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El cine está atravesando un cierto regreso al orden, si se puede llamar así. Y no me refiero ahora al retorno de la ficción y sus tribulaciones, con ejemplos múltiples que otro día les expondré con más calma, sino más bien a la recuperación de un cierto sentido de lo emocional y lo directo que resulta cuanto menos turbador tras años de no ficciones y distanciamientos diversos. Frente al cine de la ausencia, el cine del desborde. Y en esto los temas relacionados con la problematización de las convenciones sexuales  se está convirtiendo en un terreno fértil para experimentos y tentativas. Lukas Dhont ya ensayó tales derivas en Girl, su primer largo, y ahora, con Close, vuelve a ello abandonando incluso el minimalismo de su debut para lanzarse a un relato mucho más abierto, o abiertamente melodramático, que se centra en la peripecia de dos muchachos adolescentes cuya relación genera desconcierto en su entorno y termina con la soledad dolorosa de uno de ellos.

Close habla así de amistad y quizá de homosexualidad, de iniciación a la vida y aprendizajes varios, y pretende hacerlo a través de dos estrategias que son ya tópicas en este tipo de cine: llegar al fulgor a partir de la inocencia de la imagen y hacerlo con el pudor correspondiente, es decir, sin exhibicionismos de ningún tipo. Fulgor y pudor, pues, y las difíciles relaciones entre ambos. Los problemas empiezan, sin embargo, cuando Dhont se confirma como un cineasta mucho más convencional de lo que parece, algo que ya asomaba la cabeza en Girl, e intenta realizar esa mezcla en cada momento del film, casi en cada uno de sus planos, otorgando a la puesta en escena una intensidad digna de mejor causa y, a la postre, más construida y artificiosa de lo que pretende. Por decirlo de otro modo, si me permite el juego de palabras un tanto fácil, va en busca del fulgor sin pudor alguno y por ello cae en un impudor fulgurante. Pues no basta con filmar a dos adolescentes corriendo y corriendo, en medio de un dudoso esplendor floral, para sugerir felicidad y plenitud. Ni mucho menos, en la segunda parte, someter al superviviente de la pareja a un constante asedio de situaciones emocionales límite para luego filmarlo invariablemente al borde del llanto. Dhont es demasiado consciente de que quiere hacer cine pudoroso como para lograrlo, con lo cual su puesta en escena deviene paradójicamente ampulosa y excesivamente codificada, de la misma manera en que persigue con excesivo celo el fulgor de las imágenes como para que el resultado sea creíble. Vemos más el proceso de un cineasta siempre esforzándose que el producto de ese empeño. Y el relato, en fin, exhibe tanto más sus costuras cuanto que las intenta ocultar con excesivo denuedo: lo que se desbordan no son, así, las emociones, sino sus modos de fabricación, tan laboriosos como agotadores.