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Carlos F. Heredero.

Blancanieves, la nueva película de Pablo Berger, llega a las pantallas –tras su paso por el Festival de San Sebastián– el mismo día en que el presente número de Caimán Cuadernos de Cine llega a los kioscos. Y se trata de un estreno relevante por varias razones.

En primer lugar, por suponer la recuperación y confirmación definitiva de un cineasta que quizás para las nuevas generaciones de aficionados permanecía hoy en día casi olvidado. De hecho, han pasado ya ¡veinticuatro años! desde que su nombre empezó a sonar como autor de un cortometraje vasco que hizo fortuna (Mamá, 1988) –tras el que realizó cuatro cortos más en Estados Unidos, apenas conocidos en España– y nueve años, ¡nueve! desde que su primer largo (Torremolinos 73, 2003) surgió de forma imprevista y con notable éxito, pero a contracorriente de casi todo lo que por aquel entonces ocurría en el cine español…, exactamente igual, por cierto, que ahora lo hace su segundo film. Y esto porque Pablo Berger solo hace aquellas películas de las que se enamora sin límites y en las que se empeña hasta la obstinación, proyectos en los que puede llegar a invertir años y años de búsqueda, de preparación y de esfuerzos para conseguir ponerlos en pie a despecho de la siempre cicatera y casi cegata industria cinematográfica nacional.

Y ahora ha vuelto a ocurrir. Preparada y autoproducida en condiciones de notable precariedad (cuando era evidente que se trataba de un proyecto costoso, que habría necesitado una financiación mucho más holgada), Blancanieves solo ha encontrado el apoyo de las televisiones cuando estaba ya terminada, cuando sus imágenes han vuelto a imponerse con personalidad propia, completamente diferenciada del resto de la producción fílmica española de los últimos años y –en este caso concreto– también de todos los tiempos. Pero no solo porque se trate de una película muda y en blanco negro (aunque montada y ritmada con una excepcional partitura musical), sino –más específicamente– porque pone en juego un exhaustivo, heterodoxo y heterogéneo arsenal de referencias cinematográficas y estilísticas capaces de articular una personalísima relectura de determinados géneros y tradiciones culturales españolas.

Portadora de una sugerente mirada, hecha a la vez de distancia y de cariño, hacia muchas de las menos estimulantes herencias de nuestro pretérito cultural, Blancanieves es una película con nutrientes raíces simultáneamente hundidas en los géneros tradicionales españoles y en la historia del cine. Frente a las dos tentaciones a las que con mayor frecuencia sucumbe una gran parte de la producción española (la de mirarse el ombligo sin ver más allá de su ensimismado presente y la de contemplar nuestras propias tradiciones con autosuficiencia despreciativa), la película de Pablo Berger elige mirar nuestro pretérito cultural echando mano de la gran herencia universal del cine mudo y del cine clásico como fuente de conocimiento –y como proveedor de imaginario visual– para proponer algo realmente nuevo, algo que, con toda certeza, nunca se había visto antes por nuestros lares. Y esto último es algo que muy pocas veces se puede decir de una película. Un gran noticia para nuestro cine.