Print Friendly, PDF & Email

La educación en Francia es un asunto de estado, un tema de discusión constante que se ha convertido además en un subgénero cinematográfico. Claire Simon ya se había acercado a las dinámicas de un patio de una escuela en Récréations (1992). Ahora regresa a la cotidianidad de un colegio con Apprendre, un documental que resigue el día a día durante un curso del centro Makarenko, en Ivriy-sur-Seine, un municipio periférico de París. Tras, Notre corps, la cineasta adopta de nuevo una perspectiva eminentemente observacional en su inmersión en la vida de un colegio. Pero no le interesa tanto retratar, a la manera de Frederick Wiseman, los diferentes engranajes de un sistema, el de la educación pública francesa, como revisar una serie de apriorismos instalados en las películas en torno a la enseñanza. Ante todo, Simon se desmarca de las narrativas centradas en los profesores como héroes contemporáneos que luchan en una escuela contemplada como un campo de batalla y, por el contrario, pone a los estudiantes en el centro. Su cámara se sitúa a la altura de los niños y niñas para captar, a menudo desde encuadres muy cercanos, todos los matices y la diversidad ligada al proceso de aprendizaje: las satisfacciones, las inseguridades, los tiempos de cada uno, las dudas, las trifulcas… La otra subversión de Apprendre consiste en desvincular a los menores de una escuela de banlieue de todos los estigmas impuestos en buena parte justo por todas estas películas sobre la enseñanza. Aquí los niños y niñas no son un ‘reto’ ni un ‘problema’ para los profesores, ni devienen la representación de una alteridad todavía conflictiva en Francia. Simplemente son niños y niñas, como tantos otros, formándose en la escuela. Aunque resulta interesante como Simon introduce algunas ligeras tensiones culturales, cuando se abordan según qué asignaturas, que ponen en evidencia la distancia entre los referentes de la escuela y los de algunos alumnos. Sin construir tampoco un discurso explícito sobre el tema, la directora convierte la escuela Marenko en un modelo de nuevas formas de educación, con sus ratios asumibles de alumnos por clase, su acento en la participación de los estudiantes en las asignaturas, la importancia de la cultura en el programa y, sobre todo, la clave de poner, como la propia película, los niños y las niñas en el centro.

Eulàlia Iglesias