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Para cualquier espectador profano un partido de béisbol es una auténtica rareza. Los partidos son larguísimos, no hay ningún sentido del ritmo y el público puede ir comiendo hot dogs y bebiendo cervezas, mientras espera que en algún momento tengo lugar el tiro esencial y la competición avance. En ese juego de la espera, de la dilatación y de la no emoción, los expertos buscan que se produzca un Eephus, un tiro de pelota a escasa velocidad que puede generar efectos clave en el desarrollo del partido. La película Eephus también avanza con escasa velocidad y nos sumerge durante todo su metraje en un partido de béisbol que nunca quiere acabarse. Estamos en algún lugar de Nueva Inglaterra, en un campo que debe derribarse para dar paso a una construcción. Los jugadores de dos viejos equipos de segunda categoría se reúnen para jugar el último partido. Casi todos ellos son cuarentones, han lanzado muchas pelotas a lo largo de su vida y han bebido mucha cerveza entre carrera y carrera. El béisbol es su pequeño mundo y este está amenazado con derrumbarse.

Aunque oscurezca y las luces del campo no funcionen, los jugadores no pueden abandonar el último partido porque algo se acaba y no hay vuelta atrás. Los jugadores lanzan pelotas, los bateadores intentan atraparlas y en la banqueta, mientras esperan, algunos personajes hablan de cosas banales y otros de cosas trascendentales. A veces hablan de sus penas, otras cuentan algún chiste y  no cesan de repetir todo lo que les ha enseñado el deporte como paradigma de aquello que ya no volverá. La partida no cesa. Los jugadores la siguen atentamente, pero no importa quién gane, ni quién pierda. No hay emoción, ni ritmo, solo un profundo sentimiento de tristeza. Eephus podría haber sido dirigida por Richard Linklater, pero está dirigida por un joven cineasta, Carson Lund. Todo es terriblemente americano pero su grandeza está en mostrar una América en la que la amistad lo es todo y en la que el crepúsculo es algo inevitable. No es ninguna casualidad que al final se evoque a Joe Dimaggio y que suene una balada interpretada por Tom Waits.

Àngel Quintana

El lanzamiento Eephus (en hebreo ‘nada’) es el menos común de los pitcheos y, tal como se explica en el film, es el que describe una curva muy lenta que sube muy alto y cae repentinamente hasta la zona de strike. Es el que no se ve venir… Hay muchas conversaciones sobre béisbol en el film de Carson Lund (uno de los miembros fundadores de Omnes Films, un colectivo de cineastas independientes de Los Ángeles) pero no es necesario estar familiarizado con las normas de este deporte para conectar con su carácter poético y simbólico. Eephus sucede en un único día y un mismo lugar: el humilde y ya decrépito estadio de béisbol de los Soldiers Fields que será demolido justo el día siguiente, tal y como nos explica la voz en off radiofónica que va puntuando de vez en cuando el relato. Por eso Eephus es una película crepuscular que habla de lo que se acaba y reúne para ello un variopinto grupo de aficionados a este deporte que se juntan para jugar todo el día y al que se suman quien va anotando las puntuaciones, algunos jóvenes que se acercan para mirar un rato o incluso el viejo encargado del food truck de pizzas que también va allí por última vez.

Pero Eephus es un film crepuscular también por su puesta en escena, por el hecho de estar filmada en otoño (con los colores de las hojas de los árboles como señal y porque Halloween no se ve pero está de fondo también en las conversaciones) y por transcurrir desde el inicio de la mañana y hasta que la oscuridad de la noche (el estadio no tiene contratadas las luces) lo inunda todo. El paso del tiempo (marcado por subtítulos que van señalando los momentos del día) y también la presencia de las nubes que pasan, los distintos matices de la luz a lo largo del día o incluso el movimiento de las hojas en los árboles otoñales (en lo que es además una bonita referencia a James Benning), además de las conversaciones distendidas entre ellos, de las cervezas, las carreras en baja forma y algún golpe, marca una particular cadencia que nos acoge de principio a fin.

Eephus es una película sencilla en apariencia que sin embargo nos habla de los lugares que son refugios, aquellos en los que poder encontrarnos con el otro y compartir simplemente el tiempo que pasa o incluso reconectar con la juventud, el juego y lo lúdico. Un espacio de comunidad donde estar tranquilos y que sin embargo, como la propia película, se acaba, cuando se va la luz.

Jara Yáñez