Carlos F. Heredero
Primera película de la exitosa escritora y comisaria de arte japonesa Maha Harada, In my Father’s Room es la adaptación fílmica de su propio relato Un hombre innecesario, título que alude a la consideración que tiene la esposa de su propio marido, la figura paterna cuya silenciosa y desconocida vida interior empieza a descubrir su hija Satomi (ya con cuarenta años; vigilante de salas en un museo de arte) tras el fallecimiento de su progenitor. Todo comienza cuando la protagonista recibe un sobre que contiene una enigmática llave, genuino macguffin que dispara la investigación emprendida por Satomi sobre la vida de su padre: un hombre introvertido y callado, trabajador anónimo en empleos subalternos, pero en realidad refugiado en su devoción por la poesía, la liturgia propia de la ceremonia del té, los objetos de arte antiguo y la belleza de la creación estética.
Hablaba el añorado y querido Ángel Fernández-Santos, a propósito de El sur (Víctor Erice, 1982), del ‘inevitable ajuste de cuentas entre un padre y una hija’ que latía bajo aquel inolvidable film, pero también bajo Elisa, vida mía (Carlos Saura, 1977). ‘Ajuste de cuentas’ emocional que aquí emprende Satomi de manera retrospectiva, cuando siente que desconoce la verdadera personalidad de su padre y trata de comprender lo que verdaderamente se esconde bajo sus silencios y su soledad. En ese camino, su madre, un joven anticuario con el que su padre se relacionaba y un conservador del museo en el que ella trabaja serán las figuras que la servirán de guía para ir destejiendo la madeja y para adentrarse, poco a poco, en el callado universo poético de la figura paterna, en buena medida a través de los rituales tradicionales en torno al té y de la experiencia artística.
De trazo visual limpio y preciso, de puesta en escena tan pudorosa como evocativa, y de construcción narratológica llamativamente armónica a pesar del riesgo que supone la intromisión de los flashbacks que reconstruyen algunas momentos de la existencia paterna, esta más que apreciable ópera prima se muestra capaz de ahondar con sencillez y sin engolar nunca la voz en los secretos vínculos emocionales que el padre mantenía con su hija y en la dimensión del arte (vía Mark Rothko) como puerta abierta a un mundo que nos puede enriquecer de manera sensorial sin necesidad de ser explícito en sus formas de representación. Es una conquista más que notable para un primer film que nunca cae en la tentación de la autocomplacencia estética, pero que sabe jugar de manera expresiva con el peso del pretérito sobre el presente y con la muy intencionada gama cromática que evoluciona (también en el vestuario de la protagonista) del negro al blanco luminoso como expresión interior del recorrido existencial por el que transita.











