Carlos F. Heredero

Este crítico confiesa su perplejidad, compartida a la puerta del cine con numerosos compañeros de profesión, eso sí: resulta muy difícil, por no decir imposible, entender realmente cuál es el tono, el registro, el diapasón elegido por el esloveno Olmo Omerzu para filmar una historia completamente descabellada que se atreve a lidiar con un tema tan complicado como es la enfermedad de la anorexia y que lo hace con tanta irresponsabilidad y con semejante frivolidad. Quizás si este disparate de guion se hubiera puesto en escena con una tonalidad de comedia esperpéntica acaso hubiera sido, no sé si más soportable, pero sí al menos no tan absurdo, puesto que todo en el planteamiento y en el desarrollo de este título incomprensiblemente incluido en la Sección Oficial del certamen resulta ‘fuera’ de la más elemental lógica dramática, dado que, en apariencia, el cineasta se toma completamente en serio esta historia en la que un padre recién separado (de vacaciones en la playa con sus dos hijos) contempla cómo su adolescente hija anoréxica se enamora de un joven delincuente, tras lo que finalmente ambos progenitores urden un engaño (vía mensajes telefónicos) para conseguir que su hija salga del grave estado de salud en el que cae cuando pierde contacto con su improbable novio.

De realización puramente mecánica y de imágenes tan planas como una pared, Ungrateful Beings es una coproducción multilateral entre Eslovenia, Francia, República Checa, Polonia, Croacia y Eslovaquia. Y francamente, tampoco se entiende que tantos productores y, con toda seguridad, tantos fondos de desarrollo se hayan puesto de acuerdo para poner en pie un guion de estas características, en el que no falta –para mayor ejemplaridad– otro sermón sobre lo beatífico que puede resultar para una pareja rota la lucha común por la salud de los hijos. Inefable.