Carlos F. Heredero
Basada en el libro El nazi y el psiquiatra, de Jack El-Hai (Ed. Española Planeta, 2014), inspirado a su vez en la experiencia autobiográfica narrada por el oficial y psiquiatra del ejército norteamericano Douglas M. Kelly en su libro 22 Cells in Nuremberg. A Psychiatrist Examines the Nazi Criminals (1947), el segundo largometraje que dirige James Vanderbilt (guionista de Zodiac, de David Fincher) tiene como antagonistas en el centro de su trama al propio Kelly y a Hermann Göring (el gobernante nazi, segundo de Adolf Hitler) cuando ambos se encuentran en la prisión en la que el segundo espera la celebración de los procesos de Nuremberg, donde fueron juzgados algunos de los más significativos criminales del régimen nacionalsocialista y las atrocidades cometidas por ellos en los campos de exterminio. Obviamente, no es la primera vez que el cine se acerca a aquella coyuntura histórica (¿Vencedores o vencidos?; Stanley Kramer, 1961, viene de inmediato a la memoria), pero aquí el juicio propiamente dicho, y sobre todo su inmediata antesala, ofician en realidad más como trasfondo histórico que como objeto de la representación, puesto que el relato orquestado por Vanderbilt (también guionista del film) pone su foco en la perturbadora relación que llega a establecerse entre el jerarca nazi y el psiquiatra encargado de evaluarlo y de asegurarse de que se mantendrá con vida para que pueda comparecer finalmente en el juicio.
Nos acercamos pues de nuevo a la encrucijada judicial de Nuremberg, pero lo hacemos desde un ángulo diferente y novedoso. El enfrentamiento entre el nazi y el psiquiatra escenifica el poder de atracción del mal sobre la ciencia, y sirve para plantear sugerentes preguntas sobre la naturaleza del primero y sobre el poder del raciocinio para poder entender las razones del diablo. A la postre, la película de Vanderbilt nos coloca ante un científico vampirizado por el demonio y ante la compleja dialéctica que puede llegar a establecerse entre ambos. Russell Crowe consigue ‘defender’ al personaje de Goering (en términos interpretativos) con tanta convicción como para que se abra más de un precipicio moral bajo nuestros pies durante la proyección de un film que, en términos formales, no pasa de ser una eficaz propuesta narrativa de estirpe clásica filmada con cierta solvencia artesanal. Eficacia que convierte al film, eso sí, en un vehículo de indudable utilidad en el momento presente (con Trump en Estados Unidos y con el genocidio perpetrado en Gaza por el sionismo), pues desemboca, incluso, en una ominosa advertencia puesta en boca del propio psiquiatra: los nazis del futuro (dice el protagonista desde aquella época) no llegarán vestidos con los ropajes de los nazis de Hitler, pero es indudable que están entre nosotros. Como si lo dijera hoy mismo, en definitiva.











