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La Gomera es una película mucho menos excéntrica de lo que parece. ¿Cine negro situado en las Islas Canarias? Sí, pero también en Bucarest, de manera que el sol y la luz se oponen constantemente a la lluvia y las sombras. ¿Una intriga en la que el silbo, el idioma a base de silbidos inventado por los guanches, adquiere una importancia fundamental? Por supuesto, y sin embargo hay igualmente un policía desencantado y una femme fatale, una trama endiablada y algún que otro tiroteo. Frente a esta intriga que imita y tritura muchas otras, y que al final es lo menos importante, se plantea una distancia, la conciencia de que ese tipo de cine ya no es posible. Corneliu Porumboiu, el más imprevisible de los nuevos cineastas rumanos, continúa así el discurso metafílmico de Politist, adjectif o Metabolism. Y los fragmentos incluidos de Centauros del desierto o Un comisar acuzã, un oscuro thriller rumano de los setenta, no hacen más que contribuir a prolongar indefinidamente esa mise en abyme que empieza en España y termina en el Caribe, un viaje vertiginoso cuyos temas no son ni la traición ni el deseo, sino el  tiempo y el lenguaje.

En efecto, La Gomera acaba desactivando cualquier tipo de suspense en beneficio de una acumulación de capas y sustratos, como si todo proviniera de un origen al que ya no se puede volver. El silbo y los paisajes agrestes de la isla son, en el fondo, como el pasado turbio de un país, Rumanía, aún enfangado en la corrupción y el fraude que supuso la era comunista. También como el cine, que guarda misterios que ya resultan indescifrables. De ahí que la película se estructure en pequeños fragmentos (titulados como los nombres de los personajes) que van adelante y atrás en el tiempo, que acaban conformando un puzle inextricable en el que nada es lo que parece. El policía está en los dos lados, en el de la ley y en el de los mafiosos, y el juego de máscaras resultante, subrayado por una selva insondable de cámaras y micrófonos, de monitores y grabaciones, gravita hacia una cuestión que también se sitúa en el exterior de la película, que la contempla desde fuera como si se tratara de un artefacto cuyo funcionamiento hay que descifrar: ¿cómo espiar a una máscara, de qué manera sacar a la luz la personalidad de quienes siempre están fingiendo? Y eso, también, aplicado al cine: ¿cómo mirar, observar al film noir clásico cuando se presenta como aquí, bajo múltiples disfraces, cuando ya es solo un desfile de revenants?

Se trata, entonces, de descifrar lenguajes, desde el silbo hasta los códigos del cine negro. Con ello, es cierto, los personajes pierden en espesor y complejidad, y la intriga queda reducida a su esqueleto, una especie de escenario múltiple en el que se mueven arquetipos que quieren humanizarse a toda costa pero casi nunca lo consiguen. ¿Importa eso? Más bien no, desde el momento en que ni La Gomera ni Porumboiu intentan regresar al pasado, articular un thriller que siga cumpliendo todas las promesas del género tal como fue concebido. Al contrario, su deconstrucción puede parecer fría y en ocasiones demasiado teórica, pero a su vez nos procura otro tipo de emoción, la que se desprende de ver e interpretar… Pues ahora, claro está, el cine tiene otros objetivos, y una pregunta resplandece al final de la función: ¿qué lenguaje necesitamos conocer en este momento, qué nuevo silbo, para disfrutar plenamente de películas como esta?

Entrevista con el director en Caimán CdC nº 102 (153), marzo de 2021