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Una mansión derruida y abandonada y un fondo negro de estudio de grabación. De estos espacios precisan Larissa Sansour y Søren Lind (colaboradoras habituales y creadoras de In Vitro, 2019 o In the Future They Ate from the Finest Porcelain,  2015) para ficcionar pequeñas fracciones de la memoria de la cineasta palestina en su último cortometraje. La cinta combina imágenes de archivo, metraje grabado en Super 8, y objetos (con un significado personal para la directora) que se proyectan, aislados, sobre esta pared negra. Se acentúan las secuencias donde la cámara explora la mansión, retratada con ruidos lejanos y espacios vacíos que se evidencian con marcos en los que había fotografías; pero ya no las hay. Esta amalgama de procesos y técnicas imita en cierto modo el funcionamiento de la memoria. Imágenes recurrentes, que ya han sido proyectadas en la mente de la directora, pero que se abordan desde otras perspectivas. A las que se accede desde otros lugares o tonos. Siempre en busca de significados, que mutan, desaparecen, o son arrebatados por una fuerza mayor. De esta base parte Sansour que, haciendo uso de su propia memoria, habla sobre el poder de la ficción para recuperar, mantener y proteger lo que nadie tiene derecho a expoliar: El recuerdo de una infancia.

La narración en off acompaña durante todo momento al relato recreado en el conjunto de estas imágenes. El texto de la directora, entonado con entereza por Sofia Asir, repasa la historia de la lucha palestina mediante una ‘crónica familiar’. Recupera la imagen de su padre, quien recorrió la Unión Soviética e Irak en la odisea particular en la que conoció a su madre. Esta reconstrucción, donde elementos y utensilios tan personales como una vieja máquina de coser o un dominó de mesa adquieren un valor colectivo y genérico, funciona como una manera de preservar la memoria de todo un pueblo, que desde hace más de setenta años, lucha por que su identidad no se vea degradada. En el último plano del film, en una de las expediciones de la cámara por los pasillos inhóspitos de la mansión, la viva imagen de Sansour termina fundiéndose en negro con los marcos vacíos al unísono del off: “Cosechas de aceitunas, Pascua, Navidad, bautismos, más nacimientos, más muertes […] todos vivimos nuestras propias ficciones. Todas las familias tienen sus ficciones, sus silencios, sus fantasmas, sus máquinas de coser en la terraza”. Instantáneas infinitas que perviven y pervivirán en la inexpugnable fortaleza de la memoria. Hugo Lorente

 

La primera respuesta de por qué se es un exiliado es simplemente esta: porque me dejaron la vida, o con mayor precisión: porque me dejaron en la vida.

 María Zambrano

A modo de diapositivas desfilan de dos en dos objetos inconexos en un fondo negro. Estos objetos aparecen de la misma manera en el imaginario de Larissa. El minuto veinte de Familiar Phantoms nos revela el lugar sobre el que se construye la cinta, la obligación burlona y tortuosa que se adhiere a la memoria del exiliado: conectar los puntos de manera precisa entre el pasado, el presente y el futuro para así continuar existiendo. Se negocia aquí la voluntad de decidir sobre los propios recuerdos y la posibilidad de tejer múltiples miradas a través de una sola. La posibilidad de construir sin miedo a la ficción, si es que alguno de los recuerdos consigue huir de la oscilación entre lo ficticio y lo verídico.

En esta, su propia arqueología, fragmenta a través de la imagen y el espacio los distintos lugares –acompañados de sus formas– mediante los que la memoria se hace aparecer y puede ser cartografiada. Larissa (Sofie Baldgiev) se adentra  lentamente en la casa en la que fue criada, la misma a la que su bisabuelo volvió tras ser exiliado. El ojo de la cámara encarna su propio ojo. Habitación tras habitación se busca a través de la tierra Palestina, siempre volviendo a lo que hoy perdura, una casa en ruinas que ya no le pertenece. Las imágenes en Super 8 brotan buscando junto a su voz aquellos rincones que a través de ella siguen aún con vida, conversando con fotografías e imágenes en digital, interrogando al territorio sobre el paso del tiempo y la perdurabilidad. Cada formato trae consigo un presente distinto, y con él, un narrador que forma parte de aquel tiempo de manera inasible, el ojo que mira tras la cámara, el ojo que guardó aquella historia. 

Las imágenes se convierten en continuos inicios, en retratos que se vuelven para preguntarse a sí mismos su lugar de pertenencia. La máquina de coser Singer, los soldados de juguete, la enfermera del pueblo mujer-aguja-diabólica, los albaricoques de verano, la vida privada de las profesoras. La época, el periodo, el lugar concreto que se desarrolla durante un tiempo se siente atravesado por las interrogantes que presenta la propia Larissa en la voz narrada desde otro tiempo, desde otro lugar. La imagen se destila, haciendo funcionar cada fotograma como una sola historia con su principio y su final, como memoria histórica pero también personal. El film funciona como el engranaje de una ópera, haciendo visibles sus mitos y sus falsas promesas, sus héroes y sus villanos, su pena y su luto. María Sampedro Laca

 

Sin embargo, confío en que mis propios recuerdos me digan quién soy, incluso si eso me convierte en una ficción.

Las imágenes siempre han podido hablar por sí solas. En ellas, nos enfrentamos a la oscuridad a través de la pantalla. Cómo sentimos que saltamos de pensamiento en pensamiento cada vez que se torna negra. Familiar Phantoms es la construcción de un relato que aún no ha culminado. Sus circunstancias lo afirman; Palestina lleva años siendo ocupada ilegalmente por el estado israelí. Nuestra narradora, Larissa Sansour, nos guía inadvertidamente por un recorrido familiar sin contexto. No es necesario, sus directoras distorsionan la tragedia de sus historias al establecer una atmósfera distinta: travellings lentos de habitaciones, acompañados de música calmada. Su puesta en escena no es cónsona con sus relatos, pero es abrumador cómo los espacios que para Larissa traen recuerdos oscuros, continúan propagando el mismo terror que les adjudicó de joven. Como si sus miedos se convirtieran en, como ella menciona, profecías.

Las recreaciones no son exclusivamente suyas, sino de las anécdotas que sus familiares compartían entre sí. Son instancias cotidianas que transmiten una pesadez emocional que se ata a sus ideales. Desde quemar propaganda política hasta los dibujos hechos por niños en las calles, cada espacio captura una energía particular de las circunstancias que vivieron y no volverán a vivir estas personas. Para Larissa, la recolección de objetos caseros se siente invasiva, pero como espectadores, visitamos una exhibición de reliquias perdidas en el tiempo. Para ella, son “el libreto de nuestro desvanecimiento”, pero plasmarlas cada una representando un pequeño rincón de lo que fue su hogar permite que ese recuerdo perdure. Son las reliquias que mantienen viva su memoria y las que la cámara captura como si fuesen de un museo que aloja fantasmas. Larissa Sansour y Søren Lind retratan y exploran estos eventos desde el exterior, viviendo en un estado constante de ficción. La realidad se vuelve subjetiva al sembrar símbolos que continúan causando ruido: el melón cortado a la mitad, lo poético detrás de la persecución (esconder panfletos propalestina entre los colchones del sofá), la imagen del padre de Larissa versus su ardua vida. Hay tanta resistencia en cada marco presente, que no hay espacio para asumir. Familiar Phantoms afronta con explicitud cómo el dolor subsiste, aunque la violencia siga en las pantallas de los celulares. Ricardo Santana

 

Una mansión abandonada. Unas escaleras que llevan a ninguna parte y que parecen no acabar nunca. Una pared repleta de marcos de fotografías en negro, sin momentos aparentes que albergar. Historias calladas y reprimidas. Familias separadas. Silencios. Fantasmas del pasado. La artista Larissa Sansour retoma la labor reivindicativa de su obra en Familiar Phantoms, su sexto proyecto como directora, y vuelve a poner el foco sobre Palestina. Esta vez va un paso más allá y el salto lo hace a su retina, directamente a su memoria. Desde la que fuera –o recrea ser– la casa en la que se crio y fue escenario de su infancia, la protagonista de este documental bucea entre recuerdos, sonidos y objetos para, a través de la historia de su familia, narrar la dureza y desolación del exilio, la pérdida y los reencuentros. “Palestina es una sala de espera. Un lugar de llegadas y salidas.”

El tándem formado por Sansour y Søren Lind se sirve de un melancólico y lacrimógeno montaje formado por filmaciones caseras en Super 8, fotografías familiares y recreaciones de situaciones cotidianas, como un padre pidiendo ayuda a su hija, que lindan con una continua, y desconcertante en ocasiones, voz en off para tejer –como con esa ruidosa máquina de coser con la que relaciona a su tía– un entramado de recuerdos personales que sirve como red y ejemplo de lo que vivió una generación marcada por el conflicto político y la guerra. Un libro abierto sobre la mesa por la página de Palestina. En apenas cuarenta minutos y como si nos asomáramos de forma clandestina –e incómoda– a los álbumes de fotos y recortes de una familia, las autoras muestran cómo una niña recuerda –o se adueña de recuerdos ajenos– un pasado que habla más que nunca del presente. La memoria biológica que crea generaciones.

Un discurso que queda enmarcado en una filmografía más que coherente y reivindicativa, pero que en esta ocasión queda diluido en una vorágine abstracta de imágenes que por sí solas no hablan –rozan más lo artístico– y una voz que, en contra todo pronóstico, quiere abarcar demasiado. Una rayuela pintada en el patio, un tablero de ajedrez, un puñado de soldaditos de plomo, la sensación de una tarde de verano. Todo son fantasmas que sobrevuelan y crean recuerdos de lo que fue una infancia y pasado que iba pasando mientras que, en el piso de abajo de esa mansión, ahora abandonada, el infierno se abría paso entre el olor a café, a detergente y unas piezas de juegos infantiles tiradas en el suelo. Sheila Bonoso