Print Friendly, PDF & Email

En Chile, la memoria obstinada (1997), Patricio Guzmán señalaba el riesgo del olvido, aún a pesar del dolor que genera el recuerdo. La película establecía además la relación necesaria entre el pasado trágico de un país y la asimilación que de ello hacen sus nuevas generaciones en el presente. El día 11 de este mes de septiembre se cumplirán cincuenta años del golpe de Estado en Chile que usurpó el poder al gobierno democrático de Salvador Allende, y desde nuestras páginas nos hacemos eco de ello con el convencimiento de la importancia ineludible de preservar la memoria histórica como mecanismo de asimilación crítica del propio pasado, como parte del camino necesario para la sanación y la superación tanto colectiva como individual y, también, como escudo protector frente a la inopia del futuro. Una necesidad, la de recordar, que quizás sea hoy más urgente que nunca frente a la confirmación definitiva del auge de los conservadurismos y la ultraderecha tanto en Europa como en Latinoamérica. Nos aproximamos así a aquel episodio histórico desde una doble perspectiva: la del cine que se produjo durante el periodo del gobierno de la Unidad Popular que quedó interrumpido, y la del cine de la democracia recién recobrada que, a partir de los noventa y hasta la actualidad, vuelve los ojos hacia aquel periodo con parámetros y modos de expresión distintos. Es el cine que se produjo en Chile antes y después de los oscuros años de dictadura de Pinochet y es también un cine que se piensa desde el compromiso político, como herramienta posible para el cambio y como mecanismo de debate, lucha y discusión. Es, en definitiva, como dijo Guy Debord, la expresión artística, ligada a la vida cotidiana como potencia política, que surge de la necesidad de transformar el mundo.

Una concepción que es posible aplicar, con sus particularidades, a la trayectoria fílmica de Nanni Moretti, protagonista también en este número de la revista, ahora que se estrena su última película, El sol del futuro. Porque el sentido del ‘yo’ en las cintas autorreferenciales del italiano sirve justamente para relacionar lo cotidiano con lo social, lo personal con lo político (si es que alguna vez estuvieron desligados) a través de lo cinematográfico. Pero también porque El sol del futuro, ya desde su propio título, pone en primer término la conexión necesaria entre pasado, presente y futuro que tiene, en este caso, algo de crepuscular, de despedida vital y profesional del cineasta, pero que viene a ahondar, precisamente, en la importancia de la memoria personal, colectiva y fílmica. El sol del futuro establece además sugerentes rimas y conexiones con la filmografía previa de Moretti y, más en particular, con Caro diario (Querido diario) (1993) y Abril (1998), junto a las que conforma una trilogía en la que, en palabras de Carlos Losilla, y a propósito del juego formal con la temporalidad: “La negativa a aceptar la unidimensionalidad del presente, su presunta inevitabilidad, también es una acción política: nada es imposible cuando tiene lugar la impugnación de lo real”.

Pero resulta significativo recuperar aquí, para cerrar, una referencia más que vincula los dos grandes asuntos de este número. Es Santiago, Italia (2018), el documental con el que Moretti reconstruye, en base a material de archivo y distintos testimonios, la antesala y los días del golpe de Estado en Chile para describir después el papel que tuvo la embajada de Italia como refugio para los opositores. Y es significativo porque, entre los entrevistados en el film se encuentra, precisamente, Patricio Guzmán, que empieza narrando la atmósfera y la situación emocional del país durante el gobierno de Allende, cuando es interrumpido por Moretti con una pregunta: “¿Y tú?”. El cineasta italiano no solo hace evidente con su voz, y por primera vez en el metraje, su presencia en él, sino que pone de nuevo en primer término la idea de lo personal como algo político. Guzmán
estaba “en medio de la gente”, explica él. Rodando El primer año (1972), la película con la que registraba mes a mes los inicios de Allende: “Que eran una fiesta estupenda”, concluye el cineasta. Una fiesta que contenía en su interior, vista hoy, toda esa “melancolía de izquierda” y de “futuros perdidos” (como explica Iván Pinto en su texto) que son los que se ven reflejados, a su vez, en el espíritu y el estado de ánimo con el que Moretti cierra El sol del futuro.

Jara Yáñez