Print Friendly, PDF & Email

En su libre adaptación de The Beast in the Jungle, novela corta de Henry James, Patrick Chiha encierra a los personajes durante veinticinco años (desde 1979 hasta el 2004) en un club nocturno que vive la transición de la música disco al techno. Mientras los protagonistas resisten perennes el paso del tiempo, la Historia transcurre en un inmenso fuera de campo y atraviesa el relato de refilón con pequeños detalles que dan fe de los estragos del SIDA en los ochenta o de la caída del muro de Berlín o las Torres Gemelas. El joven John sintió desde muy temprana edad el presentimiento de que un acontecimiento, un absoluto entre amenazante y bello al que llama “la cosa” –y, más adelante, “la bestia”– iba a llegar algún día para transformar su existencia de forma definitiva. Hace diez años, durante las celebraciones de La Sardinade, cometió la imprudencia de confesar a May su secreto. Cuando ambos, irremediablemente atraídos el uno por el otro gracias al misterio compartido, se reencuentran en la discoteca, deciden reunirse cada sábado para aguardar la llegada de la bestia.

Chiha fabrica un artefacto estilizado a través de filtros cromáticos y juegos de iluminación que transforman el espacio a lo largo de los años y generan una atmósfera en consonancia con el estado mental del protagonista, completamente atrapado en su propia abstracción psicológica. Sin caer en extravagancias, la cámara baila alrededor de los cuerpos en constante celebración, capturando la energía del club nocturno, templo de la modernidad y uno de los pocos lugares donde, hoy en día, nos permitimos huir de la realidad y suspender el tiempo. Si bien es cierto que la cinta parte de una premisa compleja que atenta contra los principios de la acción dramática –aquí, la única tarea de los personajes es la espera– y esto provoca que diálogos y acciones se sientan más teóricos que vivos, el relato, al igual que la obra original, consigue arrojar bellas reflexiones sobre la necesidad de resistir el pulso de la evasión para comprometerse con el amor y la vida.

Yago de Torres