Carlos F. Heredero

Adaptación de una obra de teatro del dramaturgo francés Bernard-Marie Koltès (Black Battles with Dogs; una pieza que proyectaba llevar al cine el director senegalés Joseph Ramaka Gaï), la nueva relación de Claire Denis arrastra como una pesada losa la original arquitectura teatral de la que parte. Y esa losa delimita con fatalidad el muy escaso alcance de un film en el que los personajes se pasan casi todo el metraje perorando, pero no para desvelar las contradicciones entre lo que dicen y sus sentimientos o entre lo que hablan y lo que hacen, sino para explicar al espectador el pasado que arrastran o la trastienda de la situación en la que se encuentran. Esta metodología, de flagrante dimensión anticinematográfica, termina por diluir las supuestas cargas de profundidad con las que la directora pretende confrontarnos: la doliente realidad del colonialismo europeo en África occidental, la explotación de los recursos naturales y la extracción de materias primas, el racismo y la diferencia de clases, el sustrato homoerótico de la convivencia machista, el choque cultural y la violencia opresora del capitalismo blanco sobre el proletariado negro, por mucho que la primera esté aquí representada, para mayor virulencia, por los capataces y subalternos de los poderosos, quienes terminan por asumir los códigos y la moral de sus empleadores.

Es indudable que los temas conectan con inquietudes que ya conocemos en el cine de la directora (esta será, no lo duden, la coartada de quienes se empeñen en defender la película contra viento y marea), pero incluso en este ámbito el discurso de Le Cri des gardes (título que hace alusión a los cánticos nocturnos que intercambian los vigilantes del recinto cerrado por ‘la verja’ a la que se refiere el título anglosajón, y en el que viven los guardianes de la explotación petrolera) se muestra evidente y predeterminado de antemano, prácticamente desde el comienzo del relato. El conflicto dramático se ‘escenifica’ íntegramente –sin apenas disimulo– en el interior de ese espacio en el que los blancos se creen seguros frente a lo que consideran la amenaza exterior y en el que irrumpen dos extraños: el hermano del operario asesinado y la nueva mujer del capataz, que llega desde París. Pero los papeles del drama están repartidos y nada hay en las imágenes que pueda matizar o hacer algo más complejo su discurso, todo lo cual termina por convertir a las imágenes en una cansina ilustración teatral de no demasiado fuste.