Àngel Quintana

A finales del siglo XIX, en pleno estallido del affaire Dreyfus, Octave Mirbeau escandalizó a la sociedad francesa al dar voz a una criada llamada Célestine en la novela, Le Journal d’une femme de chambre. El punto de vista de la sirvienta fue considerado profundamente subversivo porque, a través de su mirada, la novela arremetía contra la hipocresía aristocrática, los prejuicios raciales y la violencia de clase de la época. Posteriormente, cineastas como Jean Renoir y Luis Buñuel retomaron el personaje de Célestine –con los rostros de Paulette Goddard y Jeanne Moreau– para acentuar esa crítica a las estructuras de poder y al patriarcado. Ahora, el cineasta rumano Radu Jude, bajo la producción de Saïd Ben Saïd, se pregunta de qué modo puede darse hoy voz a Célestine. En su versión, la protagonista es una trabajadora rumana empleada por una familia burguesa instalada en Burdeos. Mientras cuida de la hija del matrimonio, su propia hija permanece sola y desesperada en un pueblo de la región moldava de Rumanía. A partir de esta situación, Jude reflexiona sobre la migración europea contemporánea, la persistencia de la hipocresía burguesa y las nuevas formas de explotación y alteridad que atraviesan el presente.

Lejos de convertir la película en un drama social convencional sobre las mujeres cuidadoras, Jude opta por un tono irónico, ácido y lúcido. La película mezcla registros y materiales diversos: por un lado, una representación teatral amateur y grotesca del texto de Mirbeau, donde Célestine se enfrenta a distintas formas de patriarcado; por otro, los cuentos rumanos que la criada narra a la niña de la familia; y finalmente, las conversaciones en línea con su hija y con su madre, que introducen una dimensión íntima y contemporánea. El diario de la criada transcurre durante los meses de otoño, a la espera de una Navidad que debería significar el regreso de Célestine a su hogar. Sin embargo, los intereses de la familia y un accidente inesperado transforman esa esperanza en una amarga Navidad.


Jara Yáñez

Resulta difícil escribir, con la premura que obliga este festival, sobre un film que, efectivamente, como explicó Radu Jude en el Q&A posterior al primer pase del film en la Quincena: “pone juntas cosas heterogéneas para buscar una riqueza de significado y una potencia de interpretación mucho más compleja que la de cada parte considerada individualmente”. Señalemos entonces ahora apenas unos apuntes. La película se presenta a sí misma como una ‘variación’ sobre el relato original de Octave Mirbeau y, de alguna forma, es también un diálogo abierto con las cuatro adaptaciones cinematográficas previas (Martov, Renoir, Buñuel, Jacquot). Jude reproduce el formato original de diario a través de la demarcación de los días, entre los meses de septiembre y diciembre, en forma de cartelas que puntúan el relato a través de fragmentos de desigual duración y enfoque. El contenido de cada uno de esos segmentos es heterogéneo porque junto a las imágenes que retratan el trabajo de Gianina, la joven rumana que sirve en la casa de los burgueses franceses (cocina, limpieza, cuidado del niño…) se encuentran también imágenes grabadas con el móvil por París que ella le envía a su hija María y las que su hija a su vez le envía desde el pueblo de Rumanía donde espera su visita prometida por Navidad. A esto se suman además varios fragmentos de vídeos reales que circulan por las redes, secuencias cortas de algunos filmes clásicos en forma de homenaje o la representación teatral (los ensayos) de la obra de Mirbeau que la propia Gianina interpreta como actriz no profesional en la compañía de la universidad que busca ofrecer un lugar a los migrantes. Uno de los momentos más emocionantes del film, después de haberse destacado en varias ocasiones la capacidad de Gianina para contar historias (en un poderoso alegato metacinematográfico), recoge la narración del relato de Fat Fumos, un “cuento de hadas rumano” que ella le cuenta al niño y que se ilustra a través de las imágenes en ruinas de varias casas abandonadas…

La polisemia del film, su heterogeneidad, sus múltiples lecturas, se despliegan entonces desde la habitual sátira feroz del cineasta, desde ese agudo y corrosivo uso del absurdo cotidiano que congela la sonrisa, pero que alcanza aquí, un grado aún mayor de sofisticación. Porque esta multiplicidad informe de materiales y registros, se refleja en los temas: además de toda la reflexión que forma parte del libro de Mirbeau y que tiene que ver con la hipocresía moral de una burguesía europea que sigue funcionando hoy como ayer, Jude añade una mirada hacia la guerra, la explotación, el patriarcado, la migración e incluso sobre la imposibilidad de la propia provocación con respecto a estos temas. Y en paralelo al cuento tradicional que Gianina narra al niño, también el film de Jude puede leerse como un emocionante relato sobre la conciencia del paso vertiginoso del tiempo.