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Intencionadamente críptica en sus primeros compases, la ópera prima del cineasta Alex Schaad plantea una serie de preguntas, donde el concepto metafórico, “meterse en la piel del otro”, adquiere un significado literal. ¿Qué somos? ¿Nos define nuestra identidad física o mental? ¿Es el cuerpo el que somete y transforma a la mente? ¿O es un todo indisoluble que cuando no está en equilibrio provoca una crisis de identidad? Partiendo de un concepto entre la ciencia ficción y lo místico -la posibilidad de intercambiar nuestras mentes y nuestros cuerpos- la cinta de Alex Schaad obvia e inhabilita la posibilidad de derivar el relato hacia el terreno del género y lo que propone a cambio es un ensayo ético y filosófico acerca de aquello que conforma nuestra identidad completa como ser humano.

Un ensayo que explora el conflicto entre mente y cuerpo, de la imposibilidad de disociarnos de nuestra carcasa orgánica, la delimitación de nuestra percepción y nuestra concepción de lo real y del yo por la materia orgánica que nos protege. Y un paso más allá, la destrucción, ruptura y sublimación del deseo físico una vez desprovistos de ese cuerpo biológico que nos define y a la vez nos aprisiona. Un concepto que deriva el relato hacia los terrenos más alejados del deseo sexual heteronormativo, de la imposibilidad de definir a ciencia cierta qué es lo que nos atrae y nos enamora del otro y la pesadilla de pertenecer a un cuerpo que no se siente como propio. 

Para desarrollar este discurso, Alex Schaad demuestra un dominio de la técnica y el pulso cinematográfico a partir de una obra que se asemeja perpendicularmente al Midsommar de Ari Aster. A partir de ahí, Schaad aporta a su trabajo de una atmósfera atenazante y opresiva, podríamos decir que incluso agorafóbica, incorporando a su mirada las aportaciones del mencionado Aster y autores como Lars Von Trier -ese arranque especular al tono del primer acto de Melancolía– y la aspereza bucólica del mejor Ingmar Bergman. Todo para responder finalmente a la pregunta que sobrevuela a la obra. ¿Qué amamos o deseamos? La máscara exterior, o aquello que anida en el interior de ese envoltorio deseable. La respuesta, al igual que el desenlace del largometraje, es esquivo e inabarcable.