Carlos Losilla
Hay una cierta estética en el cine contemporáneo que resulta problemática a la hora de interpretarla y valorarla. ¿Qué hacer con esos planos en movimiento, de colores saturados y encuadre variable, que siguen a los personajes como si se esforzaran en insuflarles energía? ¿Forman parte de una conspiración de la estética publicitaria para invadir las imágenes antes ‘sagradas’ del cine o se trata de un nuevo lenguaje que hay que descifrar utilizando nuevos puntos de referencia? Para muchos, esta duda ya está superada, pero a mí me sigue produciendo incógnitas. ¿Qué hacer con una película como La chica zurda, el primer largometraje en solitario de Shih-Ching Tsou? La cineasta taiwanesa codirigió con Sean Baker Take Out (2004) y en este film es él quien le sirve de apoyo en la producción, la escritura del guion y el montaje. ¿Es La chica zurda, entonces, parecida a las películas de Baker? ¿Y es entonces, la estética de Baker, parecida a la que describíamos al principio? Porque la de Shih-Ching Tou sí lo es, indudablemente. La chica zurda es un film a la vez enérgico y rutinario, lo primero porque avanza sin titubear, filmando de cerca a sus personajes, y lo segundo porque su planificación, precisamente por eso, no parece dejar espacio para pensar, nos adentra en un universo acharolado en el que la inmersión, como estrategia espectatorial, prima sobre la reflexión.
La chica zurda, por si fuera poco, podría continuar el debate sobre el realismo social que tiene lugar en otros espacios de esta edición de Seminci. Habla de una familia taiwanesa, y lo hace a partir de una niña zurda cuya hermana mayor parece rebelarse contra el mundo mientras su madre trabaja abnegadamente y la madre de esta se mete en asuntos turbios. Es una película, pues, sobre la economía familiar, y también sobre el dinero, y también sobre diversos modelos de mujer que no encajan en la tradición de su país, por otro lado inmerso en una profunda mutación. Las mujeres quieren ganar dinero, y los billetes pasan de una a otra, y luego a los hombres, como si su circulación implicara cierta sublimación del deseo: también está relacionado con el trabajo, por supuesto, y con el sexo, y con la maternidad y sus derivados. Pero ¿de verdad habla La chica zurda de todo eso o es solo un espejismo y, en realidad, estamos ante lo que se llama, no sé muy bien por qué, una feel good movie? Si me preguntan a mí, les diré que me sentí más bien incómodo con esa doble moral, estética y ética, según la cual una realidad dura y prosaica acaba expresándose en imágenes derivadas de la saturación cromática –está rodada con un iPhone– y la ausencia de profundidad, como si la vida debiera identificarse con lo que pueda filmar un móvil. Y quizá por eso los momentos que más me gustan de La chica zurda son aquellos en los que todo parece un cuento infantil contemporáneo, cuando se impone el punto de vista de la niña y el mundo, y el dinero, se hacen visibles a su medida. Cuando intervienen los mayores, como sucede siempre, todo se estropea.











