a la Guinea española, actualmente Guinea Ecuatorial. Pedro Pinho decide centrarse en Guinea-Bissau para centrarse en confrontar la disonancia que, en plena época postcolonial, se establece entre el imaginario europeo y las consecuencias históricas, políticas, económicas y simbólicas que continúan jugando el viejo legado colonial. El resultado es O riso e a faca, una película que no solo habla de un país concreto, sino que reflexiona sobre todas las condiciones del postcolonialismo desde la lucidez, la ambigüedad y la necesidad de proponer una inteligente confrontación ideológica. África aparece dibujada como un espacio de contradicciones y el cine es utilizado como un instrumento para poder discutir y pensar.
La premisa inicial de O riso e a faca se centra en el viaje que lleva a cabo un ingeniero portugués a Bissau para trabajar en un estudio sobre las posibilidades de construcción de una carretera en la selva. El cambio climático ha hecho que unas antiguas marismas de arroz se llenen de sal debido a la subida del océano y las políticas de protección del medio ambiente señalan la necesidad de construir una reserva para proteger a una especie de hipopótamos en extinción. Para arreglar la situación se debe realizar una carretera que atraviese unos poblados y permita un acceso fácil a la ciudad de Bissau. La construcción de la carretera y el drenaje de unas lagunas puede ocasionar la muerte de viejas culturas indígenas de la zona que viven de forma autosuficiente de los productos de la naturaleza, pero también puede permitir un mayor acceso a la ciudad, acelerando el progreso. Como Sergio, el ingeniero que debe llevar a cabo el estudio, el director no parece tomar partido ante los hechos en ningún momento, sino estudiar las contradicciones. La carretera destruirá ciertas civilizaciones, provocará un éxodo hacia las urbes y precarizará la alimentación, pero ayudará a tener mejores conexiones sanitarias y educativas en los poblados. No obstante, si O riso e a faca se centrará únicamente en este debate, sería una película sobre los efectos del progreso, pero no una reflexión amplia sobre el destino de África ante la mirada de Europa.
La fuerza y excepcionalidad de esta gran película reside en que no se centra solo en hablarnos del cambio climático, la crisis del Antropoceno, la despoblación o la muerte de las antiguas civilizaciones, sino que va extendiendo su campo de acción a partir de muchas capas. El ingeniero descubre en las tórridas noches de Bissau otras formas de éxtasis, un modo de vivir con intensidad las pulsiones de su cuerpo. El exotismo lo lleva a romper con su mundo, a sentir una atracción por una visión hedonista que entra en contradicción con su condición europea. En el camino de búsqueda de la sexualidad se encontrará con contradicciones al plantearse hasta qué punto hay un turismo sexual, cómo funcionan las tratas de blancas o las redes de explotación. En el encuentro con la religión verá cómo en la zona el animismo está vigente en múltiples rituales ancestrales. Del mismo modo, se dará cuenta de que si acepta las propuestas económicas que le ofrece la empresa que lo ha contratado y hace un informe favorable a la urbanización de la zona ganará mucho dinero que se ha ido gestando a partir de la explotación de los otros. En este espacio de tensiones también estará presente el racismo. Los obreros blancos no quieren dar agua potable a los nativos y estos se preguntan por qué en Europa el agua potable también se utiliza para limpiar las letrinas. El racismo blanco hace gala de su viejo poder colonial, pero los nativos también muestran su racismo latente frente a quienes son de otros países o incluso a quienes pertenecen a otras culturas. Pedro Pinho deslumbró en Cannes 2017 con un maravilloso musical interpretado por obreros titulado La fábrica de nada, donde se reflexionaba sobre los restos de la lucha de clases en el Portugal de los años de la crisis económica. En O riso e a faca da un paso de gigante, rodando una película de tres horas y media a partir de improvisaciones con los actores, a partir de una minuciosa búsqueda antropológica. Aunque Cannes funcione como un gran circo romano en el que es fácil exagerar en la política del gusto, tengo la sensación de haber visto la mejor película realizada sobre el postcolonialismo africano.








