Carlos F. Heredero
Lo que en realidad es una serie de Netflix, adaptación de unos cuentos de Mariana Enríquez, se presenta en Donosti como una (no) película en la que los créditos de principio y de final de cada capítulo han sido sustituidos por una prolongada pantalla en negro que interrumpe el relato de la historia de forma intermitente. El recurso (más que discutible y de resultados casi desastrosos para el seguimiento de la narración) no ayuda nada a la asimilación de una apuesta muy difícil: la traslación al cine de un material literario que al chileno Pablo Larraín se le escapa por completo, dada la planicie visual, la falta de vibración emocional y la confusión dramática que destila todo el conjunto, a modo de esforzada ‘ilustración’ del original.
Se intuyen al fondo el universo singular de la novelista y algunos temas reconocibles: la presencia de los muertos entre los vivos, la marginación de clase y un urbanismo periférico degradado: un escenario casi distópico (al borde de lo apocalíptico) por el que los fantasmas de los desaparecidos dialogan con los personajes en torno a la figura de Ema, una doctora recién jubilada que intenta asimilar la muerte de su madre, la llegada de su sobrina y el asesinato de tres adolescentes en una barriada periférica atravesada por la violencia. Con todo, la fotografía deliberadamente sucia y desleída, el registro seco de las interpretaciones y, sobre todo, ese disparatado recurso de ‘velar’ el rostro de los fallecidos con un efecto digital que los convierte en casi transparentes cuando se hacen presentes en la existencia de los vivos (una herramienta mecánica que arruina por completo la pretendida dimensión ‘fantástica’ de la propuesta) echa por tierra toda posible empatía con una película (o lo que sea) fea de solemnidad, y no como expresión de la fealdad social del entorno que retrata, sino como resultado artístico y en realidad ortopédico de la propuesta.











