Cartografías en el tiempo

El cine de Xacio Baños ha orbitado en torno a las formas de mirar, tanto a los objetos como a las personas y los entornos. El retrato, la memoria y la arqueología han sido los prismas desde los que sus películas se han aproximado a las imágenes, aquellas que ya existían en forma de archivo o fotografías y otras nuevas que su cámara registra. Dentro de la sección oficial de documentales de la presente edición del festival, Baño ha presentado en una misma sesión dos trabajos independientes, el cortometraje 68 metros (2026) y el largometraje Después de las ciudades (2026), en los cuales plantea dos cartografías muy distintas a lugares pertenecientes a su propia historia. En el primero, un pequeño pueblo separado del mundo por un túnel de 68 metros abre una puerta a la infancia y a la memoria personal. A través de una serie de cintas de vídeo de finales de los años ochenta y principios de los noventa el cineasta vuelve a mirar a su propio pasado, revisitando ese entorno que arrastra un trauma que se esconde tras la cámara. La mirada sobre el imaginario infantil necesita apoyarse en el diseño 3D y el software de videojuego para enfrentar ese doloroso viaje al pasado. Se accede así a un tiempo y un lugar remoto jugando con lo que hay detrás de las imágenes, obligando al espectador a volver a mirar para resignificar los vídeos caseros desde el presente. Finalmente, el cineasta se vuelve un ser ajeno que mira un lugar que ya no es familiar, como si fuera un personaje expulsado de su propia memoria que solo puede regresar a través de un entorno virtual que nada se parece al pueblo filmado en las imágenes de archivo.

Por otro lado, en Después de las ciudades Baño se acerca a otro lugar conocido, en este caso las calles de Santiago de Compostela, encarando el estado actual de la ciudad desde la mirada de un viajero que habla en remoto con su hija. A través de un encuadre cuyos límites se distorsionan impidiendo extraer una imagen completamente limpia, la cámara se posa en las plazas, los comercios y los habitantes de la ciudad, todos ellos mediados por la globalización y las consecuencias del turismo masivo. El segundo elemento que entra en juego es otro tipo de imagen en cierto modo alterada: una serie de antiguas postales que recorren gran parte del siglo XX y que se venden en lote en los mercadillos de las calles comerciales. Esas cartas anónimas que el protagonista, que se revela coleccionista de este tipo de artículos, recopila y confronta con todo aquello que se encuentra por la ciudad, sirven de mapa iconográfico que combina una cierta imagen institucional con recuerdos, anécdotas y pensamientos que la gente depositaba en su reverso. En este caso, la cartografía de Santiago se vuelve un proceso colectivo que conecta pasado y presente, pues son tanto los propios habitantes contemporáneos como el narrador quienes leen el contenido que acompaña a las vistas de la ciudad. Este tipo de construcción semántica, en la que la inclusión de texto en pantalla o de una voz en off conduce la interpretación del metraje, constituye otro de los mecanismos habituales del cine de Baño. Si bien en ocasiones esa mirada condicionada juega en contra del espectador y la autonomía de las imágenes proyectadas, en el caso de las postales permite al cineasta establecer un cierto juego formal entre el recuerdo particular y la imagen que devuelve Santiago hoy en día, escudriñando, precisamente gracias a los documentos históricos, el futuro que les espera a las ciudades.

Nacho Álvarez