Eulàlia Iglesias

Wim Wenders produce este primer largometraje de Katharina Rivilis en torno a una joven alemana, Franny, que aterriza en Nuevo México como estudiante de intercambio en 2001, el año del atentado de las Torres Gemelas. Y el arranque del film conecta con Paris, Texas (Wenders, 1984) al acercarse al paisaje de western de este territorio fronterizo desde una perspectiva entre la fascinación y la extrañeza. Un punto de vista que la directora consigue mantener a lo largo de casi toda su película, una sorprendente ópera prima que recoge el espíritu de un cierto cine juvenil de diferentes épocas, desde ese Wenders de los setenta y los ochenta (no solo el de las incursiones en Estados Unidos) al cine independiente de los noventa y principios de los 2000 que tuvo en Gus Van Sant a uno de sus principales representantes. Todo ello incorporando una visión en femenino de la experiencia juvenil y del desarraigo, menos habitual en estas películas.

Proveniente de la antigua Alemania oriental, Franny tiene que adaptarse a su nueva situación: estudiar un año en el instituto de un pueblo de mala muerte cerca de la frontera mexicana. Al choque cultural (estudiante europea que cita a Heinrich von Kleist, canta canciones de P.H. Harvey y adora a J.D. Salinger en un entorno con otras costumbres y marcos mentales) se le suma el trauma que genera en el pueblo los atentados del 11-S. A pesar de todo, Franny entabla amistad con algunos de las compañeras más en los márgenes, y se enamora del cantante de una banda alternativa local. Rivilis combina las imágenes en vídeo grabadas por la protagonista de su experiencia cotidiana con una puesta en escena muy poderosa a nivel visual, en que destaca el carisma de la joven actriz Naomi Cosma. La directora demuestra tener ese ojo especial para captar el magnetismo físico de los jóvenes protagonistas sin sexualizarlos, y recoge las emociones confusas que se labran en el umbral de la vida adulta. La película pierde fuelle en su último tramo, quizá coincidiendo con la progresiva integración de Franny en su entorno. Y sobre todo se encalla en la historia de (des)amor, lo que la deriva hacia los caminos más trillados del coming of age. A pesar de todo, I’ll be gone in June resulta una de las óperas primas más estimulantes de este Regard, un film que recupera el espíritu del cine juvenil, se integra con fuerzas renovadas en diferentes tradiciones, ofrece soluciones visuales muy interesantes, introduce a una actriz a tener en cuenta y revisa el imaginario estadounidense desde la perspectiva europea.