Print Friendly, PDF & Email

Carlos F. Heredero.

“Todo se había acabado. Todo se terminó en el momento en que no se filmaron los campos de concentración. En ese instante, el cine faltó totalmente a su deber […]. Al no filmar los campos, el cine ha dimitido”. La famosa sentencia de Jean-Luc Godard resuena todavía como parte sustancial de la gran controversia que, teniendo en mente la Shoah, nos obligó a todos a repensar nuestra relación con las imágenes. Aunque aprisionado en lo que Jacques Rancière llamaría después “una especie de confiscación ético-religiosa de los procedimientos artísticos”, aquel debate en torno a lo representable y lo irrepresentable, alrededor de lo que el cine ‘debe’ mostrar o debía haber mostrado (Godard) y lo que ‘no puede ni debe’ mostrar (Claude Lanzmann) subyace inevitablemente a cualquier tipo de acercamiento a la realidad de la Shoah.

Por eso volver sobre las imágenes que SÍ se filmaron en los campos de concentración y de exterminio (aunque ciertamente esas imágenes solo dan cuenta de algunas consecuencias del Holocausto, pues los operadores que las impresionaron llegaron allí cuando la barbarie había terminado ya) vuelve a plantear, cuanto menos, la necesidad de reflexionar sobre las deudas del cine con una debacle histórica de aquella magnitud. Y ahora que acaba de celebrarse el setenta aniversario de la liberación de Auschwitz parece oportuno, si no estrictamente obligado, volver nuestros ojos hacia algunas expresiones fílmicas que –contemporáneas o no con el hallazgo y la certificación del horror– se esforzaron en testimoniar el resultado de la catástrofe.

Expresiones prácticamente contemporáneas a la liberación de los campos, como aquellas en las que se vieron inmersos –con distinto grado de implicación en cada caso– Alfred Hitchcock (Memory of the Camps) y Billy Wilder (Death Mills), dos de los más grandes cineastas de Hollywood. Y una expresión muy posterior, filmada cuando Jerry Lewis (otro grande) se atrevía a rodar en 1972 un film protagonizado por un payaso que acompaña a los niños a los hornos crematorios (The Day the Clown Cried): una ficción que sigue siendo literalmente invisible a día de hoy, con toda seguridad porque, más allá de los conflictos económico-legales de los que parece prisionera, quizás pueda resultar tan perturbadora como inasimilable.

De cada una de esas producciones (dos montajes documentales y una comedia de ficción) publicamos este mes sendos informes sobre el verdadero grado de implicación de sus respectivos directores en ellas. Tres investigaciones que indagan en la trastienda de lo poco o mal conocido que se sabe sobre las dos primeras y en la naturaleza de las propias imágenes de una película de la que prácticamente apenas se sabe nada. Igual que Hitchcock, Wilder y Lewis se vieron envueltos –cada uno a su manera– en la tarea de saldar una deuda que nunca podrá pagarse del todo (la que Godard cree que el cine mantiene con la catástrofe del Holocausto), también nosotros ponemos aquí nuestro pequeño granito de arena –todos los granos hacen granero– para que la historiografía fílmica tampoco se olvide nunca de aquello.