Decía Serge Daney, al respecto del controvertido travelling de Kapó (Gillo Pontecorvo, 1960), que si algo había aprendido en el ejercicio de su oficio era que “se debe tener en cuenta que la esfera de lo visible ha dejado de estar enteramente disponible, que hay ausencias y huecos, imágenes que faltarán siempre y miradas para siempre insuficientes”. A primera vista, la trayectoria y el compromiso de la documentalista Paula Palacios queda patente en su reiterada aproximación a las tragedias migratorias, los conflictos bélicos de territorios olvidados o la guerra cultural y secularizada que sobrevuela en el imaginario occidental. Una honestidad que ya se intuía en su segundo trabajo, Cartas mojadas (2020), en el que narraba el drama migratorio por medio de sentidas misivas de madres a hijos. Desde entonces, su preocupación por la deriva deshumanizadora de los países encargados de acoger y proveer esperanza ha ido en aumento hasta concretarse en este proyecto cuyo punto de partida es Ali, un joven refugiado que se vio obligado a huir de la guerra de Somalia cuando solo tenía catorce años.

Sin embargo, conforme se desarrollan los tres episodios en los que se divide la cinta, la toma de decisiones formales y un accidental distanciamiento cultural e ideológico disfrazado de cercanía y horizontalidad, dejarán ver el limitado entendimiento acerca del autoexilio, la huida o el derecho al anonimato. Aspectos que en múltiples casos van ligados al desarraigo del migrante y que son imposibles de condensar en un mero deseo de prosperidad. A pesar de la fraternidad y la visible conexión que demuestran los dos coautores, se puede concluir que, a veces, la actitud ética de las imágenes solo puede llegar a surgir partiendo de dos premisas básicas: la verdadera implicación con la realidad y la reflexión sobre los límites formales del propio medio de expresión.

Felipe Gómez Pinto