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Había una potencial, sugerente y original película fantástica dentro de La abuela, pero finalmente sus autores (Carlos Vermut como guionista y Paco Plaza como director) deciden caminar por otro itinerario, abandonan los registros de la sutileza y se entregan a los códigos propios del cine de terror de manera explícita, quizás buscando la clientela de un género con mayor audiencia hoy en día. La primera película se despliega, mayoritariamente, en la primera parte del relato y gira en torno a la relación que une de manera imprevista a la joven Pilar con su abuela, a cuya casa regresa para cuidarla tras el derrame cerebral que esta sufre. Más allá del pie forzado del prólogo parisino (a todas luces, una mera excusa para buscar la coproducción con Francia), durante casi una hora de relato la relación entre la abuela y la nieta se carga de premoniciones ominosas sin necesidad de forzar los goznes de la narración ni de hacer explícitas las amenazas. La existencia de Pilar se ve asaltada así, progresivamente, de viejas resonancias y de miedos atávicos. Paco Plaza muestra durante todo ese transcurso el pulso firme de un excelente director que sabe crear imágenes poderosas o resonantes, generar una atmósfera inquietante y explorar con inteligencia los magníficos registros interpretativos de sus dos actrices (Almudena Amor y Vera Valdez, extraordinaria esta última en el rol de la abuela), pero llega un momento en el que la realización y la puesta en escena ceden al efectismo y a la truculencia más explícita y se dejan llevar por todos los lugares comunes del terror en su versión más convencional. Y así lo que podría haber sido un poderoso tour de force entre dos únicos personajes se convierte en un carrusel de efectos para disfrute de los incondicionales; en definitiva, para los que finalmente parece dirigida la propuesta.