A Olivier Assayas le apasionan los cambios de época, reflejados en sutiles transformaciones de los escenarios en los que tienen lugar sus filmes, a veces en las propias imágenes. Irma Vep contaba este supuesto tomando las mutaciones del cine como punto de partida. Finales de agosto, principios de septiembre hacía lo propio con un grupo de amigos y sus evoluciones a lo largo del tiempo. Demonlover los trasladaba al cambiante universo de la imagen contemporánea. Sils Maria se enfrentaba a los accidentes geográficos como si fueran detenciones súbitas del tiempo que crearan un tiempo distinto… En este sentido, si Tiempo compartido, su último film, se parece a alguno de sus trabajos anteriores es a Las horas del verano: de nuevo el motivo de la casa familiar, de los pequeños seísmos que la afectan y los individuos que la pueblan, que mañana puede que ya no sean los mismos. Pero en esta nueva película la cuestión principal tiene que ver con la identidad que desaparece, con los modos en que se esfuma. El confinamiento por la covid pone en marcha dos tipos de tiempos nuevos: por supuesto, el tiempo que viene, todavía desconocido aunque potencialmente destructivo; y luego el que se instala como tiempo de la transición, ese ‘tiempo suspendido’ que nos obligó al encierro y el aislamiento, a la introspección y quizá al examen de conciencia.

Primero, la voz del propio Assayas cuenta en off la historia de su familia mientras en pantalla se suceden imágenes de la casa de veraneo. Luego, dos hermanos que podrían ser también los Assayas, pero que no se llaman así, aparecen con sus respectivas parejas para protagonizar unas cuantas escenas del confinamiento, un tiempo que precisamente comparten en ese mismo espacio. El décalage en los nombres no impide la identificación: de algún modo, el cineasta ha querido desdoblarse no tanto para pasar desapercibido como para decir que su vida podría ser otra, que cualquier vida implica muchas otras vidas. Durante la película, ambos modos de representación se alternan y actúan como contrapunto el uno del otro, pues el objetivo es el mismo: contar un final de etapa que es también un callejón sin salida histórico. Estoy convencido de que Assayas, como cineasta, sabe que su tiempo ya no es este y por ello ironiza acerca de su situación de privilegio. Los dos hermanos hablan de escritores, de músicos, de directores de cine. Uno es cineasta y el otro tiene un programa radiofónico de música rock. Pero, a pesar de esta sofisticación cultural, o precisamente por su culpa, no parecen muy competentes en su vida cotidiana, apenas son capaces de manejar sus aspectos más prácticos. Tiempo compartido es un film de inspiración bergmaniana en el que la vida se detiene antes de que el cataclismo de la Historia arrase con ella. Solo que ahora el cambio no es en absoluto espectacular, se limita a una pandemia que deja en evidencia la fragilidad del viejo universo. Y la película no se opone a ello, antes al contrario: en el epílogo queda muy claro que el futuro va a terminar con todo, y así tiene que ser. Esta última película de Olivier Assayas parece una preparación para la muerte, experimenta con los materiales que conforman la imagen fílmica para decir que su condición caduca ya anuncia que algo debe terminar para que otra cosa empiece.

Carlos Losilla