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‘Desquite’ fue un guerrillero liberal a cuya captura puso precio el gobierno colombiano y que terminó siendo asesinado por las autoridades en los años cincuenta. En 1958, el escritor Gonzalo Arango compuso una elegía con la que honrar su memoria y su lucha, y que vaticinaba el futuro de una Colombia sumida en la corrupción y la deriva política y social. Camilo Restrepo cierra Los conductos precisamente con las palabras de Arango, en una declaración de intenciones que advierte de la continuidad del conflicto que la propia cinta representa. Desquite es uno de los personajes principales (y de los pocos que aparecen en pantalla) de una película que se inspira en las memorias de Luis Felipe Lozano, más conocido como Pinky, que se interpreta a sí mismo en esta ficción. El sobrecogedor material de partida se traslada a la pantalla en una complicada operación de reconstrucción que se sustenta en la locura y la psicosis que padece su protagonista. Es por ello que la estructura se convierte en un galimatías indescifrable para el que no se ofrecen las herramientas adecuadas: desde la falta de información historiográfica o geopolítica, una reducción de los encuadres que elimina la posibilidad de completar los espacios, relaciones o contextos en los que se suceden los hechos, o la aleatoriedad de ciertos alardes formales que no parecen responder a cuestiones narrativas.

Aunque Los conductos se mueve en el terreno de lo experimental y de la abstracción, la propuesta no esconde su carácter reivindicativo y de denuncia. El discurso necesita sustentarse en sólidos argumentos que avalen un lúcida causa que parece perderse entre lo individual y lo colectivo, una enmarañada estructura con demasiada carga simbólica que no termina de encontrar un equilibrio entre los conflictos personales de su protagonista (principalmente identitarios) y los que lastiman a la sociedad colombiana.